
¿Te lo han preguntado alguna vez? «¿No tienes cosas más importantes que hacer un domingo?», «¿tienes que ir todos los domingos?», «¿no te aburres de ir siempre a lo mismo?», «¿y cuánto te pagan por eso?», «¿y tu esposo te da permiso?».
He dado catequesis de forma intermitente desde que tengo quince años y estas preguntas siguen apareciendo de forma puntual, como si el calendario no avanzara. También surgen comentarios como: «no te pierdes de mucho con tus amigas» o «las personas de la iglesia son las primeras de las que debes desconfiar».
La primera vez que las escuché, me sorprendieron. Hoy ya no me sorprenden… pero tampoco han dejado de hacerme pensar. Porque detrás de esos comentarios hay algo real: vivir la fe con coherencia genera incomodidad.
No siempre es una persecución dramática; a veces es simplemente esa mirada de extrañeza, esa sonrisita de «qué raro eres» o ese silencio incómodo en la reunión familiar. Y duele, aunque sea poco.
¡San Luis de Montfort también lo vivió!

San Luis María de Montfort lo vivió de otra manera, pero con la misma raíz. Predicador itinerante en la Francia del siglo XVII, su forma de vivir el Evangelio era tan radical —pobreza real, misiones populares y devoción mariana profunda— que incomodaba incluso dentro de ambientes religiosos.
Fue criticado, expulsado de parroquias y marginado. Sin embargo, con el tiempo, su espiritualidad terminó influyendo profundamente en la Iglesia.
Como menciona un estudio sobre la vida de san Juan Pablo II, el joven Karol Wojtyla descubrió a Montfort siendo obrero, en plena Segunda Guerra Mundial, mientras se formaba para el sacerdocio.
El libro titulado Tratado de la verdadera devoción lo marcó tan profundamente que él mismo confesó que representó un «cambio decisivo» en su vida.
De ahí tomó las dos palabras que lo acompañarían siempre: Totus tuus («todo tuyo»), con las que, ya como pontífice, consagró su persona y su ministerio a la Virgen María.
¿Qué podemos aprender de él?

Pero ojo: no toda incomodidad que generamos viene del Evangelio. A veces simplemente somos imprudentes, rígidos o hablamos en el momento equivocado.
Parte de la madurez espiritual es aprender a discernir esa diferencia: ¿Es el Evangelio lo que incomoda o soy yo con mi manera de anunciarlo?
Volviendo a las preguntas de siempre… yo las veo como una señal. No de fracaso, sino de presencia. Si llevas años escuchando los mismos comentarios es porque llevas años estando ahí; porque sigues siendo alguien que hace algo diferente, alguien que va, que sirve y que cree.
Las personas que hacen esos comentarios no están necesariamente en contra tuya; muchas veces están procesando algo que tú les recuerdas sin querer: que hay otra forma de vivir.
¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que tu fe generó una pregunta incómoda a tu alrededor? ¿Cómo lo viviste?
📨 ¿Te gustaría ser parte de nuestra más selecta comunidad? Si quieres recibir contenido exclusivo, recomendaciones geniales y alguna que otra sorpresa más… suscríbete gratis a nuestra nueva newsletter y recibe en tu correo novedades que no encontrarás en otra parte.
Haz clic aquí para suscribirte gratis.

0 comentarios