Pocas horas antes de la ceremonia de mi Ordenación Sacerdotal el entonces Prelado del Opus Dei nos recordó a los diáconos que estábamos preparándonos, que íbamos a ser curas sobre todo para acercar almas a Jesús a través de los Sacramentos.

Que ese era el don más grande que Dios había dado a la humanidad, hacerle presente en el mundo por medio de la realidad sensible de la Eucaristía y por su misericordia en la confesión. 

Ahora que se abre en muchos sitios la posibilidad de volver paulatinamente a los sacramentos, me parece fundamental reflexionar sobre su importancia.

Aunque todavía haya miedo de contagio y se deban extremar las formas de protección, es crucial hablar de la necesidad de la gracia.

Volver a tocar a Cristo

La necesidad de volver a las Iglesias

Todos recordamos el milagro sobre una mujer que sufría flujos de sangre que se abre paso entre la multitud para tocar el borde del manto de Jesús.

Ella estaba convencida de que Jesús era el único que podía liberarla de su enfermedad. Cuando la mujer tocó el manto, el Maestro se volvió hacia ella y la miró con ternura y misericordia.

Fue un encuentro personal y de acogida, en el que elogió su fe sólida, capaz de superar cualquier obstáculo y adversidad para llegar a Él.

La tímida audacia de la hemorroísa debe servirnos para «tocar» a Jesús. Su timidez nos puede ayudar a no perder el respeto al santo de los santos. Su audacia para acercarnos más frecuentemente a los sacramentos.

La fe une timidez y audacia y se manifiesta consiguiendo lo que desea ardientemente. No olvidemos que Jesús está esperando que le toquemos en los sacramentos con audacia y respeto.

Creo que es patente que necesitamos volver a tocar al Señor con la fe de aquella mujer en todos los sacramentos, y superar las posibles dificultades para hacer posible ese encuentro.

Alegra comprobar cómo la hemorroísa cuenta a todos su curación. Nosotros podremos proclamar la alegría de los dones que se nos dan a través de la recepción, con fe viva, de la Eucaristía y de la confesión.

Necesidad para caminar

La necesidad de volver a las Iglesias

Pocos días atrás el Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos escribió una carta llamada ¡Volvamos con alegría a la Eucaristía! dirigida a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo.

El documento remarca la urgencia de volver a la normalidad de la vida cristiana con la presencia física en la misa, donde las circunstancias lo permitan. 

Aunque la carta está escrita con mucha delicadeza, revela su intención de establecer algunos principios y líneas de acción para promover un rápido y seguro retorno a la celebración de la Eucaristía. Anima a que se cuide muy bien la liturgia y no se de cabida a «improvisados experimentos rituales».

También queda claro en la carta que aunque los medios de comunicación realizan un valioso servicio a los enfermos y a los que no pueden ir a la iglesia, y han prestado un gran servicio en la transmisión de la santa misa en un momento en que no era posible celebrar comunitariamente, ninguna transmisión es equiparable a la participación personal o puede sustituirla.

Por el contrario, estas transmisiones, solas, hacen que se corra el riesgo de alejarnos del encuentro personal e íntimo con el Dios encarnado que se nos ha entregado no de forma virtual, sino real, diciendo: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él».

Todos los cristianos necesitamos de la Eucaristía y la confesión para ser coherentes con nuestra fe. La gracia santificante, que nos viene por los sacramentos, es esencial para que sea posible el camino de la santidad.

La periodicidad oportuna en la recepción de los sacramentos mueve al alma en la dirección correcta. No es lo mismo ir de vez en cuando que hacerlo con regularidad.

Mejorar nuestras disposiciones en la recepción de los sacramentos es vivir aquella expresión tan bonita de la liturgia: «sancta sancte tranctanda», las cosas santas deben ser tratadas santamente. Es lógico que tengamos hambre de acercarnos al altar. 

Obediencia inteligente

Hace poco pasé un mal rato, recibí una multa de tránsito. Un policía se me acercó al vehículo y me dijo que estaba infringiendo la ley porque no estaba usando la mascarilla.

En efecto, estaba solo y no me había puesto la mascarilla, pues pensaba para mis adentros: «es ridículo hacerlo si estoy solo». Sin embargo, es claro que en la ciudad en la que vivo es lo que la autoridad ha definido. Me guste o no.

Si cada uno actúa en cosas sensibles según lo que opina, llegaremos al caos social. Unos usarán la mascarilla cuando están fuera de casa, otros solo en centros comerciales y los más extremos no la usarían nunca.

Hay que seguir las indicaciones de los que hacen cabeza. Eso es lo más prudente y lo más cristiano. En mi oración de la tarde, con la multa en mano, pensé en las implicaciones de la obediencia.

La obediencia es fundamental para el correcto funcionamiento de la sociedad. Pero también lo es en la vida cristiana, de hecho Jesús nos salva por su obediencia: obediente hasta la muerte, y ¡muerte de cruz!

Un principio seguro para no cometer errores es la obediencia, nos aconseja el Card. Sarah, y continúa: «Obediencia a las normas de la Iglesia, obediencia a los obispos. En tiempos de dificultad (por ejemplo, pensemos en las guerras, en las pandemias) los Obispos y las Conferencias Episcopales pueden dar reglamentos provisionales a los que hay que obedecer». 

San Francisco de Sales nos dice sobre la virtud de la obediencia: «Todo es seguro dentro de la obediencia y todo se vuelve sospechoso fuera de ella. Cuando Dios concede sus inspiraciones a un alma, la primera es la de la obediencia».

Si quieres profundizar en esta virtud, te recomiendo este audio en el que te que hablo más sobre este tema tan necesario en nuestros días. 

Con la seguridad del caso

La necesidad de volver a las Iglesias

No solo la autoridad nos anima a volver a los sacramentos, sino la misma experiencia de estos últimos meses. Un reciente artículo publicado en RealClearScience dice que después de miles de misas en estas últimas semanas en los Estados Unidos, se ha confirmado que el lavado de manos, el distanciamiento social y el uso de mascarilla son muy útiles para prevenir la propagación del COVID-19.

Han pasado varios meses sin regularidad en los sacramentos y eso puede haber enfriado a muchos, tal vez sin darse cuenta. Con la debida prudencia hay que hacer lo necesario. Hay que cuidar especialmente a las personas de alto riesgo (edad, preexistencias, o algún tipo de condición especial).

Pero si ya salimos al supermercado o al trabajo sería muy agradable a Dios que también, como la hemorroísa, nos acerquemos a tocar su manto en los sacramentos para robarle la gracia y quedar sanos

«No podemos vivir, ser cristianos, realizar plenamente nuestra humanidad y sus deseos de bien y de felicidad que habitan en el corazón sin la Palabra de Señor, que en la celebración toma cuerpo y se convierte en palabra viva, pronunciada por Dios para quien hoy abre su corazón a la escucha» (Cardenal Sarah).

El papa Francisco constantemente pide oraciones por su persona. Me parece que es lo más lógico: rezar por los que hacen cabeza. Así seguimos el consejo de san Pablo: «Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia».

Los obispos tienen la responsabilidad muy grande de hacer que el pueblo fiel regrese a los sacramentos con seguridad, vamos a rezar por todos ellos. 

Que cada uno valore, siguiendo las instrucciones de sus obispos, lo que más le convenga a su alma. ¡Ánimo! 💪