El dolor puede manifestarse de muchas maneras, y pensando justo en este tema hace unos días me llegó un video que me conmovió mucho. Es la historia de una psicóloga que tiene un cita virtual con una paciente que no quiere hablar con nadie. Lo que pasa entre ellas es sumamente emocionante. Y me hizo pensar mucho en la misión que tenemos como cristianos.

Si te consideras evangelizador, haces retiros, das charlas, diriges jóvenes o compartes tu fe en redes, entonces me gustaría dialogar sobre cuatro cosas que aprendí de este corto llamado: «Prestando mis alas», para compartir la Buena Noticia con más empatía y para saber acompañar a otros en medio del dolor.

1. La revolución de la paciencia

Dios nunca se cansará de ti. Pase lo que pase Dios nunca tirará la toalla. No se irá del teatro de tu vida nunca. Él te acompaña, respeta y abraza tus ritmos. Obviamente siempre te inspirará una mirada más plena de la vida. Pero aunque el joven rico no siguió a Jesús, Jesús sí lo siguió amando.

No hay evangelización verdadera sin amor hacia la otra persona. Y ese amor no debería tener fecha de vencimiento ni cuenta regresiva. Tampoco estar condicionado a si la persona responde como yo quisiera. Nuestra misión no es manipularlos hasta que se convenzan, es amarlos hasta el extremo.

Y eso requiere de paciencia, ternura y delicadeza. No somos una fábrica de creyentes. Somos artesanos del amor.

2. La confianza se gana

Muchos de nosotros nos quejamos de que los jóvenes no nos atienden cuando les hablamos de Dios. ¿Y quién dijo que nos tienen que regalar su atención? Ellos son libres. Nosotros tenemos que aprender a ganarnos su confianza. Si no, nos pasará lo mismo que la primera parte del video.

A veces nuestra evangelización solo contiene «lo que está prohibido», «lo que es malo» y «amenazas que provocan miedo». La mujer que iba ser asesinada por ese grupo de hombres con piedras confió en Jesús porque no se sintió juzgada, y seguramente no pecó más porque experimentó el amor que transforma la vida.

El ladrón que también fue crucificado, confió en Jesús porque recibió una mirada que no lo juzgaba, una que lo invitaba a una nueva posibilidad de vida llamada «paraíso».

Si usas el miedo para evangelizar, tarde o temprano, las personas se asustarán de ti. Si usas el amor, las personas se enamorarán de Dios.

3. Conviértete en amigo

A Jesús lo acusaron de borracho no porque tomaba mucho, sino porque se tomaba en serio su amistad con los que eran llamados «los borrachos». Si usamos la imaginación, podríamos intuir que Jesús visitaba sus casas y cenaba con sus familias mientras escuchaban una buena canción.

Se reía con ellos, escuchaba sus historias, entendía su dolor y lloraba con sus tristezas. Por las mañanas, seguramente les hablaba de un Reino donde todos podrían elegir no ser esclavos de nada ni nadie. Jesús los conocía porque los amaba.

No basta solo con aprender a dar las charlas de catequesis, formarte en cursos de teología o leer algunos libros de espiritualidad. Si eso no va acompañado por el desarrollo de una sensibilidad pastoral que se interesa por el mundo del otro, que siente las tristezas, que olfatea los miedos y el dolor, que sonríe con las alegrías, que abraza las soledades, que tiembla ante las opresiones que reciben aquellos a quienes iremos a lavarle los pies, nada tiene sentido.

4. ¡Despéinate cuando evangelices!

Me encanta ver a la psicóloga del video fuera del «molde correcto». Se ve tan humana, tan auténtica, que la paciente dejó de pensar que estaba en una cita médica porque eso parecía una verdadera conversación entre amigas.

Decía Martín Valverde que el mejor disfraz que nos podemos poner es el de nosotros mismos. Que nadie te diga que para evangelizar tienes que renunciar a tu esencia, a tu personalidad, a tu espontaneidad, a tu estética personal, a tus talentos, a lo que hace brillar tus ojos.

A lo que sí deberíamos renunciar es a nuestro egoísmo, a nuestros prejuicios que excluyen, a nuestro orgullo que nos impide pedir perdón, a nuestros chismes que tanto dañan nuestras comunidades. A nuestra indiferencia ante el dolor, a nuestra flojera por saber cómo están nuestros hermanos, y a todo lo que nos obstaculice amar como nuestro Maestro.

Pero sé tú mismo, Dios no se equivocó. ¡Mucho ánimo familia! Ahora más que nunca, millones de hermanos en el mundo tienen derecho a recibir la Buena Noticia de que ni la pandemia, ni la muerte tienen la última palabra. ¡Un fuerte abrazo para todos!