La fortaleza es esa virtud que nos llama a tener valor, a ser valientes. Tal vez cuando escuchamos la palabra fortaleza lo primero que se nos venga a la mente es un hombre grande fuerte, un luchador que no le teme a nada y es capaz de enfrentarlo todo. Y puede que sí, parte de la fortaleza podría significar eso, porque si miramos un poco alrededor, la mayoría no estamos ni medianamente cerca a esa imagen.

La fortaleza implica decisión, conocimiento y confianza. Según santo Tomás de Aquino la fortaleza está en los hombres que están dispuestos a afrontar el peligro y las adversidades por una causa justa. Y qué hombre más valiente y fuerte que el mismo Jesucristo, que afrontó todos los peligros y adversidades por la salvación de la humanidad. Pero en nuestra vida también es  importante reconocer que nuestra fuerza viene de Dios.


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A imagen de Jesús, que vino al mundo tan pequeñito como un recién nacido, nosotros también tenemos la ocasión de ir creciendo y creciendo en fortaleza. Acá te dejamos 7 maneras de hacerlo:

1. Tener valor no quiere decir ser temerario

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La fortaleza implica afrontar y sobrepasar el peligro, así como situaciones de adversidad y esto es muy diferente a buscar situaciones que pongan en riesgo la vida propia y ajena por el simple hecho de ser arriesgados. Ser valiente requiere de un discernimiento que busca el bien. Implica resistencia, paciencia, humildad y a la vez acción. El tener fortaleza no es simplemente ser físicamente fuerte o buscar el peligro porque sí. Ser fuerte significa resistir la dureza de muchas situaciones cotidianas y esforzarse para conseguir aquello que es mejor.

2. Aprende a decir que “no” y aprende a decir que “sí”

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Muchas veces por la presión social y querer quedar bien con todo el  mundo “acondicionamos” nuestras respuestas. No pocas veces nos encontramos haciendo cosas que van en contra de lo que nuestra conciencia nos dice o no manifestándonos con claridad frente a posiciones que van en contra de lo que creemos. A veces ni siquiera hacemos lo uno o lo otro y simplemente nos quedamos en silencio, por temor. Es importante que vayamos conquistando ese valor que nos ayude a salir de la tibieza y manifestarnos con la verdad. Aprender a hacerle caso a nuestra recta conciencia y no a la sociedad.


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3. Ten el valor de expresar tu opinión fundamentada

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Relacionado con el punto anterior, cuántas veces callamos por evitarnos el mal rato, por no “gastarnos”, y claro hay que ser prudentes (de la prudencia hablaremos la siguiente semana). Escogemos las batallas, pero hay situaciones que ameritan que ser discutidas con altura y fundamento. Hoy en día hay conceptos que confunden mucho y es necesario que nos formemos y sobrepasemos ese miedo al rechazo y a ser discriminados por nuestra posición. No nos olvidemos que hay mucha gente que sostiene opiniones o posturas porque no sabe, porque no conoce las razones que por lo menos le permitan afirmar o rechazar su posición en libertad. No tengas miedo a decir que eres católico cuando te lo pregunten.

4. Anímate a participar en una causa justa

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Y, ¿cómo se relaciona esto con la fortaleza? Ayudar en un asilo de ancianos, ir a contar cuentos en un hogar de niños, llevar comida a los necesitados nos pone frente a situaciones muy difíciles (muchas de ellas incluso inimaginables): ver de cerca la miseria y el abandono a los que puede llegar el ser humano. Estos momentos nos hacen crecer en fortaleza y confianza en Dios, nos ayudan a aprender a sobrellevar situaciones difíciles por conseguir el bien de los demás. Así que, animémonos a hacer alguna ayuda solidaria que nos permita conocer otras realidades. No solo estaremos ayudando sino también aprendiendo a valorar nuestras vidas y creciendo en fortaleza.

5. Empieza haciendo pequeñas renuncias

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Esperar un poco más, dejar de comer algo que te gusta, ordenarle la cama al hermano, contarle un cuento más a tu hijo antes de dormir. Estas son pequeñas acciones del día a día que aunque puedan parecer insignificantes empiezan a preparar el terreno para conquistar renuncias mayores. Si no empezamos por lo pequeño, lo mayor nos será aún más difícil. Lo cotidiano constituye la escuela de virtudes por excelencia. Podríamos entrar al ejército, entrenarnos con los escuadrones de soldados más valerosos y aun así no ser fuertes. La resistencia viene desde nuestro interior de lo que seamos capaces de soportar o sobrepasar cuando el fin es noble.

6. Enseña a tus hijos a hablar con la verdad

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La verdad requiere valor. Miremos a nuestros niños cuando hacen una travesura, causa ternura, pero también es importante que reforcemos esa conducta: que a pesar del miedo o de la vergüenza digan la verdad. Así cuando sean grandes estarán acostumbrados a esta manera de actuar. Miremos cómo nosotros, los adultos, no pocas veces antes de decir la verdad o de asumir alguna responsabilidad nos llenamos de excusas que colindan con la mentira. Es tan frecuente que hasta se ha vuelto una actitud socialmente aceptada. Ayudemos a que nuestros hijos no crezcan con estas costumbres y así también nosotros aprendamos a decir la verdad siempre. No hay mejor enseñanza que el ejemplo.

7. Y lo más importante… ¡pídele a Dios que te ayude a ser fuerte!

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Quién más valiente que el mismo Jesús, que tuvo que sobrepasar todos los peligros. Siendo tan pequeño tuvo que huir con sus padres a Egipto, se quedó solo en el Tempo para hablar de la verdad. Sufrió las injusticias más grandes y pasó por las situaciones más dolorosas hasta el punto de morir clavado en una Cruz. Todo por el bien de la humanidad. Quién mejor que Él como modelo de fortaleza. Pidámosle siempre con insistencia que nos ayude a crecer en fortaleza y a cargar nuestra cruz.


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