Emma tiene 26 años, dos hijos pequeños y un testimonio impactante. La historia de Emma es una en un mar de casos de violencia doméstica que se dan alrededor de todo el mundo, sin importar cultura, religión o nivel económico. Lamentablemente, muchos hombres y mujeres pasan por ello a diario e incluso puede llegar a suceder en nuestro propio entorno familiar.  

Muchas veces entre los católicos aparecen una serie de miedos por no sentirse capaces de afrontar la situación, por tratar de mantener a flote lo que se prometió ante el altar o por vergüenza de que los demás piensen que es un signo de debilidad. Es verdad que la convivencia conyugal no es fácil y que las diferencias entre dos personas pueden ser profundas, pero hacer sacrificios para sobrellevar una relación es muy distinto a aguantar maltrato y terminar con la autoestima por los suelos. Y en el caso de haber niños involucrados, como los hijos de Emma, el daño será mayor y podría generar  traumas más profundos en la vida en los pequeños.  


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El principio básico de nuestra religión es el amor. Partiendo de ahí, es un poco más fácil comprender que si una relación de pareja no está fundada en el amor y en su lugar se reciben muestras de agresión verbal, psicológica o física, es poco probable que este camino lleve a una pareja a la santidad.     

Con respecto a este tema, el Código de Derecho Canónico manifiesta que a pesar de que lo mejor es mantenerse juntos, «si uno de los cónyuges pone en grave peligro espiritual o corporal al otro o a la prole, o de otro modo hace demasiado dura la vida en común, proporciona al otro un motivo legítimo para separarse, con autorización del Ordinario del lugar, y si la demora implica un peligro, también por autoridad propia» (Artículo II, 1153).


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Por tanto, aunque parezca que la decisión de Emma quizás haya arruinado un final feliz, con el tiempo se convertirá en un final de paz mucho más valioso. La valentía de afrontar esta situación y buscar la separación es sinónimo de recuperar la dignidad y bienestar físico, psicológico y emocional que cualquier ser humano tiene derecho a vivir. Y es que Jesús, cuando vino, nos demostró que el amor jamás contiene violencia. Por lo tanto, la separación física no equivale al divorcio. Este implica el intento de destruir el vínculo conyugal válidamente contraído en la Iglesia. En ese caso la persona no puede contraer un nuevo matrimonio (si es que se hubiera casado por la Iglesia) o en el caso de que dicho matrimonio haya sido declarado nulo.


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