Nacimiento de Jesús

Ya estamos listos para recibir el Nacimiento del Niño Jesús. El pesebre que nos ha convocado en estos días de novena es la oportunidad perfecta para detenernos a reflexionar sobre el rechazo que sufrieron José y María al buscar morada para dar a luz al Salvador.

Ante el pesebre pensamos qué indolentes fueron los que negaron posada a una mujer embarazada, pero seamos honestos, si el Nacimiento de Jesús fuera en este 2025, ¿estaríamos seguros de que no se repetiría la misma escena?

A continuación, se presentan algunas conductas que podrían impedirnos reconocer y acoger al Salvador.

Actitudes que impiden acoger el Nacimiento de Jesús

Existen hoy diversas barreras internas que nos alejan de la capacidad de recibir al Señor en los demás.

1. La indolencia

Estamos en un momento de la historia donde la migración toca nuestro entorno y provoca ciertos efectos que, en vez de despertar nuestra solidaridad, nos hace cerrarnos ante la necesidad del otro y entonces, el clamor de quien no tiene techo se nos vuelve paisaje. Tal como se menciona en un estudio del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral de 2024 («La acogida como don»), el acto de ignorar al vulnerable es, en esencia, una forma de cerrar la puerta al mismo Dios.

2. La desconfianza

Frecuentemente, nos sentimos temerosos de brindar ayuda. Nos preguntamos si realmente las personas que la solicitan son honestas o si nos exponemos a algún tipo de peligro por auxiliarlas, lo que levanta muros que impiden el encuentro fraterno.

3. El individualismo

El consumismo nos hace creer que nunca es suficiente y, por lo tanto, debemos priorizar nuestras necesidades por encima de las de los demás. Así que nos privamos de dar por miedo a perder lo que tenemos. En un ESADE Do Better estudio de 2025 («La salud mental y el impacto de la soledad»), se ha destacado precisamente cómo el individualismo contemporáneo y la priorización de lo propio erosionan los vínculos de confianza comunitaria.

4. El pecado

Un corazón alejado de Dios pierde la sensibilidad de descubrir su presencia en la vida cotidiana, porque anda entretenido con el mundo y sus placeres, distrayendo la mirada de lo que es verdaderamente esencial.

5. El interés

Esperar a ser siempre recompensados por prestar ayuda al otro nos condiciona a dar según lo que recibimos y nos deja en un estado de hibernación desde el cual perdemos disponibilidad y prontitud para el amor desinteresado.

Recomendaciones para fortalecer nuestra capacidad de acogida

¿Te sentiste identificado con alguna de estas conductas? Aquí te dejo algunas recomendaciones para superarlas y fortalecer nuestra capacidad de acogida al hermano, donde claramente reside la presencia de Jesús.

“…Pero un samaritano que iba de camino llega junto a él y, al verlo, tuvo compasión. Se acercó, vendó sus heridas y echó en ellas aceite y vino…”. (Lc 10, 33-34).

Cambiemos el modo de relacionarnos con quien nos necesita. Como lo expresaba el papa Francisco en repetidas oportunidades, volvámonos prójimos con el que está a nuestro lado y salgamos al camino, dejando de esperar a que toquen nuestra puerta para abrirnos a llevar, con nuestra ayuda, el actuar amoroso de Dios.

“Os aseguro que cuando hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt, 25, 40)

Podemos vencer la aprensión de ayudar a los otros si estamos convencidos de que a quien beneficiamos es al mismo Cristo. No lo hacemos dependiendo de si es verdad o no la situación que vive el otro, sino porque a través de él podemos amar y servir al mismo Señor, siendo nuestra disposición y entrega lo que realmente cuenta.

“Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado, de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12, 43)

Tomemos conciencia de que nada nos habremos de llevar. Lo que aquello que poseemos, en cierto sentido, no nos pertenece; podemos prescindir de lo material y seguir siendo quienes somos, evitando que la necesidad de acumular dirija nuestras vidas y compartiendo todo lo que nos sea posible.

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8)

Procuremos que nuestro corazón esté libre de rencor, de vicios, de egoísmo y de maldad. Permitamos que sea el Espíritu Santo el que se encargue de purificar nuestro ser para desarrollar la sensibilidad hacia las cosas de Dios. Ello despertará en nosotros la necesidad de hallarlo y reconocerlo en todo y en todos.

“Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio. Entonces obtendréis una gran recompensa y seréis hijos del Altísimo…” (Lc, 6, 35)

Es desafiante dar sin esperar nada a cambio. Pero Dios nos ha prometido una recompensa que realmente satisface: ser reconocidos como hijos suyos es el mayor deseo de quienes lo consideramos nuestro Padre.

Sigamos el ejemplo de quien dio todo, hasta la propia vida, sin tener en cuenta si los beneficiarios de su entrega responderían o no con la misma medida.

    Así que deseo que esta noche, cuando estemos en familia haciendo el último día de la novena de Navidad, podamos entregarle a Jesús eso que nos impide acoger su Nacimiento. Así podremos descubrirlo en el rostro de quien sufre y pasa necesidad. Que encuentre nuestra alma dispuesta para residir en nosotros.

    ¡Feliz Navidad!

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