
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!». Así dice una de las frases más recordadas del santo que celebramos el día de hoy, y uno de mis favoritos, san Agustín de Hipona. Gracias a él, pero especialmente por la misericordia de Dios, descubrí el «tesoro» del que Nuestro Señor habla en los Evangelios.
Quiero compartirte, con san Agustín, este gran tesoro y, si Dios me lo concede, ¡catapultarte a los brazos del Señor!
La principal crisis de san Agustín de Hipona

Vivimos en un mundo cada vez más eufórico y concentrado en las grandes experiencias. Nos hemos vuelto «adictos» a la vivencia de experiencias cada vez más intensas. Aunque en su propio contexto y cultura, san Agustín también fue presa de esto.
La pregunta que merece hacerse aquí es: ¿por qué? El obispo de Hipona lo responde fácilmente en la primera frase de sus Confesiones: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Jamás, en toda la historia de la humanidad, se había hecho más patente esta verdad. La constante búsqueda de experiencias extáticas no es más que la manifestación de este anhelo del corazón, escrito tan bellamente por el obispo de Hipona. El hombre no puede vivir sin Dios, es así de simple. Erradamente, lo busca en medio de estas experiencias y cosas, llegando a reemplazarlo.
El tema está en que, en medio de estas cosas y experiencias intensas, es decir, en el exterior, no está Dios. Podemos, indudablemente, encontrar destellos y rastros de su Hermosura, pero no a Él personalmente. Entonces, preguntarás, ¿dónde encuentro realmente a Dios?
Crisis de sentido que él entendió

«¿Qué es eso de ir lejos de vosotros y desaparecer de vuestra vista? ¿Qué es eso de ir por caminos de soledad y vida errante y vagabunda? Volved. ¿Adónde? Al Señor, dices. Es pronto todavía. Vuelve primero a tu corazón: como en un destierro andas errante fuera de ti. ¿Te ignoras a ti mismo y vas en busca de quien te creó? Vuelve, vuelve al corazón».
Esta exquisita cita del obispo de Hipona despide el aroma de Nuestro Señor y pretende dirigir nuestra atención hacia la fuente. En otro texto de este gran santo, se nos indica lo que ahí encontramos: «No quieras, pues, derramarte fuera, entra dentro de ti, porque en el interior del hombre habita la verdad».
En otras palabras, san Agustín, o mejor dicho, Dios a través de su servidor, nos ha indicado dónde podemos encontrarlo a Él: en el corazón.
No es fortuito que Nuestro Señor mismo hiciera tanto énfasis en la importancia del corazón del hombre: basta hacer un rápido recorrido por los Evangelios para verlo. De todos, quisiera compartirte el que llamó la atención de san Juan Pablo II, me imagino, muy inspirado por san Agustín: aquel diálogo entre Jesucristo y los fariseos sobre el divorcio.
¿Qué tienen que ver san Agustín de Hipona, fariseos y nuestros anhelos?

El diálogo que mencionamos, que el Papa analizó para realizar su famosa Teología del Cuerpo, esconde un detalle que cautivó mi atención y me iluminó tanto, que no puedo dudar de que fue una gracia del Señor para este miserable pecador.
Después de que nuestro amado Jesucristo les enseñara sobre «el principio» a los fariseos, estos le preguntan por qué, entonces, Moisés había permitido el divorcio. El Señor les responde, y nos responde: «Por la dureza de vuestro corazón».
San Agustín, que comentó tanto sobre las Sagradas Escrituras, debió captar este detalle, pero, más que captarlo, lo experimentó en carne propia.
La dureza del corazón de la que habla Nuestro Señor es la consecuencia de la expulsión del jardín del Edén (símbolo del corazón del hombre, como señala san Juan Pablo II). El corazón se nos hizo duro porque, al ser expulsados del jardín, perdimos la fuente de la vida que ahí teníamos.
Desde entonces, la humanidad ha ido errante por el pasar de la historia, como nosotros ahora, buscando lo que perdimos en medio del mundo. ¿Qué fue lo que perdimos?
El atrevimiento de vivir la vida en Jesucristo

Nuestro Señor afirmó categóricamente: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Esto nos indica, en una primera instancia, que lo que perdimos fue este Camino, Verdad y Vida, pero en realidad, perdimos el medio por el cual podemos seguir este Camino, alcanzar esta Verdad y obtener esta Vida: la vida del corazón, es decir, la vida interior.
Traigamos un ejemplo que me emociona mucho: en las pocas ocasiones en las que Nuestra Madre Santísima aparece en los Evangelios, san Lucas nos narra que, después de que el Señor le respondiera por qué se había quedado en el Templo, Ella «guardó todas estas cosas en su corazón». Ella, la Nueva Eva, inmaculada, tenía esa vida que la antigua Eva había perdido: la vida interior.
La vida interior es la que los santos nos han mostrado una y otra vez, entre ellos san Agustín de Hipona: sus Confesiones son un testimonio de ella. Su santidad es la prueba de que ésta es la vida en Jesucristo, restablecida con su sacrificio en la Cruz, para que pudiéramos entrar en relación con Él, fundirnos en Él, unirnos a Él.
Entonces, y para terminar, a la pregunta que formulé al comienzo, podemos añadir lo siguiente: por falta de vida interior, caímos presa, como san Agustín en su momento, de la necesidad de estas experiencias cada vez más y más intensas. Nuestro Señor dijo: «Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!».
Este fuego es el fuego de su amor, que nos purifica y nos inunda de todas las gracias, y sólo se encuentra mediante la vida interior, la vida de unión con Dios. Y esta vida sólo se consigue mediante los sacramentos, pero, más importante aún, por medio de la oración.
Por eso, te exhorto, y te pido que me perdones por el atrevimiento, a que te lances a la vida de oración. Créeme que no te arrepentirás.
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Este fuego es el fuego de su amor, que nos purifica y nos inunda de todas las gracias, y sólo se encuentra mediante la vida interior, la vida de unión con Dios. Y esta vida sólo se consigue mediante los sacramentos, pero, más importante aún, por medio de la oración.
Comentario:
No solo los sacramentos y la oración, para la vida de unión hay que pasar por las purificaciones activas y pasivas del sentido y del alma, para unirnos en la máxima unión posible en el siglo, la unión transformativa, enseñada por Santa teresa de Jesús y San Juan de la Cruz