Cuando veo este tipo de publicidades, hago paces con mi profesión –estudié Publicidad, pero tengo con ella una relación complicada–. Es una emotiva historia que, muy enfáticamente, les recomiendo que miren. Luego, creo que se pueden hacer un par de reflexiones sobre el papel de una madre. Si me pusiese a puntualizar y explayarme en todos los aspectos alabables de una madre, esta sería una nota muy extensa. Por eso, procuraré sintetizar algunos de sus rasgos en los que considero que podríamos detenernos, para profundizar en ellos, de vez en cuando.

Paciencia

Si la mamá del video me pidiese que ocupase su lugar para protagonizarlo, creo que luego de que la niña me rechazara el segundo disfraz, le habría dicho… bueno, quizás cosas que no se deberían decir a una niña, ni en el modo en que deberían decirse a una niña. ¡Y por favor, díganme que no fui la única que al décimo disfraz rechazado quería estrangularla! Va con cariño, y con mucha exageración. Pero entienden mi punto. Pero, ¿qué hace una madre? Una madre pasa por alto los defectos de sus hijos y al mismo tiempo sabe educarlos (cuando debe hacerlo) comprendiendo pequeñeces que otro no toleraría, porque sabe ver más. Las madres, en general, ven más. Sea para encontrar una media perdida, como para discernir el «esto lo puedo dejar pasar, no es grave su comportamiento, lo hace por esto o aquello». Sabe entender lo que está en el corazón de sus hijos, y sabe formar sus afectos.

¿Será que el afecto de la niña estaba en el disfraz? Quizás al comienzo, sí. Si la madre le hubiese pegado un gran reto: –«¡Hija, no seas malcriada y usa lo que tienes!»–, quizás su afecto hubiese comenzado y terminado ahí, pero, como sabe ver más allá, sabe ver más allá y con paciencia infinita lo acompaña hasta poderlo formar, la historia termina en que la niña no mira el disfraz que hizo la mamá, sino el ejemplo que le dio.

Quiero explicarme un poco en este punto, porque creo que es el que se puede malentender: no se trata de apañar la malcrianza ni los caprichos, sino en ir comprendiendo la madurez que cada edad puede presentar, sin exigir algo injusto (porque la madurez del hijo aún no está preparada para afrontar ciertas realidades) y acompañando de la mano el crecimiento de este hijo, haciéndole ver qué es lo que verdaderamente importa. Si fuera por mí, yo hubiese castigado a mi hermano menor mucho más de lo que mi mamá le ha castigado en su vida. Pero las mamás creo que tienen un tacto distinto para saber qué se puede dejar pasar y qué no. Y, sin duda, seguro que en eso que saben dejar pasar, tienen que poner mucho de su parte, mucha paciencia, mucho acompañamiento, muchas palabras, muchas disculpas.

Generosidad

Mientras miraba el video, otro pensamiento que se me cruzó fue: «¡Cuánto habrá gastado en la materia prima que usó!». Entre las telas, cartones, papelería, etc. Yo, que siempre fui fan de las manualidades, sé que no es tan barato. Además, entre las idas y vueltas, los viajes en auto, ¡qué estrés! Pero, fuera de esta generosidad material, más quiero subrayar otra generosidad: la entrega de sus horas, de su tiempo, de su descanso (incluso el necesario, el del sueño)… y, en síntesis, de sí misma.

Es algo que todos estamos “obligados” –pongo entre comillas, porque siempre está la libertad personal para caminar hacia lo bueno o no– a imitar este comportamiento. ¿Cuándo fue la última vez que renunciamos a un rato de ocio para ayudar a un compañero de trabajo que no termina a tiempo un deber? ¿Cuántas veces nos desentendimos del cansancio de un familiar que está lavando los platos, poniendo la mesa, mientras estamos tirados mirando la tele? ¿Cuántos minutos de nuestra serie preferida estamos dispuestos a perder para adelantarnos a atender el teléfono, para que los demás descansen? ¿Alguna vez renunciamos a nosotros mismos, para poder servir al otro?

«Servir quiere decir reinar» (Mulieris Dignitatem). «(…) Cristo, «Siervo del Señor», manifestará a todos los hombres la dignidad real del servicio, con la cual se relaciona directamente la vocación de cada hombre. (…) Al pensar, decir o hacer algo en orden a la dignidad y vocación de la mujer, no se deben separar de esta perspectiva el pensamiento, el corazón y las obras. La dignidad de cada hombre y su vocación correspondiente encuentran su realización definitiva en la unión con Dios. María —la mujer de la Biblia— es la expresión más completa de esta dignidad y de esta vocación. En efecto, cada hombre —varón o mujer— creado a imagen y semejanza de Dios, no puede llegar a realizarse fuera de la dimensión de esta imagen y semejanza».

