El Evangelio nos dice que debemos ser luz y sal de la tierra, pero ¿será que sabemos lo que esto implica o pensamos que es algo de lo más simple? Ser luz y ser sal es algo que implica la vida misma, que hace que nada sea igual, es donar tu libertad y voluntad, para que ya no sea la tuya sino la de Dios mismo. Veamos algunas de las implicaciones que conlleva ser sal y luz:

1. Ser luz en medio de un mundo oscurecido



«No se enciende una lámpara para meterla bajo el celemín», el cristiano es siempre luz encendida por el fuego del Espíritu. Fuego que arde y que purifica todo aquello que se le acerca, es por esto que en una sociedad llena de tinieblas que desean contagiar de oscuridad a todos los demás, el creyente debe ser una luz fuerte que ilumine. Que sepa permanecer encendido aún cuando su llama sea soplada por rechazos, ataques e indiferencias.

2. El cristiano siempre sabe a amor



El corazón de un cristiano debe ser un corazón que no se cierra por el daño que le hagan, que no se hace duro ante el maltrato de la sociedad. Un corazón que no pierde su sabor sino que lo contagia, es así como todo hijo de Dios está llamado a dar gusto, sabor, alegría, esperanza y amor a todos, aun sin importar que le hayan lastimado.

3. Serás una luz que constantemente querrán apagar

Vivimos en un mundo lleno de extravagancias que quiere contagiar a todos de su oscuridad. Llegando a un punto en el que la luz incómoda a los ojos y por esta razón se hace necesario apagarla o esconderla.

El creyente debe ser luz que ilumina toda oscuridad, que logre iluminar hasta el último rincón de la vida de todos los hombres. Pero además debe ser una lámpara valiente que sepa dar frente a los intentos por extinguirla y sin importar nada, ilumine con mayor determinación.

4. Hay momentos en que debe guardar silencio

San José es un hombre de profundo silencio, humilde. Como cristianos estamos llamados a gritar al mundo el Evangelio, pero para ello también es necesario saber ser silenciosos, no responder a los ataques del mundo con las mismas armas que lo hace él. Más bien responder con amor, con testimonio humilde, con nobleza y corazón manso. Contagiando a los demás de la paz que solo nos otorga Dios. Prudencia, fe, oración, silencio, humildad y amor son fundamentales para vencer en toda batalla.

5. El corazón del creyente no cansa ni se cansa

El amor y la fe no permiten que el creyente se deje vencer por el agotamiento de la batalla espiritual, sino que le dan la fuerza para que aún en medio de los peores litigios, siga dando testimonio y contagiando el amor. O como dice San Francisco de Asís, «dando amor donde no hay amor»…

Los peores altercados no los gana quien más fuerte habla, quien más elementos tiene en contra del otro, sino quien logra repeler el odio, la indiferencia y la maldad respondiendo con amor silencioso. Recuerda: el cristiano es luz y sal del mundo, por eso debe iluminar las tinieblas y dar sabor a lo que se encuentra insípido… ánimo que la aventura apenas comienza, tú eres luz y nadie podrá apagarte.