Cuando estoy esperando que llegue el metro me quedo pensando muchas cosas, pero me di cuenta que sobre todo me quedo en «mis hubieras»: «No hubiera salido con Pepito, ¿cómo no me di cuenta que era un controlador? Si tan sólo hubiera tenido mejor autoestima… Pero era amiga de Juanita y ella no me previó, ¿por qué no me junté más con Lucha que era cristiana? Pero en ese tiempo mis papás tenían problemas, porque así mis abuelos también la pasaron… ¿por qué no viví con mis primos?». Y de pronto llega y me doy cuenta que pasé 10 minutos pensando en un tipo que ya no está, en una amiga en la que hace ocho años no hablo y en mi familia hace cinco años. ¿Y cuándo le doy tiempo a «mis ahoras»?

Creo que vivimos en una especie de fanatismo por «lo pasado», desde las canciones que escuchamos hasta las charlas de nuestros mayores y los discursos de los intelectuales nos hacen sentir que repasar el pasado es de sabios y poetas… pero tan hipnotizados vivimos de los recuerdos que no le dedicamos tiempo a nuestro presente.



Es bueno tener memoria de nuestra historia

Saber de dónde venimos y por qué somos así, quiénes somos, esta bien ¡Pero perdemos mucho tiempo en eso! Y no solo tiempo: energía para vivir el presente y esperanza para vivir el futuro. Creo que todos miramos al pasado y odiamos haber dicho algo hiriente, haber salido con tal persona, habernos amado tan poco a nosotros mismos. Haber caído en tal vicio/pecado o habernos perdido de tal etapa, pero nuestra fe se trata también de resurrección y podemos ser apóstoles de culpa como Judas o de misericordia como Pedro.

Pedro no negó que — valga la redundancia — negó a Jesús, ni fue indiferente a ello, pero aceptó su amor y esa fue la diferencia. A veces no es tanto que Dios no nos perdone ¡es que nosotros no nos perdonamos! «Jesús le dijo: «gueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vé a anunciar el Reino de Dios.» Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero antes déjame despedirme de mi familia.» (Lc.9,60).



El camino hacia la salvación está hecho, es Jesús, pero nos perdemos en mirarnos demasiado en el pasado. Volvemos a él y vivimos en él más que en Dios: quien nos da el hoy, Dios el «yo soy el que soy» nos dice en su nombre que vive hoy, en presente. Muy poco aprovechamos la vida nueva que cada día nos regala pensando en qué hubiéramos hecho mejor, los días se nos pasan por encima y en unos años nos arrepentiremos de no haber vivido estos momentos:

1. Compartir nuestro pasado con Jesús

Jesús nos enseña a orar porque la vida a veces nos sobrepasa y optamos por cosas que no eran lo mejor, pero ¿quién nos enseña de misericordia? Él nos enseña a perdonar a quienes nos ofenden, a nuestros enemigos… ¿no seremos a veces nosotros nuestro enemigo? Mirar con Jesús nuestro pasado es aceptarlo con misericordia, sin culpas y con paz. El yugo de Jesús no es pesado.

2. Ser humildes, aceptar que no somos ángeles

El arrepentimiento y la culpa no son lo mismo. El arrepentimiento sincero nos lleva a preguntarle a Dios «¿Oye, y ahora cómo le hacemos?» para sanarlo. La culpa es un arrepentimiento que desalienta porque en el fondo esperábamos ser perfectos.

Escribe San Francisco de Sales: «¿Debemos «inquietarnos, turbarnos, agitarnos, afligirnos» por esta radical impotencia nuestra para servir a Dios perfectamente? Sería un error «querer ser ángeles», puesto que la perfección a realizar debe ser propiamente humana, que nunca se logra sin tropiezos y sin sacar provecho de nuestros propios fallos, para que nos ayuden a santificarnos».” (Hacia las fuentes de la alegría).

3Vivir más el presente, en el cual realmente vivimos

Nuestro presente es el verdadero presente/regalo de Dios, creador de cada día. Se ha puesto de moda sanar por medio del «mindfullness» por su práctica de: estar aquí y ahora, y así continúa el santo de Sales: «Muchas veces nos entretenemos en ser ángeles buenos, y, mientras tanto, dejamos de ser buenos hombres y buenas mujeres. Nuestras imperfecciones nos acompañarán hasta el sepulcro.

No nos es posible caminar sin pisar tierra; no hay que echarse en ella ni revolcarse, pero tampoco debemos soñar con volar porque todavía somos pollitos que aún no tienen alas. Vamos muriendo poco a poco, y lo mismo deben ir muriendo nuestras imperfecciones de día en día».

4. Orar

Alguna vez leí que pensar mucho en lo que tememos es como rezar por lo que no queremos que pase. Orar es una forma de dejar el ídolo de la perfección y el vicio de la culpa y volver a Dios que nos regala su paz. Justo esta Cuaresma, pensando en mi hermano, recordé que cuando niños solía molestarlo muchísimo, me dolió tanto que me nació pedir por él para poder sanar esas heridas que quizá — y seguramente — provoqué. Seguir caminando también nos llama al compromiso de no volver a dejarnos llevar por las dinámicas de muerte: ¡pero no podemos solos! Pedirle a Dios su gracia para convertirnos de corazón y sanar esas heridas.

«Mi pasado, Señor, lo confío a tu misericordia, mi presente a tu amor, mi futuro a tu providencia» (Padre Pío). «Sin culpa en el pasado, sin miedo en la muerte: ese es el poder de Cristo en mí» canta Owl City, ¡cuán cierto! Cuando vivimos de la mano de Jesús ni la culpa ni el miedo nos paralizan, es su amistad la que nos mueve a seguir.

Artículo elaborado por Sandra Real.