
Amo escuchar música; siempre me ha gustado mucho y logra despejarme, relajarme, distraerme y, en muchos casos, serenarme. Ciertamente, la música tiene un rol importante en mi diario vivir, y es que a veces, en medio de tanto ruido y de tanta tensión, es importante tener espacios y momentos de relajamiento, para lo cual la música es propicia.
(Tampoco quiero con esto decir que escucho música las veinticuatro horas del día, claro que no, pues todo tiene su momento)
Sin embargo, en esta semana me pasó algo que me marcó: ¡salí de casa sin mis audífonos! Esto para mí fue una sorpresa y, por un momento, pensé en qué haría sin poder escuchar música o tener mi momento de relajamiento en medio del trabajo. Realmente pensé que la pasaría mal, pero de esta experiencia aprendí algo.
He aprendido que, si bien es importante despejarse, hay algo mucho más valioso: escuchar, y que esta escucha sea activa. No porque deba relajarme un momento me puedo perder de qué pasa a mi alrededor y no escuchar a quien lo necesita.
Por otro lado, he comprendido que la música puede volverse un arma de doble filo. Muchas veces uno, en su afán de distraerse, no acalla el corazón ni permite que el alma se serene con los momentos de silencio tan necesarios. Con esto no te quiero decir que está mal distraerse con música o videos, pero sí te debo persuadir de que puedes perderte lo que tienes alrededor, ya que te será más fácil distraerte que habitar el presente.
1. En el silencio Dios habla, aprendamos a escuchar

Entendí que ese lapso de tiempo donde no pude escuchar música, podía hacer algo muy valioso: guardar silencio, detenerme y en medio de tanto ruido serenar mi corazón, y recordé algo que a veces podemos olvidar.
En el silencio Dios habla. Podemos pensar muchas veces que Dios hablará estruendosamente, pero es en el silencio que acaricia nuestro corazón. Ten por seguro que en el silencio Dios te mostrará qué quiere de ti.
Aquello que quizá altere tu alma por no poder resolver está a un silencio y una oración de distancia. El ruido dispersa; la música, en exceso, te emociona, te relaja ciertamente, pero no te permite adentrarte en tu corazón y dejar que Dios te hable.
Aprendamos a escuchar activamente cuando no hay ruido: escuchar tu corazón, escuchar tus miedos, tus anhelos, tus luchas y tus inquietudes; descubrirás que la melodía de tu corazón es hermosa y Dios al unísono te hablará.
2. La escucha activa nos permite amar al prójimo

Aquel día que mis audífonos se quedaron en casa, aprendí algo enorme. Mucha gente a mi alrededor necesitaba ser escuchada: aquel con quien subo el ascensor a mi oficina, aquel que comparte mesa conmigo en el almuerzo, mi esposa en casa, mis padres en su hogar, aquel amigo desconsolado, aquel compañero que simplemente quería compartir un logro.
La escucha, la escucha activa, es un acto auténtico de amor al prójimo. Algo que debemos siempre tener muy presente es que escuchar es amar.
Un acto de amor inmenso para nuestro prójimo es estar presente. Es ser capaces de guardar silencio y dejar que esa alma se desahogue y se sienta muy amada.
Es nuestra misión estar siempre dispuestos a ser consuelo para las almas de nuestro prójimo. Quizá no sepamos qué decir, pero la escucha activa es ya amar al alma. Haz silencio y ama; verás lo hermoso que es escuchar a quien lo necesita.
3. Orar es amar a Aquel que nos ha amado hasta el extremo

En el silencio y en la calma también debemos aprovechar el tiempo para la oración, para comunicarnos con Aquel que su vida entregó por cada uno de nosotros.
Dialogar con aquel que ha amado nuestra alma, abandonar nuestras luchas a aquel que camina con nosotros en medio de nuestras inquietudes y turbaciones. Es la oración la que nos va a sumergir en el misterio del amor de Dios.
La oración es refugio, calma, paz, consuelo. Es en sí misma un diálogo de amor entre una criatura necesitada de amar y un Dios sediento de amarnos a cada uno de nosotros.
Es, pues, importante que encontremos en el día a día espacios para orar. Momentos donde guardemos silencio y que nada nos distraiga, momentos donde podamos cerrar puertas, ventanas, abstraernos del mundo y acudir al encuentro amadísimo con el Señor.
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