Todos alguna vez nos hemos sentido solos, pero también hemos deseado estarlo. La “soledad” es una de esas cosas que necesariamente tenemos que experimentar en algún punto de la vida, para luego descubrir el invaluable tesoro de la compañía y pongo la palabra soledad entre comillas porque realmente Dios jamás nos deja solos. Muchas de las enemistades que existen hoy nacen de la rabia y el sentimiento de sentirse abandonado, no solo por Dios sino por ese amigo que dijo que nunca nos dejaría solos, o ese padre que decidió abandonar su hogar a pesar de tener una familia hermosa, de esa persona que dijo que no tuviéramos miedo pero que al final desapareció.

El vacío que azota a nuestra sociedad no es solo cosa del ayer. Si pudiéramos volver en el tiempo tal vez constataríamos que hasta Adán y Eva se habrán sentido solos. Y es que no está mal experimentar la soledad, porque de ella podemos aprender más de lo que imaginamos, podemos darnos cuenta de lo fuertes que podemos ser, podemos levantarnos con más fuerza mirar al otro y decirle que también podrá superar la prueba. 


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La soledad no solo se manifiesta en la forma física que todos nos imaginamos, también podemos sentirnos solos estando rodeados de muchas personas, podemos sentirnos solos al llegar a nuestro propio hogar, al llegar al trabajo, al colegio o a la universidad. Podemos sentirnos solos con nuestra pareja o amigos porque la soledad realmente es ese sentimiento acompañado de tristeza y miedo que nos susurra al oído que necesitamos de otro. No necesariamente de cien personas, pero si al menos de una y la razón es muy sencilla, somos seres humanos, no islas.

Estamos llamados a vivir en sociedad, a compartir, a expresar lo que sentimos, a aprender del otro, a vivir el encuentro y a sentirnos amados. Estamos hambrientos de amor y no solo de amor sino de amistad, de abrazos, de palabras de aliento, de sonrisas, de Dios.


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Nadie va a salir a la calle a gritar a los cuatro vientos que se siente solo, que necesita de amigos, pero lo que si podemos hacer es abrir un poco más los ojos (también el corazón) y fijarnos bien en la vida del otro. De nuestros amigos, padres, compañeros de trabajo, esposos, hijos, etc., y esforzarnos por cuidarlos más, por ser más atentos, por preguntarles cómo estuvo su día, por acompañarlos así no hayan palabras de por medio.

Estoy convencida de que podemos ayudar con pequeños detalles y gestos a que este mundo sonría más y llore menos. Ver este video me hizo pensar en el increíble poder que tiene el cine y en que una película no es el resultado de la actuación de varios personajes sino de un equipo entero que trabaja detrás de cámaras. Así mismo en la vida algunos han sido llamados a ser protagonistas y otros a estar tras bambalinas pero todos hemos sido llamados a amar, a entregarnos por el otro y a descubrir el increíble poder que tenemos cuando decidimos trabajar en equipo, ser parte de un grupo, formar una familia o ayudar a un amigo a levantarse.

Piensa en esa etapa de tu vida en la que te has sentido más solo y agradece a Dios porque seguramente hoy eres más fuerte y también tienes el don de ayudar a otros a no sentirse abandonados. Y recuerda que «ningún hombre es un fracaso si tiene amigos».

¿Qué otras escenas de películas se te ocurren que serían buenas para hablar de este tema?


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