¿No nos sentimos como peces en el agua cuando servimos a Dios? ¿Una sensación de regocijo cada vez que terminamos alguna tarea en donde aportamos en la construcción de Su Reino? Sentirse bien es muy importante a la hora de saber si estamos sirviendo donde Dios quiere. Sabemos que Él tiene una misión en particular para cada uno y por más pequeña o poco relevante que pueda parecer, desde allí se hace bastante, si lo hacemos bien. 

¿Hay manera de medir si mi trabajo es «suficiente» para Dios? ¿Será que si estamos 24/7 en la parroquia o nos dedicamos a actividades donde hay más contacto directo con la gente, sumo más puntos con Dios? Hay que partir de que en toda misión el objetivo final es el mismo: «Id y haced discípulos a todas las naciones» (Mt 28, 19) pero hay que tener en cuenta que el volumen de tiempo dedicado o el mayor contacto directo con la comunidad, no son garantía de que estemos haciendo más de lo que Dios nos encomienda.

Si por ejemplo Ana participa en todos los grupos juveniles posibles, pero descuida sus estudios, ¿estará haciendo lo que Dios quiere para ella? O si Diego deja de cenar en la mesa con su esposa e hijos por estar preparando la catequesis para adultos, ¿estará haciendo más para agradar a Dios? Estas cuestiones pueden ser discutibles para muchos, porque no existe un manual de instrucciones que nos indique qué es lo que Dios espera de cada uno. No obstante, hoy quiero compartir cuatro puntos que nos orientan para saber si le estamos dedicando el tiempo y esfuerzo que nos pide:

1. El servicio debe ser la base de mis obras

Durante el camino de fe, nos cruzamos con personas que siempre están allí; y «siempre» no significa necesariamente todos los días, en todas las misas o retiros, sino que nunca dejan de estar. ¿Acaso no conocemos a personas así, que de hecho admiramos? De igual forma nos cruzamos también con otras que son como personajes invitados a un show de televisión: hacen, colocan, suben, bajan… parecen ser la promesa de un compromiso eterno. Sin embargo, de un momento a otro ¡desaparecen!

Las razones por las que se marchan pueden ser muchas: situaciones en su vida cotidiana que se salen de las manos, metas opuestas, disgustos con otros, etc. Cosas que al final provocan en ellos decepción, indiferencia e incluso enojo con Dios. Para evitar esto, es primordial tener arraigado a Cristo en el corazón. Si no lo tenemos a Él como principio de nuestras obras, estamos propensos a no entender la bendición de servir y, por consiguiente, dejar a un lado todo lo que hemos hecho.

Mientras que, aferrándonos a Él, seremos guiados por su palabra en todo momento, en cualquier circunstancia y en cualquier etapa de la vida. Podrían pasar muchas cosas que nos impidan servir por un tiempo, pero al final regresaríamos con entusiasmo por ese amor bien cimentado. «Una vida de fe y obras consiste en hacer la Voluntad de Dios (Mt 8, 21) y construir nuestra casa sobre roca» (Mt 8, 24-25).

2. Todo a su tiempo, sin apuros pero bien hecho

Hoy, que todo lo queremos de inmediato, cuesta mucho esperar. Queremos ver árboles en semillas que apenas estamos sembrando, milagros inmediatos entre un prójimo al que apenas estamos conociendo. Creyendo esto, al realizar nuestras obras no nos detenemos a pensar si eso es lo que Dios quiere verdaderamente. Él no desea vernos agotados o descuidando otros aspectos de nuestra vida como el familiar o el profesional por ir a las carreras sirviendo sin propósito. 

Para esos afanes propios del mundo, Dios nos recuerda en Ecl 3, 1-8 que todo tiene su momento. Habrá veces en que será necesario poner una pausa entre tantas cosas que hacemos, pues para Dios también vale más calidad, que cantidad.

3. Mi plan no es el mismo plan de Dios

Jesús realizó muchos milagros. Lo correcto, diríamos nosotros, sería que cada persona sanada se apresurara a  dar testimonio a todos del suceso, sin embargo, en su Evangelio vemos el caso de un paralítico a quien Jesús puso en pie y le mandó ir a casa (Mt 9, 1-7): ¿Lo enviaría a su hogar para tomar reposo? ¡No, lo hizo porque la misión del paralítico se encontraba allí, en su casa!

Nuestros pensamientos o planes no son los mismos de Dios, por eso es primordial saberlo escuchar. No porque creamos que algo es lo correcto de acuerdo a nuestras necesidades inmediatas, significa que sea lo correcto a los ojos de Dios. Suena complicado y entonces ¿Cómo saber si lo estamos haciendo bien? Pedirle a Dios en oración discernimiento para saber desde dónde podemos servirle, es la clave de todo. El Papa Francisco ha hablado de ello: «Ne­ce­si­ta­mos “leer des­de den­tro” lo que el Se­ñor nos pide, para vi­vir en el amor y ser continuadores de esta, su mi­sión. Discernir también sig­ni­fi­ca hu­mil­dad y obe­dien­cia. Hu­mil­dad res­pec­to a los pro­pios pro­yec­tos y obe­dien­cia res­pec­to al Evan­ge­lio, cri­te­rio úl­ti­mo».

4. Hay espacio para todos dentro de la Iglesia

Siendo conformada por hombres y mujeres, la Iglesia desde sus inicios ha presenciado la soberbia del que más hace y su constante búsqueda de aplausos. No basta con que usemos los dones que Dios nos ha dado, hay que saber usarlos correctamente, usarlos para bien. ¿Cuántas puertas no le han cerrado algunos «sabelotodo» a otros que comienzan su camino en el apostolado? Esto sucede cuando se teme perder el protagonismo, pero justo aquí es donde debemos recordar que dentro de la Iglesia hay espacio para todos. Lo que muchas veces sucede es que el ego de algunos puede opacar la misión o la voluntad de otros.

Por tanto, tenemos que verificar constantemente que nuestras actitudes no se conviertan en barrera para otros que también quieren servirle a Dios. Pablo nos recuerda en Rom 12, 16: «Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben».

Revisemos estos cuatro puntos en introspección y en oración, y de ser necesario, esforcémonos por cambiar actitudes de tal forma que continuemos sirviendo siempre desde la obediencia. 

Artículo elaborado por Alberto Acosta.