Una cosa es enseñar y otra es educar. Enseñar es más bien mostrar cosas, explicar como funcionan, comprender su sentido. Educar en cambio, va más allá, pues considera una interpretación de lo aprendido para ser aplicado; no necesariamente quien es enseñado ha sido educado, aunque sepa.

El Papa Francisco sabe esto y quiere que quienes estudian en facultades o universidades de carácter Pontificio, no solo reciban una formación y conocimientos de alta calidad, sino que reciban también las herramientas para poder responder a los desafíos del mundo actual, y para ello ha escrito una constitución (es decir una ley eclesiástica) dirigida a las universidades católicas del mundo llamada Veritatis Gaudium (La Alegría de la verdad) (Haz click aquí para poder acceder a ella)

Muy en la línea de esa conversión misionera, de esa Iglesia en salida, de ese nuevo aire que el Papa Francisco ha querido darle a todas las instituciones de la Iglesia es que presenta al mundo académico católico esta constitución que ya ha llamado la atención de todos y que invita a revisar los programas y contenidos que se imparten para adecuarlos conforme a los cambios de los tiempos. No te asustes, no es que el Papa Francisco y su equipo venga a borrar con el codo lo que la Iglesia durante siglos ha escrito con la mano, no se trata de una adecuación a los nuevos tiempo para estar a la moda o para seguir las últimas tendencias; no se trata de dejar en enseñar filosofía o teología para enseñar otras asignaturas.


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En palabras del Cardenal Giuseppe Versaldi, Prefecto Congregación para la Educación Católica, «para no quedarse perezosamente en el pasado no se puede simplemente repetir lo que siempre se ha hecho, aunque sea bueno; hay que traducirlo a las nuevas situaciones culturales. Un mundo secularizado, multi religioso, multi cultural, con procesos de globalización de las emigraciones trae nuevas exigencias a las que la Iglesia debe responder».

La inspiración del Papa Francisco para esta constitución

Es de las cosas que dan esperanza, pues esto no es una ley cualquiera que viene a normar algún asunto que tenía cabos sueltos y sobre el cual había que legislar, sino que nace de una moción espiritual y el Papa Francisco no tiene problema en detallar aquellos criterios fundamentales que permitirán una renovación y a un relanzamiento de la aportación de los estudios eclesiásticos a una Iglesia en salida misionera.

El primer criterio inspirador «es la contemplación y la introducción espiritual, intelectual y existencial en el corazón del kerygma, es decir, la siempre nueva y fascinante buena noticia del Evangelio de Jesús» (VG 4, a), es decir que toda formación intelectual y académica debe sí o sí ser mirada a través del Evangelio, del anuncio de la Buena Noticia, pues de esta forma se moldea la cultura, la identidad de las personas, quienes conscientes de ser creaturas amadas, desarrollan su vida «favoreciendo una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad».


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El segundo criterio inspirador y que el Papa Francisco describe como un fruto del primer criterio es «el diálogo a todos los niveles, no como una mera actitud táctica, sino como una exigencia intrínseca para experimentar comunitariamente la alegría de la Verdad y para profundizar su significado y sus implicaciones prácticas». (VG 4, b). No se trata de dialogar para debatir y convencer, sino para compartir y enriquecernos mutuamente; lo que el Papa incansablemente nos ha invitado a vivir, una cultura del encuentro.

El tercer criterio es la «inter- y la trans-disciplinariedad ejercidas con sabiduría y creatividad a la luz de la Revelación». (VG 4, c) que tiene que ver no solo con ofrecer asignaturas complementarias durante el desarrollo de un plan de estudios, sino que mirar estos procesos formativos como deseaba el beato J. H. Newman— que ayuden a saber «dónde colocar a sí mismo y la propia ciencia, a la que llega, por así decirlo, desde una cumbre, después de haber tenido una visión global de todo el saber»

El cuarto y último criterio inspirador «se refiere a la necesidad urgente de crear redes entre las distintas instituciones» (VG 4, d). El Papa habla de que la Iglesia está llamada a vivir esa “catolicidad” también en lo académico, comprendiendo «el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos” (Laudato si, 164). Además se vuelve importante mejorar la comunicación y relación entre universidades pontificias, comenzando sobre todo por aquellas que están en Roma. ¿Quién no ha escuchado de algún sacerdote o  religiosa que se va a Italia a estudiar?; pues el análisis que se hace es que muchas veces se gastan energías, personal y recursos económicos de más, al no coordinar el trabajo entre estas casas de estudio y las facultades, aumentando de esta forma el valor añadido de estudiar en Roma.

En lo práctico

Es una ley y no soy un experto en asuntos legales ni mucho menos canónicos, pero dando una revisada a aquellos puntos que los analistas han destacado, llama la atención que se dan cierta indicaciones muy prácticas y que ayudan a comprender la naturaleza de estos cambios, como por ejemplo indicaciones para los programas de estudio online o a distancia, medidas para atender académicamente a los refugiados y el hecho de que será obligatorio verificar la calidad de la enseñanza en cada una de las facultades pontificias.

Visto así, aunque esta noticia afecta directamente el mundo de lo académico y en particular aquellas instituciones de educación superior de carácter pontificio, nos da esperanzas de que los que tienen el privilegio y la oportunidad de formarse profesionalmente o en post grados en estas casas de estudio, saldrán de ahí empapados de un espíritu misionero, dispuesto a servir no solo a la Iglesia sino que a todo el mundo. Una noticia esperanzadora, una forma de vivir el evangelio desde todos los ángulos, incluído el académico.