Parece que decimos «sí» a Dios solo cuando la situación es complicada. Pero ¿sabemos decirle sí a lo que da gusto? Como cristianos solemos caer en una obsesión por el voluntariado, el trabajo agotador, estar siempre disponibles para los otros. Queremos tener las palabras perfectas para cada consejo, la frase del santo de nuestra devoción lista para cada circunstancia… pero seguimos con un hueco en el fondo del corazón cuando vamos a dormir. 

Que Jesús se dio hasta la muerte … sí, pero no siempre se dio en forma de muerte, de destrozado: se dio como amigo que compartía una rica comida en una boda, en una tarde soleada a la orilla del mar, en un monte con una gran multitud de seguidores. No toda la vida es cruz. No toda la vida es muerte. Las muertes y sufrimientos a los que nos referimos los cristianos son los de las pasiones que nos desgastan y nos impiden vivir libremente: morir a nuestros prejuicios, rencores, fobias, perezas, incoherencias, acumulaciones, gulas… 



1. La cruz como consecuencia del amor

Jesús no buscó la cruz, varias veces la Biblia nos cuenta que escapó y hasta el último día pidió a Su Padre lo librara de ella. La cruz fue consecuencia de vivir enamorado y no como en automático guiado por la fama y el poder. La cruz fue el momento en que se reveló lo que somos capaces de hacer al mismo Hijo del Amor por seguir en esa dinámica violenta, vacía de amor. 



Pero si pensamos en un Dios Padre «que da cosas buenas a sus hijos»¿por qué nos enganchamos con vivir en cruz? No, como Jesús, también tenemos que aprender a recibir de Dios las alegrías. Dios que mandó a su Hijo a nacer en una familia amorosa, ¿por qué querría que sufriéramos? Buscar momentos de amor, de ternura, de alegría, de descanso, de fiesta… son también momentos en que podemos experimentarnos cristianos, seguidores de Cristo. 

2. A veces también ser hijos es dejarnos amar

Dejarnos conquistar por Dios antes de querer conquistar almas para Él, un acto que muchas veces se convierte en un escape de mirarnos el corazón herido y tremendamente cansado. Con ansias de ser también cuidados, consolados, abrazados, conquistados.  

Hay días que no corremos a salvar el mundo y no es pecado: es oportunidad para dejarnos salvar del sinsentido y el activismo por el Amor, en una oración, en un amigo, en una reunión con los que queremos, en unas vacaciones familiares. 

Y no, no con el afán productivo de «reparar fuerzas para servir mejor» (típico de cuando volvemos de misión, de una experiencia monástica o religiosa, de ver la película de San Pablo) sino con el simple gusto de aceptar la voluntad de un Padre que nos sabe dar cosas buenas, de confiar en su Providencia. Y aceptando Su dinámica de amor, la viviremos naturalmente con otros.

Artículo elaborado por Sandra Real.