«One Billion Stories» es una cadena de televisión con todavía pocos años de emisión, concretamente desde el 2011. En sus propias palabras, son «un think tank de medios misionales, que reescribe el arte de contar historias en todo el mundo. La mezcla de la trascendencia y las técnicas de medios Web 2.0 son nuestra pasión». Y que dan a conocer historias que nos ayuden a pensar sobre nuestro horizonte trascendente, «el encuentro con la eternidad aquí en la tierra».

Y la historia que aquí traemos lo consigue y con creces. Es la de Beth y Jon, padres de una simpática familia de cinco hijas en la que dos de ellas sufren un trastorno neurodegenerativo genético raro. La mayor de ellas, Cecilia, con tan solo nueve años. Una degeneración que provoca una paulatina pérdida de vista y de movilidad, también de la capacidad de razonar y conocer. Y cuyo final es la silla de ruedas o la postración en cama, donde solo cabe la alimentación por medio de una sonda nasogástrica. No existe cura ni tratamiento conocido. Ni tampoco muchas perspectivas para que las autoridades competentes investiguen esta concreta patología, pues existen otras enfermedades raras con un número mayor de pacientes y enfermos, y por tanto, con preferencia en la investigación para la búsqueda de una cura.

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¿Cómo se enfrentan unos padres a una situación tan poco esperanzadora como está?

¿Cómo asumir que tus dulces y sonrientes hijas, que te iluminan cada mañana con su necesidad de cariño y amor, vayan perdiendo poco a poco pero de manera irremisible esa chispa tan divina hasta consecuencias que es preferible no imaginar? Claramente no es una situación fácil de aceptar, más bien todo lo contrario. Requiere un ánimo sereno y templado, una voluntad que intente amansar los sentimientos que aflorarán seguro de forma trágica y sin control. Requiere confiar, ser cauto y ser muy muy muy objetivo con la situación.

Pero sobre todo requiere tener fe y esperanza. Fe y esperanza en Dios que es un Padre bueno y quiere lo mejor para sus hijos, nosotros humildes mortales, aunque no lo entendamos o no sepamos apreciarlo en ese momento. Porque, vistas las cosas sin fe cuestan más entenderlas. Y esto mismo es lo que nos confiesan Beth y Jon, los padres de Cecilia: que no sabrían cómo vivir esta situación sin la fe en Dios vivida en la comunidad de su Iglesia. Jon nos dice que ha nacido y crecido como católico. Y reconoce que la situación le enoja en parte. Pero también reconoce que no hay otro lugar al que acudir con esperanza. De hecho decidieron mudarse a menos de 15 minutos de la parroquia, para poder estar lo más cerca posible de su comunidad parroquial. En ella sus hijas Cecilia y Lily han recibido la primera comunión y la confirmación, con la alegría para ellas, sus padres y todos los que integran la comunidad. Y totalmente conscientes de lo que hacían.

La fuerza que viene del Espíritu de Dios

Al preparar estas reflexiones pensaba en los primeros cristianos y en las primeras comunidades cristianas. En ellas, si bien la fuerza venía del Espíritu de Dios, también encontraban fortaleza en ellos mismos. Como describe Aristides en su Apología, los primeros cristianos «hacen bien a los enemigos; (…) son dulces, buenos, pudorosos, sinceros y se aman entre sí; no desprecian a la viuda; salvan al huérfano; el que posee da, sin esperar nada a cambio, al que no posee. Cuando ven forasteros, los hacen entrar en casa y se gozan de ello, reconociendo en ellos verdaderos hermanos, ya que así llaman no a los que lo son según la carne, sino a los que lo son según el alma; (…) si vienen a saber que algunos son perseguidos o encarcelados o condenados por el nombre de Cristo, ponen en común sus limosnas y les envían aquello que necesitan, y si pueden, los liberan. Si hay un esclavo o un pobre que deba ser socorrido, ayunan dos o tres días, y el alimento que habían preparado para sí se lo envían, estimando que él también tiene que gozar, habiendo sido como ellos llamado a la dicha». Y como se relata en los Hechos de los Apóstoles,  «a la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común».

Siguiendo las reflexiones de un santo reciente «pidamos a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma». También Dios nos ha puesto en nuestra comunidad para que la cuidemos, actuemos con servicio a los demás sin poner por encima intereses personales que la contaminen. Y que nuestra cercanía fortalezca a los que requieran de nuestro apoyo en sus necesidades, que su comunidad sea «un pedacito de cielo en la tierra».