Ser mujer

Este es un punto polémico, porque si digo que la mujer debe ser madre, me acribillarían las feministas radicales. Pero creo que la maternidad es una nota muy íntima y propia de la sensibilidad femenina. Si bien hay mujeres que consagran sus vidas a Dios, mujeres que viven el celibato, o incluso mujeres casadas que no han podido ser madres… estas saben ser muy “madres” de sus hermanas, de las almas que acuden a ellas en busca de un consejo, de sus seres queridos, y ejercitan su maternidad de otra manera.

Una vez, una religiosa me dijo que ella tenía muchas hijas espirituales. Conozco un matrimonio sin hijos que se desvive por sus jóvenes confirmandos a quienes dan catequesis. También mujeres que, en sus puestos de trabajo, saben dirigir con fortaleza y dulzura, como si estuvieran enseñando a un hijo muy querido. Y esto no es poca cosa, no es algo que haya que disfrazar. Creo que es algo así como un “superpoder” – o en términos más apropiados, un don –. No soy yo la que lo dice, es el mismo Dios.

Él, que es Padre, en muchas oportunidades ha querido manifestar su cariño “maternal”: «¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!»(Is 49,15). «Como uno a quien su madre consuela, así yo os consolaré» ( Is 66,13). Y si la maternidad es un reflejo del mismo Dios… ¿no deberíamos procurar darle un mayor valor?

El verdadero “role model”

Para poder profundizar en los puntos que fui mencionando, debo decir que tuve que detenerme en el reflejo de la Santísima Virgen, en lo que Ella hace con cada uno de sus hijos, y que las madres buenas (y las buenas madres) saben imitar. La teóloga Jutta Burgraff escribió en un estudio:

«Es conocido que ciertas corrientes del feminismo rechazan vehementemente la imagen de María como punto de referencia de la realización de la mujer, acusándola de haber ofrecido en el pasado un pretexto teológico a la tendencia católica de poner a la mujer en posiciones subordinadas. En contra de esta actitud, Juan Pablo II subraya la libertad de María que entró con una «participación plena» de su «yo personal y femenino» en aquella irrepetible relación con Dios (Mulieris Dignitatem, 49). Donó consciente y voluntariamente todo su ser físico y espiritual a Dios, cuando se definió a sí misma como la esclava del Señor (Lc 1, 38)».

Antes, la doctora en Teología, en el mismo estudio, afirmó que: «Dios, en efecto, eligió a una mujer para estrechar la definitiva alianza con la humanidad y, por eso mismo, hace de ella la representante y el modelo de la Iglesia y de la humanidad entera, varones y mujeres. Desde esta perspectiva, cualquier argumentación que disminuya el papel de la mujer, pierde incluso hasta la última brizna de razón. (…) En María se encuentran cumplidas, en la forma más sublime, todas las posibilidades de la mujer. Por esto, viviendo unida a la Madre de Dios, imitándola y procurando imitarla, la mujer desarrolla en el grado máximo la propia personalidad. Es ésta una idea, que Juan Pablo II ya había claramente formulado en la Encíclica Redemptoris Mater (25-III-1987): «En efecto, la feminidad se encuentra en una relación singular con la Madre del Redentor (…) Se puede, por tanto, afirmar que la mujer, mirando a María, encuentra en ella el secreto para vivir dignamente su feminidad y actuar su verdadera promoción (n.46)».

Así como la niña miraba con admiración a su madre, queriendo parecerse a ella, creo que debemos mirar a nuestra Madre, para procurar asemejar nuestras vidas a la suya. No necesariamente vistiéndonos como Ella, sino en su personalidad, sus rasgos, cómo se desenvolvería… ¿Cómo hacerlo? Este mes de mayo se nos presenta propicio para empezar: tratarla, quererla. Cuando uno quiere a alguien, necesariamente se ve movido a tratar a esa persona. Y cuanta más cercanía hay entre seres queridos, se van haciendo semejantes de manera muy natural.

Por ello, va mi invitación a todos: el Día de la Madre, no nos olvidemos de felicitar a nuestra Madre, decirle que le queremos y que nos ayude a ser más como Ella, recordando que: «Todo ha venido de Cristo, incluso María; todo ha venido por María, incluso Cristo» (Bendicto XVI).


*P.D. Quisiera dedicarle este post a mi mamá (¡hola, Sophia!), que muchas veces hizo conmigo lo mismo que la protagonista de la publicidad, y que muy amorosamente se ofreció a cubrirme en una tarea para que yo pueda terminar esta redacción.