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«Había perdido la fe y la esperanza en el mundo… No tenía nada que ofrecer y nadie tenía nada que ofrecerme. Yo era un fatalista. Ni siquiera pensaba que podía llegar vivo a mi cumpleaños número 18…».

Estas son algunas de las palabras que nos comparte Víctor Ríos, el joven que protagoniza la charla TED que les presentamos a continuación, acerca de lo que fue su adolescencia unos años atrás. 

Alguien logró tocar su alma

Después de contar los diferentes escenarios de violencia extrema en los que le tocó crecer y cómo terminó abandonando la escuela y metiéndose en constantes problemas por desobedecer la ley y a las autoridades, nos presenta el motivo por el cual su vida dio un giro radical:


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«La razón por la que estoy aquí hoy, es por una profesora que se preocupó, me extendió su mano y logró tocar mi alma».

Hoy en día, gracias a esta maestra, Víctor Ríos no solamente logró terminar la escuela y obtener un título universitario. También dedica su vida a que los jóvenes como él, excluidos por el sistema educativo por sus conductas de riesgo, dejen de ser etiquetados como una amenaza y sean vistos como lo que son realmente: una verdadera promesa para toda la sociedad. 

Una historia de conversión

Mientras lo escuchaba, no pude evitar sonreír y derramar algunas lágrimas. Todo lo que Víctor narraba sobre sí mismo me recordaba a una auténtica historia de conversión. Muy parecida a las que experimentamos los creyentes en algún momento de nuestras vidas.

Sentía que sus palabras no podían ser muy distintas a las que compartirían María Magdalena, Zaqueo o san Mateo, si pudieran relatarnos cómo fueron sus vidas antes y después de conocer a Jesús.

A fin de cuentas, todos los esfuerzos que ha puesto la Iglesia desde los primeros siglos para hacernos apostolado, buscan justamente eso. Que el mismo Dios hecho hombre nos transforme por completo, dispersando nuestras sombras y sacando a relucir lo mejor de nosotros mismos. 

La relación que tenemos con Dios

A pesar de lo diferente que pueda ser la relación íntima que cada persona tiene con Dios, creo que así como Víctor Ríos tuvo a la Señorita Russ, todos nosotros tenemos a una persona en nuestra vida —algún padre, abuelo, amigo o hermano— con quien estaremos eternamente agradecidos, por haber recibido de él o de ella el don de la fe.

Además, después de atestiguar cómo el amor y la misericordia de Dios pueden transformarnos la vida, no queremos ni podemos reservar esa experiencia para nosotros mismos.

El corazón nos reclama compartirla sin medida y sin distinción alguna con cada persona que se nos cruza por el camino. Así como alguien más la compartió con nosotros primero. 

Sin embargo, no existe un manual o una guía paso a paso de lo que debemos hacer cuando se nos presenta la oportunidad de evangelizar. De ser ese mendigo que le dice a otro dónde puede encontrar el pan.

Y es que en el fondo no necesitamos nada de eso. Así como la Señorita Russ tocó el alma de Víctor y se convirtió en una herramienta fundamental para cambiar su vida, el Espíritu Santo también puede convertirnos en instrumentos suyos y así, revelar el rostro de Dios a quienes aún no lo conocen.

A través de la sencilla pero a la vez inspiradora experiencia de este alumno con su maestra, podemos reconocer algunas luces sobre cómo el amor de Dios se manifiesta en nosotros para cooperar con Él en la salvación de las almas más necesitadas.

Como la de Víctor y tantos otros jóvenes que no pueden encontrarle un sentido a sus vidas. 

«Estoy aquí para ti cuando estés listo»

Fue lo que le dijo la señorita Russ a Víctor Ríos porque, como él mismo admite, cuando ambos se conocieron, aún no estaba preparado para empezar el camino cuesta arriba que implica transformar la propia vida.

Esto me recuerda cómo los tiempos y ritmos de Dios pueden ser tan diferentes a los de los seres humanos. A veces, podemos desesperarnos porque los frutos de nuestros esfuerzos, en las personas a las que les hacemos apostolado, se demoran en aparecer.

Cuando la realidad es que estos frutos solo dependen de Dios y de la disposición de las personas evangelizadas a cooperar con su gracia.

Nuestra única tarea ante esta relación de amor, que empieza a construirse entre el Creador y su creatura, es ser pacientes e incondicionales con aquella persona que el mismo Dios quiso poner en nuestras manos.

Si bien Víctor habla de los jóvenes, creo que sus palabras se pueden aplicar a todos los que conocemos, incluyéndonos a nosotros mismos: «… Solo nos abriremos cuando estemos listos y si no hay alguien ahí cuando lo estemos, nos vamos a volver a cerrar».

O dicho de otra manera, todos, en algún momento de nuestra vida nos abrimos a la verdad. Porque constantemente, aunque no seamos conscientes, nuestras almas están buscando a Dios y no se cansarán hasta encontrarlo.

