El amor propio

Recientemente, estuve viendo un comercial de HÄAGEN-DAZS trayéndonos al muy recordado personaje de Rápidos y Furiosos, Dominic Toretto y su esposa Letty. El comercial, para mi sorpresa, nos invita a desacelerar un poco y disfrutar un buen momento. Esto me llevó a pensar, curiosamente, en el tema del amor propio.

Hoy quiero ofrecerte unas ideas que te pueden ayudar mucho en tu esfuerzo por amarte a ti mismo adecuadamente.

«Como a ti mismo»

Lo primero que quiero hacer es una corrección importante. En mi artículo anterior sobre amor propio, decía que el error fundamental en el que caemos al interpretar la frase de Nuestro Señor Jesucristo, «ama a tu prójimo como a ti mismo» es entender que «lo primero en la fórmula»somos nosotros mismos.

En este aspecto, en realidad y a diferencia de lo que dije antes, no es equivocado decirte que primero debes amarte a ti mismo. Porque, en efecto, según la manera como nos amemos, amaremos a los demás.

Lo que sí es importante anotar aquí es que, como expresaba también en el artículo anterior, el amarnos a nosotros mismos jamás debe traducirse en que eso implique pensar de forma egoísta en nuestro propio bienestar. Si nuestro bienestar está por encima e independiente del de los demás, también estamos incurriendo en amarnos mal.

Ahora bien, lo que te digo aquí sobre amarte a ti mismo primero tiene sus matices. Porque muchas veces sucede que tratamos muy bien a los demás, mientras que a nosotros mismos no nos queremos ni un poquito.

Esto, aunque suene curioso, es paradójico porque tratar bien a los demás debería, en principio, alimentar nuestro amor propio. Lo que sucede aquí nos remite inmediatamente hacia el tema de la autoestima:

El amor propio y el impacto de amarte a ti mismo adecuadamente

No es poco frecuente que las personas con muy baja autoestima busquen desesperadamente agradar a los demás para sentir que los quieren y, por esa razón, hacen y dan todo lo que los demás piden o exigen, sacrificándose muchas veces a ellos mismos, incluso en momentos en los que dicho sacrificio iba en detrimento personal.

El problema principal con esto es que hacer todo lo que los demás quieren o piden no siempre es la mejor forma de demostrarles nuestro amor.

Además, por ejemplo, si hago algo por otra persona que sé que está mal, o con lo que no estoy de acuerdo, solo porque no quiero que me rechace, en realidad no la estoy amando ni a ella, ni a mí mismo; ella, a lo mejor, saldrá «victoriosa», pero yo saldré con un resentimiento que me hará quererme menos.

Por lo anterior, es imprescindible trabajar en nuestra baja autoestima y aprender a amarnos realmente, que no es un reto pequeño. La pregunta es, ¿cómo amarnos adecuadamente, de tal manera que todos salgamos beneficiados? Es decir, ¿qué hace que amarnos a nosotros mismos beneficie realmente a los demás?

Lo primero es comprender el hecho de que amarnos adecuadamente es justamente lo que más beneficia a los demás. En ese sentido, vale aquí hacer una segunda clarificación con respecto a mi artículo pasado, retomando la frase de Jesucristo:

Cuando Él afirmó «ama a tu prójimo como a ti mismo», en realidad, lo que parece estar haciendo es darnos un «medidor» muy específico para saber la medida apropiada con la que debemos amar a los demás.

El tema aquí es que no se trata de amar a los demás para amarme a mí mismo, sino que, como decía, amarnos adecuadamente tiene un impacto directo sobre los demás y esa es la medida que debemos tener siempre en el horizonte.

Lo más difícil del amor propio es aceptarnos, ¿cómo lo logramos?

Lo segundo puede ser, en mi opinión, lo más difícil de todo: amarnos a nosotros mismos empieza por aceptarnos tal como somos. Con lo bueno y con lo malo, no con el ánimo de resignarnos, sino todo lo contrario, para mejorar, pues, como sabemos, en eso consiste el amor, en querer siempre lo mejor para el amado que, en este caso, somos nosotros mismos.

La dificultad de aceptarnos tal como somos radica, sobre todo, en aquellas cosas que no nos gustan tanto de nosotros mismos. Para esto hay un antídoto que no falla nunca, pero lo dejaré para más adelante.

Por el momento, lo anterior remite a lo más obvio, que es conocernos a nosotros mismos, porque sin esto será aún más difícil el aceptarnos.

Quizás te sirva aquí algo que descubrí hace muchos años por gracia de Dios. Ver las cosas negativas que tenemos deja de resultar penoso y doloroso si sabemos verlo, no como una humillación, sino como una luz.

En efecto, si la meta es mejorar, porque en eso consiste amarnos bien, ¿cómo lo haríamos si no supiéramos en qué específicamente debemos trabajar?

Así se nos hace posible ver lo negativo como luz, porque con esto ya tenemos claro el mapa, o el camino por el cual dirigirnos hacia la mejor versión de nosotros mismos y, al final de ese camino, está nuestra felicidad.

El antídoto que no tiene falla

Ahora bien, sin duda, la máxima importancia que tiene el conocernos a nosotros mismos reside en que nos remite, si sabemos verlo, hacia Dios mismo. Ya los antiguos decían que el comienzo de la sabiduría era el conocernos a nosotros mismos, pero san Agustín descubre esta máxima importancia que señalamos ahora: «Entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la Verdad».

Esa verdad a la que el Obispo de Hipona hacía referencia es, como decíamos, Dios mismo. Al ser «descubierto» en nuestro interior, revela que nos ama tal cual y como somos, no a pesar de nuestros defectos, sino precisamente por ellos

El autor del libro Amor y Autoestima, Michel Esparza, lo expresa de una manera espectacular cuando afirma que esto fue lo que los santos, especialmente la Virgen María, supieron ver con claridad.

Ella, para citar el mejor ejemplo que Esparza da en su libro —que te recomiendo mucho—, atribuye todas las grandezas que Dios se dignó regalarle a su pequeñez: «porque ha mirado la humillación de su esclava».

María era la auténtica «pobre de Israel» que mencionaba el Antiguo Testamento. No porque no tuviera virtudes —que las tenía en grado máximo—, sino porque no se consideraba autosuficiente. Es decir, se reconocía creatura, pequeña y necesitada de Dios. En otras palabras, la Santísima Virgen María supo ver en su pequeñez una ventaja en relación con el amor de Dios.

Lo anterior nos revela el antídoto que te mencionaba antes. Es, precisamente, el amor de Dios: solo nos podemos amar adecuadamente si sabemos comprender el amor que Dios nos tiene.

No nos ama porque seamos grandes, inteligentes, exitosos… no. Nos ama porque somos débiles, pobres, indigentes necesitados de su Amor infinito. Y nos ama así porque, como un buen Padre que es, quiere darnos lo mejor, que es a su Hijo.

Nos lo dio entero en la Cruz de Cristo. Hoy, en este momento, nos lo quiere dar particularmente en nuestra vida para ayudarnos a cambiar de vida, a amarnos como Él nos ama y amar a los demás.

No como a nosotros mismos, sino como Él nos amó a nosotros.

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