El domingo pasado, día de la solemnidad de Pentecostés, celebración importantísima para nuestra fe católica, una comunidad fue atacada mientras celebraban la vigilia dentro de un templo parroquial en Nigeria. Murieron decenas, otros heridos, secuestros, masacres… ¡Tanto dolor, tragedia e indiferencia! Todo esto ocurrió en pleno 2022. 

Debo confesar algo: no es un tema fácil de compartir contigo. Es un tema complejo, retador. Sin embargo, es algo que nos debe llevar a preguntarnos por diversas realidades. 

Preguntas como: ¿cuál es nuestro papel en la sociedad actual?, ¿por qué hoy estamos en medio de una enorme indiferencia selectiva?, ¿quién es un cristiano en medio del mundo…?

Un tiempo para reflexionar

indiferencia, «¿Algunas muertes importan más que otras?». Una reflexión ante una pregunta que nos duele y preocupa

No es el momento de dejarnos llevar por rabias, resentimientos ni nada de eso. Es el momento de pensar, ¡y hay que hacerlo ahora! Necesitamos, más que nunca, una verdadera reflexión acerca de lo que estamos viviendo y que cada día se hace más complejo. 

Justo esta semana, el martes, la liturgia nos regaló el Evangelio de Mateo (5, 13-16) en el cual Jesús nos hace un fuerte llamado de atención: «Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo». 

Amigo, quiero decirte que no hay mejor explicación para comprender cuál es el papel que tenemos en medio de la realidad social. 

La misión del cristiano ante la indiferencia

indiferencia, «¿Algunas muertes importan más que otras?». Una reflexión ante una pregunta que nos duele y preocupa

Nuestra misión no es la de estar destacando, llamando la atención o viviendo de prestigios, nombres, títulos y demás honores.  Nuestro papel en la sociedad es la de ser sal y luz. 

La sal ha servido siempre como instrumento para conservar los alimentos, para sanar heridas, para dar buen sabor a los alimentos… como discípulos del Señor, somos quienes debemos contagiar vida al mundo por medio del testimonio. 

No podemos olvidar que el corazón de un cristiano debe ser un corazón que no se cierra por el daño que le hagan, que no se hace duro ante el maltrato de la sociedad. 

Un corazón que no pierde su sabor, sino que lo contagia. Es así como todo hijo de Dios está llamado a dar gusto, sabor, alegría, esperanza y amor a todos. Aun cuando le hayan lastimado.

Como nos recordó el Maestro, sin ser del mundo, estamos en el mundo. Y, lamentablemente, estamos rodeados de un sinfín de excentricidades que acrecientan cada vez más la oscuridad y que paulatinamente enfrían la vida. 

En medio de esto, la luz incómoda, causa irritación y desencadena persecuciones que buscan apagarla o hacerla esconder. 

¡Ilumina la oscuridad! ¡Ilumina en la indiferencia!

indiferencia, «¿Algunas muertes importan más que otras?». Una reflexión ante una pregunta que nos duele y preocupa

El hombre de fe que busca seguir al Maestro debe ser consciente de que su vocación es ser luz que ilumina toda tiniebla. Luz que se irradia hasta el último rincón de la vida de todos los hombres. 

Pero, además, debe ser una lámpara valiente que sepa dar frente a los intentos por extinguirla. Debe iluminar, sin importar nada y con mayor determinación.

Por otro lado, ante la oleada de indiferencia que está permeando a la humanidad, habría que plantearse algunas preguntas más: ¿por qué nos afecta más la muerte de unos que de otros?, ¿sentimos que hay personas que importan más que otras?; ¿será que nos estamos olvidando de la importancia del «tú» para que exista el «yo»?

Mirar (¡de verdad!) al otro

indiferencia

Creo que el creciente aumento de violencia, hambre, desigualdad, enfermedades, indiferencia y demás elementos que aquejan a la sociedad actual también tienen su raíz en el egoísmo. Pienso que este se ha venido fortaleciendo en los últimos tiempos. 

Es fundamental que exista el «tú» para que exista el «yo». Pero pareciera que nos estamos olvidando de esto, y se mira el principio del «yo como único ser importante».

Es hora de que volvamos la mirada a los demás, recapacitar y caminar juntos. Así humanizaremos nuestras relaciones y será posible entablar verdaderos puentes de unidad y paz. De lo contrario, seguiremos como las vías de un tren: si el maquinista se distrae, colisionan y hacen un caos. 

Necesitamos recordar que los peores retos y combates de la vida no los gana quien más fuerte habla, quien más elementos tiene en contra del otro o más armas para acabar con su vida. 

«Gana» quien logra erradicar el odio de su lenguaje, de su pensamiento y corazón. Quien deja atrás la indiferencia y la maldad respondiendo con amor silencioso. 

¡Dios te invita a una misión única!

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No nos dejemos engañar: ser cristianos es vivir en el mundo sin ser del mundo. Siendo luz y sal, tenemos la tarea de iluminar las tinieblas y dar sabor a lo que se encuentra insípido. 

Para iluminar no es necesario ser lumbreras. Con nuestras buenas obras, podemos marcar el camino por el cual muchos caminarán después. 

¡Ánimo! La aventura apenas comienza. Tú eres luz y nadie podrá apagarte. Vivir la fe cada vez será más retador, pero cada vez es más cierta la esperanza de que nuestra recompensa está en el cielo. 

Y tenemos la certeza de que nuestros hermanos nigerianos, fallecidos, gozan ya de esa recompensa.

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