
Hay momentos en los que la vida nos pone frente a decisiones pequeñas que, sin querer, revelan nuestras prioridades más profundas. A veces basta un gesto sencillo, una palabra inesperada, un recuerdo que vuelve de pronto… o incluso un comercial, como el de «Décimo enmarcado», para devolvernos a lo esencial.
Mientras lo veía, me preguntaba: ¿qué tanto valoramos realmente aquello que no se puede comprar? ¿Qué lugar ocupan en mi día a día mis relaciones, mis afectos, mi fe, mi misión, mis silencios, mis búsquedas?
Cuando un recuerdo nos revela nuestras prioridades
El comercial cuenta una historia muy simple: una mujer guarda un décimo de lotería que perteneció a su padre ya fallecido. No lo guarda por su valor económico, sino por su valor afectivo. Es su modo de mantener vivo un vínculo, como si ese número enmarcado fuese un pedacito de la presencia de su padre en su vida.
Pero el día del sorteo ese mismo número gana, y la mujer descubre que ese décimo «valioso» ya no está en la repisa. Su emoción da paso al enojo, y el enojo a la frustración, hasta que finalmente se entera de que fue su madre, en un descuido, quien lo tiró a la basura.
Después viene la sorpresa: entre los restos de la bolsa aparece un viejo marcapáginas del padre, con un mensaje escrito de puño y letra: «La suerte no está en un número, sino aquí, en vuestra familia.»
En ese instante, todo cambia. El «premio» no estaba en el número ganador, sino en el amor que habían compartido siempre. El verdadero tesoro no era el décimo enmarcado, sino la memoria viva que los sostenía como familia.
Y cuando vi esa escena pensé: ¡cuántas veces nos pasa lo mismo! Guardamos cosas, defendemos cosas, sufrimos por cosas… cuando, en el fondo, lo que vale no cuesta nada. Lo esencial no se cobra. Lo esencial se agradece.
El valor de lo que no tiene precio
Quisiera contarte algo que muchas veces experimento en el acompañamiento pastoral. Hay personas que están cargadas, agotadas, dispersas, con la sensación de haber perdido el rumbo. No les falta fe, ni generosidad, ni deseo de servir.
Lo que les falta es detenerse, respirar, mirar hacia dentro, nombrar lo que llevan en el corazón. En una palabra: revisar sus prioridades.
Y es sorprendente: en cuanto uno se atreve a detenerse, como la mujer del comercial, empieza a ver con claridad lo que siempre estuvo ahí, pero estaba tapado por otras urgencias. Pasa en las familias, pasa en la vida espiritual, pasa en nuestro servicio pastoral… pasa incluso en nuestra forma de orar.
A veces nos acostamos con la sensación de haber hecho mucho, y al mismo tiempo de no haber hecho lo que verdaderamente importa. Mientras que, otras veces, un abrazo, una conversación honesta, una visita a un enfermo, una hora de adoración silenciosa, o incluso un pequeño gesto de pedir perdón, valen más que todo lo que «producimos» en el día.
El comercial nos recuerda esto con mucha belleza: cuando perdemos algo material, muchas veces también se revela algo de lo que llevamos dentro. Se ilumina lo esencial.
El misterio de lo que se guarda
Todos guardamos algo. No solo objetos, sino también mensajes, heridas, historias, palabras que nos marcaron. A veces guardamos cosas para no olvidar; otras veces las guardamos porque no sabemos cómo soltarlas. Lo curioso es que lo que guardamos habla de nosotros.
La mujer guarda el décimo porque guarda la memoria del padre. La madre encuentra el marcapáginas porque guarda un recuerdo más profundo aún. Y al final, lo que queda no es el objeto, sino el sentido.
Tú y yo también guardamos cosas así. Por eso me parece tan hermoso que el comercial termine con la frase del padre: «La suerte está en la familia.»
Podríamos traducirlo para la vida espiritual: «La gracia está en lo que permanece», «Dios está en lo que no se pierde», «la esperanza está en lo que no se compra.»
Cuando volvemos a lo esencial, por ejemplo, al amor auténtico y a la familia, volvemos a Dios.
Un tiempo para volver al corazón
Vivir en clave cristiana es un ejercicio constante de discernimiento: ¿qué ocupa mi mente?, ¿qué me roba la paz?, ¿qué me mueve realmente?, ¿qué es lo que más deseo?, ¿qué me está reclamando Dios desde lo profundo? Este es un buen tiempo para hacer esas preguntas. No porque estemos mal, sino porque siempre es posible vivir mejor, con más libertad, con más transparencia, con más alegría.
Y aquí aparece una invitación pastoral muy concreta: acompañar a otros a revisar sus prioridades. A veces basta una conversación tranquila, o proponer un texto del Evangelio, o una dinámica sencilla en un grupo de catequesis, o simplemente escuchar sin prisa.
Muchos jóvenes, por ejemplo, no necesitan grandes discursos; necesitan descubrir que Dios puede hablarnos también a través de un recuerdo, una ausencia, una frase escrita a mano, o un gesto de amor que alguien tuvo hace años. La fe se despierta cuando tocamos lo esencial.
Prioridades: lo que Dios revela en medio de lo cotidiano
Este comercial es una parábola moderna. Nos muestra cómo, en medio de un gesto cotidiano, se pueden revelar misterios profundos. Y me parece que ahí hay una clave muy pastoral: Dios no necesita momentos extraordinarios para hablarnos; nos habla en lo ordinario de la vida.
Revisar nuestras prioridades no es un ejercicio moralista, sino un acto de libertad y de amor. Es preguntarnos: «¿Qué estoy cuidando?», «¿qué estoy descuidando?», «¿qué debo soltar?», «¿qué debo abrazar con más fuerza?», y también, «¿qué está revelando Dios en este momento concreto de mi vida?»
Cuando respondemos a esas preguntas con sinceridad, experimentamos una especie de renacimiento interior. Como si el Padre nos dijera, igual que en el marcapáginas: «Lo importante no es lo que se pierde. Lo importante es lo que permanece.»
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Muy hermoso y cierto! El mundo nos aturde con tanta información, que no nos concierne…pero nos agota para discernir lo importante, lo escencial. Que Dios nos siga hablando, que Dios nos permita seguir cerca de El