La Navidad es

El comercial navideño de John Lewis, titulado «Donde vive el amor», ha vuelto este año a recordarnos una verdad humana que nos conmueve profundamente. La historia nos muestra cómo un adolescente busca acercarse a su padre en Navidad y, al no conseguirlo con palabras, lo logra a través de la creatividad, la memoria y un detalle que muchos adultos solemos olvidar con el paso del tiempo.

Cuando los padres retrocedemos

En la adolescencia suele suceder que los padres retrocedemos, nos replegamos y dejamos, muchas veces sin intención, a nuestros hijos en una suerte de soledad. Resulta paradójico que, si bien ellos se alejan físicamente buscando su propia independencia, en realidad anhelan una cercanía profunda en el alma.

Desafortunadamente, la distancia emocional entre padres e hijos es algo frecuente, pues muchos adultos interpretamos el silencio adolescente como un rechazo personal. Otros podemos sentirnos inseguros o tememos intervenir por miedo a sus reacciones, llegando a creer erróneamente que nuestra presencia ya no es tan necesaria.

Sin embargo, aunque parezca que esa distancia funciona, esta nunca es neutral. Al contrario, deja una huella emocional que se puede leer con claridad en el rostro del protagonista de este comercial.

No es distancia, es conquista y descubrimiento

La adolescencia es la etapa donde va tomando forma la identidad de los jóvenes, definiendo quiénes serán, en qué creerán, cómo amarán y de qué manera tomarán sus decisiones o enfrentarán la frustración.

Aunque no lo digan explícitamente, los adolescentes nos necesitan cerca. A veces incluso más que cuando eran pequeños, pues requieren límites, estructura, afecto y protección de manera urgente.

Como se menciona en un estudio de Meg Meeker de 2017 («Strong Fathers, Strong Daughters»), se destaca que la mayoría de los hijos viven deseando que su padre se acerque, ya que es en esa cercanía donde ellos realmente se descubren y crecen.

Es un proceso duro para un joven pasar de una infancia donde la ternura era una constante a una realidad donde, de pronto, aparecen el silencio y la distancia.

Hijo, yo también te necesito

A veces olvidamos que el encuentro es mucho más que una simple cercanía física; es un descubrirse mutuo donde el hijo se reconoce a través del padre y el padre se redescubre a través del hijo.

Los hijos nos muestran a los padres aspectos que muchas veces ignoramos, como nuestros propios dolores, miedos y reflejos, ayudándonos así a crecer también a nosotros.

No obstante, estar cerca no siempre significa un encuentro real. Si nuestra presencia se limita a controlar, dar sermones o vigilar, terminamos cortando la confianza necesaria para el vínculo.

En esta etapa necesitamos ser firmes, pero sobre todo estar disponibles, constantes, atentos y con el corazón abierto. Debemos entender que la aparente distancia de esta edad no es un muro, sino un terreno de conquista mutua donde los hijos prueban si seguimos allí. Si somos un lugar seguro y si todavía respondemos cuando llaman, aunque lo hagan sin palabras.

Encontrándonos en tierra neutral

Descubrir las formas para llegar a nuestros hijos no siempre es sencillo. Especialmente, cuando no comprendemos sus códigos o sus gustos y caemos en la tentación de criticarlo todo.

A veces sufrimos una amnesia selectiva y olvidamos cómo fuimos nosotros a esa edad. Por ello, acercarnos puede ser más simple de lo que parece si recordamos nuestra propia juventud.

Si bien el video muestra la genialidad de un joven que conecta con una pasión que su padre tuvo a su misma edad, no debemos esperar a que sean ellos quienes den el primer paso. Seamos nosotros quienes salgamos constantemente a su encuentro, siguiendo el ejemplo de nuestro Gran Padre.

Navidad es el gran encuentro

La Navidad es el tiempo más tangible del encuentro con Dios. Un Dios que no se quedó lejos, sino que quiso venir y quedarse con nosotros. Es el paso que el Señor del Universo dio por puro amor y, aun cuando parecía silencioso, vino a hablar en nuestro propio lenguaje.

La Navidad es presencia, abrazo y encuentro. Por eso este comercial toca una fibra tan honda al obligarnos a preguntarnos si estamos presentes de verdad para nuestros hijos y para quienes amamos.

Nos invita a evaluar si sabemos entrar en su mundo, si los escuchamos, si acompañamos sin imponer y si los recibimos sin miedo cuando empiezan a descubrir quiénes son. Así como Dios nos acompaña incondicionalmente, este tiempo nos recuerda que, como padres, nuestra misión es salir siempre al encuentro de nuestros hijos.

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