Lectura del Evangelio según san Juan 14,15-21

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”».

[dropcap]E[/dropcap]l mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive con ustedes y está con ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy con mi Padre, y ustedes conmigo y yo con ustedes. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».


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Seguir el mandato de otro implica, de una u otra forma, cierta forma de obediencia. Ésta no es algo muy popular en estos días. Tal vez mucho de nosotros pensamos, explícita o implícitamente, que obedecer a otro de alguna manera restringe nuestra libertad, limita nuestras posibilidades. Y, sin embargo, todos vivimos bajo alguna forma de obediencia. Algunos la asumen explícitamente como parte de su forma de vida, como por ejemplo los militares, los religiosos, los policías. Otros la viven en ciertos ámbitos de su vida profesional: el jefe “manda” sobre los subalternos y estos siguen sus indicaciones. A otro nivel, se vive en la familia: los hijos obedecen a los padres. Todos estamos llamados a obedecer ciertas normas de convivencia en beneficio del bien común. Se podrían poner más ejemplos, pero con los mencionados nos hacemos una idea. A fin de cuentas, tal vez la obediencia no es algo tan malo y, de alguna forma, está vinculada a nuestro bien.

En el Evangelio de este Domingo el Señor Jesús nos ilumina muchísimo sobre este punto. «Si ustedes me aman —dice— guardarán mis mandamientos». ¿Por qué relaciona Jesús la obediencia con el amor? ¿Qué nos quiere decir?

Notemos en primer lugar que el Señor hace una vinculación con algo que es esencial a nuestra vida: el amor. Seguir sus mandamientos —ser obedientes— parecería ser, en las palabras de Jesús, una consecuencia del amor que le tenemos.


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Todo esto debemos entenderlo en el marco de lo que significa una relación personal. Nuestra vinculación con Cristo —y en Él con el Padre en el Espíritu Santo— no es con “algo”, ni con un conjunto de normas ni con un sistema de ideas. Es, ante todo, una relación personal, con “alguien”. De ahí la centralidad del amor que nuestro Maestro nos ha revelado en el Evangelio. De allí brota todo lo demás. Cuando el amor es lo fundamental (en el sentido de fundamento) todo lo que se construye encima es sólido.

Comprendiendo esto así, la obediencia a los mandamientos de Dios es algo que brota de esa relación de amor, caracterizada por la confianza y cimentada en la fe. Como cristianos, experimentamos que Dios siempre nos ama primero. Y nos ama tanto que envió a su Hijo Único al mundo y lo entregó para reconciliarnos del pecado (ver Jn 3,16). El amor con el que Dios nos sorprende se expresa en sus mandamientos. Estos no son otra cosa que una manifestación de ese amor que nos señalan el sendero, nos orientan en la confusión, nos previenen de los peligros. Obedecerlos, pues, es lo más sensato que podemos hacer y lejos de “limitarnos” o “reprimirnos” nos ayudan a ser mejores personas, a amar de verdad, como Él nos ha amado. El Papa Benedicto XVI nos ofrece, en este sentido, una meditación que conviene reflexionar:

«Si confiamos en Cristo no perdemos nada, sino que lo ganamos todo. En sus manos nuestra vida adquiere su verdadero sentido. El amor a Cristo lo debemos expresar con la voluntad de sintonizar nuestra vida con los pensamientos y los sentimientos de su Corazón. Esto se logra mediante la unión interior, basada en la gracia de los sacramentos, reforzada con la oración continua, la alabanza, la acción de gracias y la penitencia. No puede faltar una atenta escucha de las inspiraciones que Él suscita a través de su palabra, a través de las personas con las que nos encontramos, a través de las situaciones de la vida diaria. Amarlo significa permanecer en diálogo con Él, para conocer su voluntad y realizarla diligentemente».

La obediencia y el amor sí pueden ir juntos. Es más, en lo que se refiere a nuestra relación con Jesús, parecerían implicarse mutuamente: si lo amamos, lo obedeceremos; si lo obedecemos, lo amaremos. Eso es lo que Jesús nos invita a vivir porque quiere el mayor bien para nosotros. La obediencia, así entendida, es camino de libertad y de realización. Es mas, la vivencia de esta virtud nos configura con Jesús mismo quien fue «obediente hasta la muerte» (ver Flp 2,8) y en todo buscó siempre cumplir con los mandatos de su Padre (ver Jn 4,34). Para Cristo amar es obedecer al Padre; y obedecerlo es amarlo. Hagamos como Él y participaremos del misterio del amor divino: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y Yo también lo amaré» (Jn 14,21). ¡¿Y quién no quiere experimentarse amado por Jesús?!