«¡No te comportes como un niño!», «¡Ya madura!», «¿Cuántas veces te he dicho que no hagas eso?» A un joven adolescente, cuando sus padres le hacen una corrección como esa, se molestan, puesto que, comprensiblemente, no quieren ser comparados con un niño. Ya son mayores.

Pero al ver este video, tengo que confesar, que lo primero que se me vino a la mente fue: «Cómo me gustaría ser tan libre y desinhibido como estos niños». Están delante de un auditorio lleno de padres, y no se hacen el mínimo problema de «salirse de sus papeles» y ponerse a pelear delante de todos. Luego, recordé una cita muy hermosa de Jesús: «Verdaderamente les digo: A menos que ustedes se vuelvan y lleguen a ser como niñitos, de ninguna manera entrarán en el reino de los cielos» (Mateo 18, 3). ¿Qué quiso decir Jesús? ¿Qué cualidades propias de los niños deberíamos imitar los adultos?



Que se despierte el niño que está en mi corazón

Tantas veces estamos preocupados por querer figurar, ser de los más importantes, llamar la atención, acaparar los aplausos, ser la envidia de todos. Pero, vale la pena recordar esta cita: «¿Quién, realmente, es mayor en el reino de los cielos?» (Marcos 9, 33 -34 / Mateo 18, 1)



Jesús, con esa sabiduría, muchas veces paradójica del Evangelio, incomprensible para los sabios de este mundo, llamó a los discípulos y dijo: «Si alguien quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y ministro de todos» (Marcos 9, 35). ¡Qué gran ejemplo de humildad vemos en el video! Inocentes y confiados.

Todos debemos cultivar esa humildad de los niños si queremos heredar el Reino de Dios. El niño es alguien que confía, que pone su seguridad en aquél que lo cuida. ¿Acaso Dios no nos cuida?, ¿acaso no tenemos un Padre, que nos mostró su amor hasta entregar su Hijo único por amor?, ¿qué más podemos pedir?

No tengamos miedo de mostrar nuestros corazones como los niños

También dijo Jesús: «Cualquiera que reciba a uno de tales niñitos sobre la base de mi nombre, a mí me recibe; y cualquiera que me recibe a mí, no me recibe a mí solamente, sino también al que me envió» (Marcos 9, 37).

Ver a esos niños, en el escenario, «peleándose», nos da risa a todos y casi, diría yo, suscita un profundo cariño y enternecimiento. Ahora, la pregunta que me hago es: ¿Tenemos esa actitud a lo largo de la vida? En nuestro cotidiano, ¿sabemos mirar a los demás, con esos ojos de bondad y cariño? Es obvio que ver actitudes así en los niños, no nos generan (normalmente) un rechazo tajante. Pero… ¿por qué no ser capaces de una mirada misericordiosa y tierna, con los adultos que viven con nosotros?

Qué distinto sería la relación de pareja, la educación de los hijos, las amistades que tenemos, si supiéramos tener ojos de ternura y misericordia hacia ellos. Pienso que, dejamos de ser niños, no solamente porque queremos ser maduros y responsables, sino porque la sociedad nos impone una manera de ser. Una que nos hace olvidar cada día que pasa, ese «algo» que tienen los niños, que resulta tan especial. El video ocurre en los tabladillos de un escenario… pero, acaso, ¿no nos gusta ver esa libertad de los niños sean dónde estén?, ¿no nos nace una sana envidia? Todos hemos deseado poder ser niños otra vez. 

Abrir el corazón es el camino a la felicidad

Estoy cada vez más convencido, de que una de las razones principales por las que cada vez más personas son infelices, o no saben cómo alcanzar la tan anhelada felicidad, es porque olvidan que «He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos». —Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.» (El Principito, Saint E´xupery)

El que no abre su corazón a los demás, y especialmente, al amor del Niñito Jesús, que está por nacer en pocos días, difícilmente encontrará la felicidad. ¡Incluso los niños del video se peleaban por tener al niño Dios! Sepamos nosotros también, luchar con ese corazón de niño. Humilde, confiado, sencillo, para abrazar al Niñito Dios en esta Navidad.