Cómo consolar a alguien

¡Cuántas personas viven al borde del colapso y nadie lo nota! Caminan junto a nosotros, responden con una sonrisa cortés, cumplen con sus responsabilidades… pero por dentro se tambalean, cargando heridas que desbordan y situaciones que los superan. ¿Cómo consolar a alguien que no puede más…?

Tal vez están en nuestra familia, en el grupo de catequesis, en el aula de clase o en la banca de al lado durante la misa. Y, sin embargo, su dolor pasa desapercibido, no lo conocemos o cuántas veces somos indiferentes ante él.

Hoy quiero invitarte a mirar más allá de las apariencias. A detenerte un momento y preguntarte: ¿cuántas personas estoy dejando pasar sin darme cuenta de su dolor? ¿Y si yo fuera el único capaz de consolar a alguien que hoy lo necesita? ¿Estoy disponible para ser signo de esperanza para alguien al borde del abismo? No seamos simples espectadores de la vida.

La película Harta, recientemente estrenada en Netflix, nos confronta con esta realidad de manera cruda y honesta, muy fuerte pero real. En ella, una madre agobiada por la injusticia, la pobreza y la soledad llega a un punto de quiebre absoluto.

Todo en su vida se ha derrumbado. Pero en medio de su desesperación, una presencia silenciosa lo cambia todo: Nicole, una empleada del banco, elige no juzgar, no gritar, no acusar.

Solo estar. Solo mirar con humanidad. Escuchar, aun cuando está nerviosa y llena de miedo.

Y ahí entendemos algo profundo e importante: acompañar no es tener todas las respuestas. No es decirle al otro cómo arreglar su vida. Acompañar es mirar sin condenar, escuchar sin juzgar, tender la mano sin preguntar tanto.

Es estar presente, como estuvo Jesús con los suyos, especialmente con los que el mundo había descartado.

El ejemplo de Jesús

Jesús mismo nos lo enseña con su vida: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,13). Él no se aparta del que llora, sino que se conmueve, se acerca, toca, cura.

Como cuando vio llorar a la viuda de Naín y «se compadeció de ella» (Lc 7,13), o cuando lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11,35). Su corazón humano y divino sabe dolerse con el otro. ¡Y cuánto necesitamos recuperar esa capacidad de compasión! ¿No crees que esto cambiaría el mundo de hoy?

Nicole, sin decir muchas palabras, representa a tantos hombres y mujeres que se convierten en reflejo de la misericordia de Dios. Jesús se hace presente en el que consuela, no en el que acusa. En el que se queda, no en el que se marcha cuando la situación se complica. ¡Cuánto bien podemos hacer si dejamos de lado nuestras prisas y elegimos quedarnos junto a quien sufre!

San Juan Pablo II decía: «El sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo» (Salvifici Doloris, 30). Ese amor no se demuestra solo con grandes gestos, sino también con la atención pequeña, con la presencia fiel, con la escucha activa. En un mundo lleno de ruido, quien sabe escuchar ya está sanando —salvando.

¿Cómo consolar a alguien que nos necesita?

En nuestros espacios de apostolado, tenemos una oportunidad inmensa de consolar a alguien (o a muchos). Como catequistas, profesores de religión, acompañantes de grupos juveniles o simplemente como creyentes comprometidos, estamos llamados a ser esa presencia que no juzga, que no grita, que no abandona.

¿Lo estamos siendo de verdad? ¿O nos dejamos llevar por la rutina, por la exigencia de resultados, por las etiquetas fáciles? ¿O estamos allí solamente para que nos admiren y agradezcan con honores y beneficios?

San Agustín nos recordaba: «Prefiero a los que me corrigen con amor que a los que me alaban con hipocresía». Y podríamos añadir: también preferimos a quienes se quedan a nuestro lado sin necesidad de decir mucho, a quienes simplemente nos hacen sentir que no estamos solos.

Acompañar al que sufre también significa cargar con parte de su cruz, como Simón de Cirene. No tomó la cruz por elección propia, pero al hacerlo, participó del misterio redentor. Cada vez que sostenemos a alguien con nuestra presencia, estamos también cumpliendo ese gesto cirineo que nos hace más humanos y más cristianos.

Vamos juntos

Quiero decirles que no estamos llamados a salvar al mundo por nuestras fuerzas, pero sí a estar donde nadie quiere estar, a escuchar lo que nadie quiere oír, a ver lo que muchos eligen ignorar.

Porque ahí está el rostro de Cristo: en el que llora en silencio, en el que siente que ya no puede más, en el que solo espera que alguien le diga: «Estoy aquí contigo»; en el que, como Nicole, extiende la mano y con sinceridad, mira a los ojos y dice: «Vamos juntos».

Como dice el Papa Francisco: «El acompañamiento debe ser prudente, y se debe aprender a interpretar, a escuchar, a saber leer los signos… No basta con aplicar normas morales como si fueran piedras lanzadas contra la vida de las personas» (Amoris Laetitia, 305).

Si volvemos a mirarnos a los ojos con sinceridad y darnos la mano para acompañar, el mundo será diferente.

Una oración para rezar cuando quisiéramos consolar a alguien

Señor, enséñame a mirar con tus ojos, a escuchar con tu corazón.
Que no pase de largo ante el dolor de mis hermanos.
Hazme presencia viva de tu consuelo en un mundo que grita en silencio.
Dame la gracia de acompañar sin juzgar, de quedarme sin miedo, de amar sin medida.
Amén.

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