Virgen de los Dolores

Hay dolores sin etiquetas. Heridas que no se ven, pero sangran. Algún peso en el pecho que no se mide, pero que agota. Justo ahí, cuando se desdibuja la esperanza y el alma parece caminar sola… recordamos que alguien ha experimentado un dolor sin nombre y, en lugar de desesperar, hizo más hondo y cierto su amor. Hoy, la Iglesia recuerda a la Virgen de los Dolores, la Madre que nos enseña cómo debe ser nuestra reacción ante el sufrimiento.

Un canto a la Virgen de los Dolores

Entre los cantos más conmovedores que encontramos en la Iglesia, se encuentra el «Stabat Mater Dolorosa». Recientemente, la fundación Canto Católico presentó una versión en español de la secuencia «Stabat Mater Dolorosa» (también conocida como «Estaba la Madre Dolorosa»).

Esta adaptación nos invita a entrar en el misterio y en oración ante el Crucificado. Junto a María, no solo contemplamos el dolor; aprendemos a amar desde él.

María, maestra y consuelo de los afligidos

No se trata de mirar desde afuera. El canto nos invita a entrar en escena, a ponernos también al pie de la Cruz; en ese lugar en el que la tierra tiembla, el cielo se oscurece y donde es mejor no decir nada.

No es una escena de otro tiempo. María no solo estuvo; María está, con una presencia actual, real, tangible. Y, en su estar, enseña. Sufre, pero no se desarma. Llora, pero no se descompone. Acompaña, y ese acompañar sostiene.

Quien contempla a María al pie de su Hijo muriendo, aprende que el dolor no se salta, se atraviesa. Descubre que, paradójicamente, la única forma de no endurecer el corazón cuando duele es quedarse. Como Juan. Como Ella.

Como tantos que hoy también están de pie junto a una cruz cotidiana, silenciosa, escondida, uniendo su dolor al de Cristo y, así, santificándolo, santificándose.

Ojo: quedarse al pie de la Cruz no es resignación… es aceptación. Quien descubre la diferencia entre ambas reacciones encuentra un sentido y una profundidad nueva en su forma de vivir la fe. Encuentra el secreto para madurar en el amor y en la entrega generosa.

Pidamos a la Virgen de los Dolores, a quien clamamos también como consuelo de los afligidos, que ante las contradicciones y sufrimientos que se nos presenten nos enseñe cómo mirar a Jesús sin bajar la mirada, aunque tengamos los ojos rojos y rebosantes de pena.

En nuestros dolores, dejar que la Virgen nos acompañe

Alguna vez habrás experimentado que la compañía de buenos amigos no hace que el dolor duela menos, pero aun así es un alivio del que no querríamos prescindir.

Acompañando a María en su dolor, descubrimos que Ella también acompaña los nuestros. No hay pérdida, frustración o herida que la Virgen no comprenda. Una espada atravesó su alma. No como una metáfora piadosa, sino como un dolor punzante y verdadero.

Refugiémonos en Ella. Creo que, la mayoría de las veces, encontraremos paz y serenidad no porque nos ayude a resolver lo que nos duele (aunque, a veces, también lo haga), sino, simple y especialmente, por estar donde duele.

No dejemos solo a Jesús

Nos acercamos a la Semana Santa. Veremos a Jesús abandonado por sus amigos. El espanto, el aparente fracaso, Dios hecho un guiñapo de carne, «ante quien se vuelve el rostro»… y una Madre que no se escandaliza.

Ella tampoco se escandalizará de nuestras ganas de huir del dolor, de lo que no comprendemos. No tengamos miedo de hablarle de lo que querríamos evitar y pedirle que interceda para que encontremos la gracia de permanecer. La gracia de a mirar a Cristo en la Cruz sin correr, sin distraernos, sin disimular.

Así, nuestro corazón inquieto «arderá en devoción hacia nuestro Señor», partiendo de la sencilla y radical decisión de nunca dejarle.

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