Si ya eres capaz de leer estas letras, estarás de acuerdo conmigo que en la vida es muy común tener como compañeros de camino al dolor y sufrimiento.

A veces, son cosas pequeñas que nos contrarían. Dolores del cuerpo o del alma, ante una caída o ante una decepción. Otras veces son dolores que podríamos decir que son sordos, porque nos anulan. Se sienten como una fuerte presión en el pecho que no se quiere ir.

En ocasiones, somos nosotros mismos los que nos las provocamos tomando malas decisiones. En otros momentos, tienen un origen externo. Si Dios ha dispuesto que esto sea así, es porque tiene algún sentido, nos debe servir. Siguiendo la idea de la Carta a los Romanos: sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman.

¿Sabías que, cuando entramos en la dinámica de la cruz, todos los sufrimientos e incluso los pequeños (cualquier cosa que contraría y genera un dolor), no se pierden?, sino que: ¡tienen valor corredentor!

La ciencia de la cruz

Dolor y sufrimiento, «Duele demasiado» En 3 puntos te explico cómo puedes santificar ese sufrimiento

Es el mismo Cristo quien nos deja claro que seguirle implica no huir del dolor y sufrimiento: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame» (Lc 9, 23).

La cruz es el libro vivo del que aprendemos definitivamente quiénes somos y cómo debemos actuar.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, más conocida como Edith Stein, escribió «Ciencia de la Cruz». En este texto va explicando que el fin de la vida del hombre es la unión con Dios. La santa promueve buscar las propias mortificaciones, y recomienda: «inclinarse siempre a lo más desabrido, a lo más dificultoso, a lo más trabajoso» como forma de lograr esta unión.

Si bien es cierto que algunas almas están llamadas a esta forma más radical de buscar la cruz, no podemos desentendernos de las palabras de Cristo. Tal vez, para los laicos en medio del mundo, estas palabras de San Josemaría sean más cercanas:

«No serás mortificado, si eres susceptible, si estás pendiente solamente de tus egoísmos, si avasallas a los otros, si no sabes privarte de lo superfluo y, a veces, de lo necesario; si te entristeces, cuando las cosas no salen según las habías previsto. En cambio, eres mortificado si sabes hacerte todo para todos, para ganar a todos».

Dolor y sufrimiento necesario para la madurez

Dolor y sufrimiento, «Duele demasiado» En 3 puntos te explico cómo puedes santificar ese sufrimiento

Pero, dolor y  sufrimiento, ¿cómo se santifican? Ese dolor fuerte que se produce por la muerte de alguien cercano, por la propia enfermedad o al ver sufrir a los que amamos, ¿cómo podemos encausarlo? Esta meditación lo intenta resumir.

Viene en nuestra ayuda el Cardenal Ratzinger:

«Una visión del mundo que no puede dar un sentido también al dolor y convertirlo en algo valioso, no sirve para nada: fracasa precisamente ahí donde aparece la cuestión decisiva de la existencia. Quienes, acerca del dolor, solamente saben decir que hay que combatirlo, nos engañan. Ciertamente, hay que hacer todo lo posible para aliviar el dolor de tantos inocentes y para limitar el sufrimiento. Pero una vida humana sin dolor no existe; y quien no es capaz de aceptar el dolor se sustrae a las únicas purificaciones que nos hacen maduros».

El sufrimiento nos ayuda a madurar, a ser pacientes y llevar las cosas por un amor más grande, a purificarnos. El punto central de esta ciencia está en encontrar en nuestros dolores la compañía de Cristo sufriente.

Un gran poeta francés, convertido en su juventud, Paul Claudel, escribía: «El Hijo de Dios no vino a destruir el sufrimiento, sino a sufrir con nosotros. No vino a destruir la cruz, sino a tenderse sobre ella. Nos ha enseñado el camino para salir del dolor y la posibilidad de su transformación».

Nadie es digno de misericordia, todos la recibimos completamente gratis. Cuando somos misericordiosos nos parecemos cada vez más a Jesús, nos preparamos para ganar el cielo. Como nos explica esta meditación.

Aceptar la cruz acudiendo a la gracia divina nos lleva a depender cada vez más de Dios. Además, se encuentran las reservas de fortaleza, confianza y obediencia que sabemos perfectamente que no vienen de nosotros mismos, sino de un Dios que es bondadoso y misericordioso.

En lugar de centrar la atención en los padecimientos que nos toca llevar, nos sentimos inspirados a ser comprensivos y compasivos con otras personas, aunque también se sufran dolores, padecimientos y dificultades. En resumen, poco a poco se van adoptando las actitudes del propio Jesús.

Ayudar a los que sufren

dolor y sufrimiento

Jesús quiere que estemos cerca de los que sufren, que les acompañemos. Ayudando a los que pasan necesidad, nos convertimos para ellos en fuente y signo de esperanza. Hacer frente, juntos, a los retos de la vida; estar preocupados unos por otros y permanecer unidos en la lucha por alcanzar las metas de la vida.

Es seguro que estamos llamados a ayudar a los que sufren porque San Mateo nos lo narra hablando del Juicio Final haciendo alusión a los que han vivido estas obras:

«Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me disteis de comer, sediento y me disteis de beber, era forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y fuisteis a verme»

Hay que estar atentos porque muchas veces los que sufren están a nuestro lado. Por ejemplo, las enfermedades mentales están muy presentes y no se notan. O la soledad es la compañera de varios que tienen sus perfiles de Instagram llenos de supuesta felicidad. O la angustia existencial de no encontrar sentido a la vida.

Vivir las obras de misericordia espirituales y materiales nos llevan a olvidarnos de nuestro propio sufrimiento para enfocarnos en los demás. San Juan Pablo II afirma que aquellos que sufren son protagonistas privilegiados del Evangelio del Dolor, que Jesucristo en persona comenzó a escribir con su propio dolor.

Cada persona que sufre trae este Evangelio a la vida con su propio dolor personal. Es un Evangelio vivo, que nunca terminaremos de escribir, y que verdaderamente nos capacita para reconocer a Dios mismo en cada uno de los que sufren.