Cuando era chica, podía ver películas de Disney en bucle. Estoy amando, por eso, las versiones en live action que la compañía está lanzando desde los últimos años. Por eso, Pinocho en live action era un must cuando me enteré de que se estrenaría.

La película es muy fiel a la versión original, pero esta vez vi algo que no vi la primera (segunda, tercera, cuarta…) vez. Creo que de niños nos quedamos con las músicas, queremos a los personajes y aprendemos algunas enseñanzas. Pero de mayores reflexionamos sobre ellas y qué tienen que decir a nuestras vidas. Nos planteamos cómo estamos viviendo. Aunque suene drástico, así es.

Quiero hablarte de unas reflexiones que hice al ver esta preciosa adaptación. Creo que no hay manera de que te spoilee una película que tiene décadas o una novela que tiene otras tantas, pero si nunca has visto o leído Pinocho antes… pues, sí, puede haber spoilers en este artículo.

¿A quién queremos enorgullecer?

Pinocho quería enorgullecer a su padre. Va derechito a la escuela, porque eso hace un buen niño. Pero en el camino se encuentra con el Honrado Juan, quien le dice que el camino para enorgullecerle al padre no es el trabajo sino la fama.

¿Cuántas veces queremos agradar al Padre y nos proponemos buenas obras? Pero pensamos que lo que le gusta, lo que necesitamos hacer, lo que Dios necesita – ¿Dios «necesita»…? – son resultados. El éxito.

A Dios le importa un éxito distinto, que es precisamente el esfuerzo que ponemos alcanzar esa virtud que nos cuesta o para ofrecerle algo hermoso… aunque fallemos estrepitosamente. Incluso así.

Dios no nos pide la nota final. Dios nos pide ir a la escuela (de la vida), procurar hacer bien las tareas, con recta intención.

Deja de mirar a los otros

En la historia original a Pinocho le atraen a la Isla de los Juegos. Me agrada más la traducción real, «Isla del Placer», porque la analogía se hace más perfecta si pensamos que los placeres desordenados nos desvían de nuestra meta. Pero quiero hablarte de un punto distinto.

En esta versión live action de Pinocho añaden como innovación una nueva canción que habla sobre la presión social, la presión del grupo.

Aquí quería reflexionar sobre esto: a veces olvidamos que la «presión del grupo» no implica solo la presión por hacer cosas malas, sino por hacer cosas buenas por los motivos equivocados. Para que otros nos noten, para quedar bien, para igualar a algunos mejores que nosotros, para ahorrarnos una vergüenza, para no admitir (a un director espiritual, por ejemplo) que hemos fallado…

Muchas veces no hacemos las cosas porque tengamos que hacerlas, porque Dios lo quiere, porque nuestra conciencia (que es la voz de Dios) nos habla… sino porque el vecino mira.

«Tu Padre que ve en lo oculto te lo recompensará», nos recuerda Jesús. Porque quien hace algo para que los demás lo vean, «ya recibió su merecido». Cuando Él dice esto lo dice porque si nuestro objetivo es, por ejemplo, «que nos vean» y nos ven… obtuvimos lo que quisimos. Ya está.

Pero si nuestro objetivo es ganarnos solo aplausos divinos, nuestro merecido será precisamente eso. Aunque falte la admiración de los hombres, el premio es un pedacito de Cielo.

Él nos quiere por nosotros mismos

Al final, Pinocho se convierte en un niño de verdad. Es el final que todos conocemos. Pero en Pinocho en live action vemos un sutil tinte distinto.

Cuando vimos la película original pudimos habernos quedado con la idea de que Gepetto quiso a Pinocho cuando se convirtió en un niño de verdad. Al menos así lo veía yo.

Pero en esta versión se añade un pequeño y conmovedor diálogo:

«Realmente lo intentaste con todo tu corazón y eso te convierte en un niño de verdad. ¿Y sabes en qué más te convierte? En un niño generoso y muy valiente. Pude haberte hecho pensar que quería a alguien más. Pero era a ti a quien deseaba. Siempre serás mi niño de verdad. No hay una sola cosa que cambiaría de ti. Estoy muy orgulloso de ti, y te quiero muchísimo».

Es cierto que debemos mejorar en muchas cosas. Que no somos lo que estamos llamados a ser, porque esa llamada es a ser santos y eso implica alcanzar la perfección… pero en el amor; hay muchas cosas en las que aquí en la tierra no seremos perfectos. Y Dios no nos dice «te amararé cuando seas perfecto».

No nos dice «te amararé cuando seas un hombre o una mujer de verdad; cuando seas lo que de verdad estás llamado a ser». Dios nos dice:

«te amo, aunque no seas perfecto. Te amo incluso cuando estás aún lejos de ser perfecto. Te amo ahora. Y si te pido “sé perfecto” es porque quiero que seas más de ti mismo. Porque quiero que nos amemos más íntimamente, como solo podremos hacerlo en el Cielo. Porque mañana quiero regalarte ese Cielo, y estar a tu lado para siempre, siempre… pero mientras, no te preocupes. Te amo igual que mañana, con tus defectos y todo, y estoy orgulloso de verte intentar con todo tu corazón».

Bueno, asumo que eso lo dice.

Porque si un Gepetto o un padre puede querer así a un hijo, sea de madera, feíto, poco listo… ¡cuánto más amará Dios a un hijo en el que ve a su propio Hijo!