Forevergreen

«Forevergreen» es un cortometraje animado de once minutos, sin diálogo, nominado al Oscar. Y sin embargo lo que hace es algo que muy pocas películas logran: te devuelve a un momento de tu propia vida que quizás habías guardado muy adentro.

Porque todos hemos sido ese oso. El cachorro que creció cobijado y que un día decidió que el bosque de afuera era más interesante. Quizás por esa convicción tan humana de que uno puede arreglárselas solo, de que la vida propia es suficiente mundo.

1. Sobre «Forevergreen» y nuestro impulso apostólico

Los animadores de Disney Nathan Engelhardt y Jeremy Spears tardaron seis años en hacerlo. Noches, fines de semana, horas de almuerzo. Doscientas personas trabajando sin cobrar.

¡Vale la pena detenerse en eso! Seis años es mucho tiempo para sostener algo que nadie te pide, que nadie te paga, que probablemente muchos a tu alrededor no terminaban de entender. Lo que mantiene a alguien durante seis años no es entusiasmo. Piénsalo: el entusiasmo, a veces, no llega ni a durar meses.

¿Qué es, entonces? Es convicción. La certeza de que esto tiene que existir. Nuestra vocación es apostólica por su misma naturaleza: no podemos callar lo que hemos visto y oído (como decían los primeros cristianos).

Vale la pena hacer examen de conciencia y preguntarnos cómo va nuestro afán apostólico. Cómo va nuestra necesidad de comunicar la Buena Nueva, no como algo que «hay que hacer» porque somos cristianos… sino que, porque somos cristianos, nos sale de por sí. Con naturalidad.

2. Dios es el que se mueve

«Esta historia trata realmente de nuestro camino de fe y de cómo nosotros somos ese oso que huyó y luego fue salvado», dijo Engelhardt. «Es Dios quien se inclina hacia nosotros: Él es quien realiza la obra de la salvación. No es algo que hagamos nosotros».

Hay una versión del cristianismo (falsa) que funciona como sistema de puntos: oras, cumples, mereces. «Forevergreen» no cuenta esa historia. Cuenta la otra, la verdadera: la del padre que ve al hijo desde lejos y echa a correr. La de la oveja que no se encuentra a sí misma. lLa del oso que ya no puede regresar por sus propios medios y que, sin embargo, es encontrado.

La iniciativa no es nuestra. Nunca lo fue. Nosotros respondemos a algo que ya estaba en movimiento antes de que empezáramos a buscarlo. A una llamada que Dios nos hace.

3. Lo que el oso le dice a quien ya camina

Para quien ya tiene una vida de fe, «Forevergreen» tiene una advertencia que vale la pena escuchar. La huida del oso no es un gran gesto dramático. Es una serie de pequeños pasos en una dirección.

Así es como nos alejamos casi siempre: no con una decisión radical sino con un desvío apenas perceptible que se va haciendo costumbre. El día que la oración se acortó. La semana en que el silencio se llenó de pantallas. El mes en que Dios dejó de ser interlocutor y se convirtió en concepto.

El invierno —la sequedad, la sensación de que nada funciona, de que Dios no está— tampoco es lo que parece. En el cortometraje el frío no destruye al oso. Lo desnuda. Le quita la ilusión de que podía solo. Eso es a veces lo más misericordioso que puede pasarnos: que la vida nos quite las muletillas justo a tiempo.

Y luego viene lo central: alguien se mueve hacia nosotros. No porque lo hayamos merecido. No porque hayamos llegado primero. Sino porque esa es su naturaleza. Engelhardt lo dice sin rodeos: no es algo que hagamos nosotros.

Ahí hay un descanso enorme para quien lleva mucho tiempo intentando ganarse algo que ya fue dado.

Preguntas que podemos hacernos después de ver «Forevergreen»

No son preguntas para responder rápido. Son para llevar al tiempo de oración, a un paseo, a ese momento antes de dormir en que uno es más honesto consigo mismo.

¿En qué momento de la historia me reconozco?

No en abstracto: ¿cuándo, en mi vida concreta, fui ese cachorro que se alejó convencido de que sabía adónde iba?

¿Cómo fue mi invierno?

El frío en el cortometraje no es castigo —es el momento en que ya no se puede fingir que todo va bien. ¿Cuándo llegó ese momento en mi vida? ¿Lo reconocí entonces o solo lo entiendo ahora, mirando atrás?

¿He sentido que alguien se inclinó hacia mí?

¿Hubo una persona, una circunstancia, un momento inesperado que cambió la dirección de algo? ¿Qué hice con eso?

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