Hay que decirlo con claridad: rezar no es tan fácil. Bueno, comenzar con momentos de oración no es tan complicado. Lo difícil es ser constante, y luchar para mantener esos espacios para que sean realmente tiempo de conexión con Dios.

La vida espiritual implica ser perseverantes en el camino y, pese a nuestras faltas, nunca desalentarnos. Lo que más agrada a Dios de nuestros ratos de oración es la buena voluntad de acompañarlo, nuestra simple presencia y compañía. Como la de un niño pequeño con sus padres cuando notan el esfuerzo concreto por estar con ellos.

Los santos son los primeros que nos recomiendan ver virtuosos para tener vida de oración. San Josemaría decía que los cristianos, pasmados por la divinidad de Cristo, le olvidan como Hombre y fracasan en adquirir virtudes humanas. Santo Tomás recalca que para la contemplación se necesitan de las virtudes morales, para poder profundizar en la oración. Mientras que Santa Teresa, afirmaba que «creer que Dios admite a su amistad estrecha, a gente regalada y sin trabajos, es un disparate». 

La oración nos ayuda a llegar al cielo, es un camino de santidad (puedes rezar sobre esto con esta meditación). Y, para hacer oración mental, son necesarias las virtudes. A la vez, la oración nos hace virtuosos. Es un círculo positivo que se debe mantener a toda costa, ya que por indolencia se puede romper por cualquiera de los dos lados.

En este artículo vamos a intentar buscar algunas formas de lograr esta relación entre virtudes y oración, buceando en la Biblia y el sentido común.

¿Cómo seguir a Jesús adónde Él vaya?

virtudes y oración

Un episodio de la vida del Señor nos enseña que debemos estar preparados para seguir al Señor con perseverancia. Se trata de un fariseo que, impresionado por las palabras y signos de Cristo, lanza esa valiente ofrecimiento: «Señor, te seguiré a donde quiera que vayas» (Mt 8, 19).

La respuesta de Jesús no quiere que este hombre se lleve a engaño y le pone al tanto del esfuerzo que deberá realizar para cumplir su palabra: Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Seguir a Cristo implica incomodidad, luchar contra la desilusión y, muchas veces, vencer la pereza o el cansancio.

Entre las virtudes, la fortaleza es fundamental para la oración, nos permite seguir a Jesús sin depender de las condiciones cambiantes de nuestra vida y de nuestro entorno. No querer conformarse con menos que con la felicidad del Cielo puede sostener el necesario combate cotidiano que permite seguir a Jesús «adonde quiera que vaya». 

Eso es la fortaleza. Un corazón fuerte, que no pierde de vista el fin, como sugiere san Josemaría: luchar, por Amor, hasta el último instante.

Sensatez y templanza: dos virtudes indispensables

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«Sean sensatos y sobrios para darse a la oración» (1 P 4, 7). La sensatez depende directamente de la prudencia, que es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. Dice la Sagrada Escritura en Proverbios: «El hombre cauto medita sus pasos» (Pr 14, 15). 

Para ser sobrios hay que vivir la templanza, que es poder gozar más, nunca menos, de las cosas espirituales y de las cosas materiales. Una relación libre con el mundo, excluye la búsqueda ansiosa de placer o de autoafirmación, lleva a percibir la verdad de las cosas y de las personas; nos permite descubrir la belleza, también en lo más delicado y discreto.

Solo con esta actitud serena seremos suficientemente valientes para superar la inquietud ante el aparente silencio y soledad de la oración. Ningún recurso que empleemos al orar sustituye al impulso genuino de tratar a Dios de «tú a tú», la decisión libre y discreta de decirle un «te quiero» insustituible, que nadie más puede decir en nuestro lugar. 

El secreto para ver a Dios

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«Bienaventurados los de corazón limpio, pues ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). Jesús se refirió a aquellas personas de emociones, intenciones y pensamientos puros y sinceros, que actúan con integridad y sinceridad en concordancia a cómo piensan o sienten. Un corazón limpio es sinónimo de la honestidad que se expresa queriendo vivir en la gracia de Dios, sin ofenderlo y conservando una conducta que sea buena en intención y acción.

Únicamente percibe la belleza del mundo quien lo contempla con mirada limpia. El hombre templado llega más hondo, hacia la verdad de las cosas: el mundo le habla de Dios. Ser constante en la oración es exclusivamente asequible al que se esfuerza por tener un corazón casto. 

La templanza ayuda a encauzar nuestra oración, pues el acto de orar no implica someter a Dios a nuestros deseos ni pretender que Dios cambie de opinión. El propósito de nuestra oración no es cambiar el plan de Dios; es obtener lo que Él ha decidido darnos, a través de esta oración.

Podemos ver a Dios si tenemos los ojos del alma bien abiertos. En definitiva, vivir la templanza, impulsados por el Espíritu Santo, nos permite verlo (y vivirlo) con una intensidad maravillosa.

A menudo, cuando oramos, nos parecemos a un hombre en un bote. Su oración es como el amarre. Es el hombre en el bote el que se mueve, no la roca. Por eso nuestra oración no cambia a Dios, nos transforma a nosotros mismos. Nos acerca a Dios, como el hombre de la barca, que se acerca a la roca tirando de la cuerda. Somos nosotros, quienes somos cambiados por nuestras plegarias.

Por último: perseverar, perseverar…

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«Sean perseverantes en la oración» (Rom 12,12). Por supuesto, la oración ha sido difícil en todas las épocas. Cada generación lucha con el orgullo, la pereza, la ira y la malicia. Aun así, tenemos mucho que aprender y volver a aprender de la tradición. 

En todos los tiempos los santos nos han recomendado ser perseverantes en la oración. Nos dice el apóstol en su carta a los romanos: alégrense en la esperanza, sean pacientes en el sufrimiento, perseverantes en la oración (Rom 12,12)

En nuestra oración, debemos pedir con frecuencia y fervor el aumento de virtudes, como la humildad, la misericordia, la paciencia, la bondad, la fortaleza o la prudencia. 

A lo largo de los años he descubierto que Dios parece tener un gozo especial en responder a las peticiones de un aumento en esta o aquella virtud, no infundiendo esa virtud en nosotros para que su ejercicio se haga sin esfuerzo, sino asaltándonos con circunstancias que llaman a esa virtud.

Siguiendo el consejo del mismo Jesucristo a los apóstoles, debemos estar alerta y orar para no caer en tentación. Ya que el espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil (Mt 26:41), la mejor forma de corresponder será sembrando estas virtudes.

 

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