Por eso es tan importante construir un vínculo auténtico con las personas a las que les hacemos apostolado, más allá de lo que buscamos hacer en ellas.

Y sobre todo, esforzarnos por mantener ese vínculo vivo, haciéndoles saber que podrán confiar en nosotros incondicionalmente, aun si eligen libremente no creer.

A fin de cuentas, el mejor camino para predicar sobre la fe es a través del amor, justamente porque Dios, a quien damos a conocer, es el amor mismo. 

«Ella escuchó mi historia…»

Uno de los momentos más conmovedores del video es cuando Víctor Ríos cuenta cómo en su adolescencia tenía que trabajar desde la madrugada reciclando botellas de vidrio junto a su tío.

Él recordó una ocasión en particular cuando estas se rompieron e hicieron sangrar todo su cuerpo. En medio del dolor y del miedo que experimentaba, su tío le dijo: Estamos haciendo algo de la nada: Estamos buscando vida, una mejor vida. 

Cuando a la señorita Russ le tocó escuchar esta historia por primera vez, supo ver más allá de tanto dolor y reconocer toda la resiliencia que su alumno adquirió al esforzarse por sobrevivir.

Y por si esto fuera poco, lo ayudó a sentirse orgulloso de la persona en la que se había convertido gracias a su lucha contra la adversidad.

La dicha de ser acogido

Víctor no solo aprendió a ver el entorno difícil en el cual le tocó crecer como la fuente de todo el potencial que tenía como persona.

Sino que experimentó la dicha de ver cómo su familia, su cultura y su comunidad eran acogidas y valoradas por alguien tan importante para él como su maestra.

Así como los alumnos que abandonan la escuela suelen ser vistos como personas que provienen de una cultura de violencia, pobreza y riesgo, algunas veces, al hacer apostolado, podemos cometer el error de ver a quienes no creen en Dios, como personas con un problema que «debe ser solucionado cuanto antes».

Con esta mentalidad no solo asumimos, sin darnos cuenta, una posición de superioridad que Dios nunca nos ha otorgado con respecto a la otra persona.

También, perdemos la humildad necesaria para maravillarnos ante todo lo que Él puede hacer en la vida de otro ser humano.

Aun cuando él o ella no lo tengan presente en sus vidas. Porque, al final, es Dios el que siempre nos ama primero, aun cuando no sabemos nada de Él. 

Las enseñanzas que nos deja cada experiencia

Después de escuchar su historia, la señorita Russ le dijo a su alumno que gracias a su familia, a su cultura y a su comunidad, él había aprendido la ética del trabajo duro.

Y lo encaminó en la misión de usarla para empoderarse a sí mismo en el mundo académico y así, volver a ese mismo ambiente y empoderarlo también.

De la misma manera, al valorar la historia de vida de aquella persona que Dios puso en nuestras vidas para evangelizar, debemos enseñarle a él o ella a reconocer todos los dones que el mismo Dios ha querido darle desde mucho antes de creer en Él.

Y como en cada momento de su vida, incluso en los de mayor oscuridad, su amor estuvo presente para guiarle y sostenerle.

Creo que de esta manera, la luz que nace en esa persona que reconoce a Dios como Creador, Padre y Redentor, puede irradiar y dar calor a todos los que se encuentran a su lado y aun no saben nada de la fe.

«Creía tanto en mí, que logró hacerme creer en mí mismo»

Como comentábamos al principio, con el apoyo de la Señorita Russ, Víctor Ríos no solo terminó la escuela satisfactoriamente, sino que también logró ser aceptado en la universidad.

El impacto de esta maestra en la vida de su alumno fue mucho más allá de todos sus logros académicos. Ella creía en Víctor con tanta convicción que él también empezó a creer en sí mismo y pasó de verse como una víctima a verse como un sobreviviente de la adversidad.

Gracias a ella, Víctor Ríos pudo transformar todo su dolor en esperanza. Fue así como descubrió también que su vida tenía un propósito y que este era ayudar a sanar a todas las personas de su comunidad. Tal y como la señorita Russ lo había hecho primero con él. 

De la misma manera, si nosotros creemos firmemente en el infinito valor de las personas a las que evangelizamos, reconociendo en las historias personales que nos comparten, todo lo bueno que Dios ha hecho y que quiere seguir haciendo en ellas, los ayudaremos a encontrarle un renovado sentido a sus vidas.

Uno sostenido por la confianza y la esperanza que solo nos da la certeza de que Dios es siempre el que nos ama primero.  Si me lo preguntaran, creo que esta es la manera más rápida y más fácil que tenemos para cambiar el mundo: Tocando, de la mano de Dios, un alma a la vez. 

Artículo elaborado por Ale Cava de Andrea

Víctor Ríos: testimonio de superación y fe