Hace unos días estuve en un evento al que el Padre Rob Galea fue invitado a compartir su testimonio de conversión e interpretar algunas de sus canciones. No todos los días se tiene la oportunidad de conocer a un sacerdote que usa su camisa negra y su cleriman, con blue jeans, converse y medias de colores. Además, el padre Rob, resulta tener un talento increíble para cantar y tocar la guitarra. Cantó en la Jornada Mundial de la Juventud en Sidney en 2008, ganó el “sí” de los cuatro jueces en su audición para el factor X Australia en 2015, tiene un canal de Youtube y ya cuenta con 5 álbumes musicales.

Más allá de esto, nunca imaginé lo mucho que me iba a impactar su testimonio de conversión y todo lo que Dios puede hacer en un corazón dispuesto a recibir su gracia. Es por eso que en este post me gustaría contarles un poco de la historia que él nos compartió y las lecciones que todos podemos aprender sobre la conversión a partir de ella.

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1. El error de vivir para ser valorado y aceptado por otros

Cuando tenía 14 años, empezó a pensar que tenía muy poco en común con sus padres y comenzó a hacer todo lo que podía para alejarse de su casa y ser “aceptado” por sus amigos: fiestas, chicas, violencia, drogas, alcohol, etc. Todo esto lo llevo, a los 16 años, a vivir un “espiral de adicción” entre el alcohol, las drogas y el robo. Recuerda como un día fue con su grupo de amigos a preguntar por un velocímetro para su bicicleta y, mientras el vendedor iba a la parte de atrás de la tienda a buscarlo, el robó el velocímetro del mostrador y salió huyendo en su bicicleta. Sus amigos salieron detrás de él y Chris, quien era el líder de su pandilla, lo alcanzó, empezó a patear su bicicleta y a golpearlo diciendo: –¡Eh! ¿Qué es lo que pasa contigo? Cada vez que nosotros hacemos algo juntos siempre terminamos metidos en problemas. ¡No queremos volver a salir contigo!–. En ese momento, el padre Rob pensó que ellos eran las únicas personas con quienes él podía compartir, eran su pandilla, quienes además le conseguían las drogas que consumía. No podía dejarlos. Él estaba aferrado a ellos y quería ser aceptado a pesar que fueran personas violentas. Relata cómo en una ocasión le dijo al líder de la pandilla: –Oye Chris, ese tipo tiene una gorra que me parece increíble–. A lo que el otro le responde: –¡pues ve y tómala!– ¿Tomarla?, le dijo el padre Rob, ¡pero si el tipo tiene como 30 años!– Así que, respaldado por el líder y su pandilla, se acercó al dueño de la gorra, se la quitó de la cabeza y se la puso, caminando con confianza de vuelta a donde estaban sus amigos. Cuando el muchacho se acercó a él intentando recuperar la gorra que le había quitado, diez de sus amigos se lanzaron contra el hombre de 30 años, lo golpearon dejándolo medio muerto en el suelo. Recuerda como pensaba en ese momento con la gorra en la mano: ¡Wow! ¡Soy tan poderoso! Puedo influenciar tanto a la gente y puedo hacer que hagan lo que yo quiero.

2. El primer paso a la conversión es la humildad

En ese momento, el padre Rob toma una guitarra que está en el suelo mientras empieza a decir: «esta es mi historia, una historia que inicia en un lugar de desesperación, de violencia, de desesperanza a descubrir eventualmente una esperanza que cambiaría mi vida para siempre. Y esto es lo que haré por el resto de mi vida: No estoy avergonzado de la oscuridad que hubo en mi vida, yo lamento mucho haber lastimado a otras personas, pero: ¿saben qué? Una de las cosas que Dios hace es tomar un enredo como este y convertirlo en un mensaje. Quizá algunas veces nosotros nos avergonzamos de la oscuridad en nuestras vidas, pero si tomamos esa oscuridad y la sometemos a Dios, ese enredo se transforma en un mensaje para dar esperanza a otras personas. De eso se trata precisamente esta canción que compuse hace tiempo: «Only by grace» (Solo por la gracia)».

3. El pecado nos aleja de nuestra propia identidad, nos quita las ganas de vivir

Continúa el relato contando que siguió involucrando con esta pandilla por algún tiempo. Sin embargo, todo se empezó a poner un poco más violento y a salirse de control, al punto que él no se reconocía a sí mismo. En su interior él sabía que quería ayudar a otras personas, pero en ese momento el deseo de agradarle a otros, de ser reconocido y valorado era mayor que el de ser honesto consigo mismo. Un día, mientras estaba en una discoteca sentado, algunos de sus amigos llegaron a avisarle: Rob, ¡vete de acá rápido! Chris (el líder de la pandilla) te está buscando para golpearte. Rob había dicho una mentira sobre él, el líder se había enterado y quería saldar cuentas. Así que tuvo que huir de allí e irse a esconder a su casa, de donde no salió durante 6 semanas. Al ver que Rob no aparecía por ningún lado, decidieron darle un mensaje lastimando a su mejor amigo: golpearon su cabeza contra la puerta de un hotel hasta dejarlo inconsciente, su amigo terminó en una unidad de cuidados intensivos. Rob sabía que lo estaban buscando a él así que, lleno de miedo, lloraba todas las noches en su cama hasta quedarse dormido. No volvió a la escuela por temor, todas las mañanas se levantaba pensando en distintas maneras de quitarse la vida, golpeaba su propia cabeza contra la pared solo para intentar sacarse de adentro ese sentimiento de soledad, de dolor. Se lastimaba a sí mismo para sentirse vivo de algún modo, «estaba en un lugar de absoluta oscuridad donde simplemente no quería vivir más».

4. Dios siempre nos espera y nos escucha

Cuenta que su madre durante todo ese tiempo sufría en silencio y se dedicaba a orar por él. Cada vez que él se encerraba en su cuarto a llorar, ella se arrodillaba al otro lado de la puerta sin que él se diera cuenta, a orar por su hijo diciendo: «Dios, tu sabes que seguiré aquí de rodillas hasta que tu salves a mi pequeño angelito». Él dice: «aunque yo había perdido toda la esperanzas, mi madre nunca perdió la suya. Honestamente, hoy estoy acá como un sacerdote delante de ustedes gracias a la oración perseverante de mi madre, por sus oraciones de rodillas por mí. Así que les digo a todos ustedes quienes son madres y están orando por sus hijos, pero también a quienes quizás saben que sus madres están orando por ustedes en este momento: No se den por vencidos. Perseveren. Porque Dios es capaz de hacer grandes milagros cuando nosotros oramos, y aún más cuando perseveramos en la oración».

5. A Dios siempre le interesamos, aunque no lo sintamos

Un día, mientras estaba en su momento de mayor desesperación, sintiéndose atrapado, sin poder ir a ningún lado y sabiendo que tenía que hacer algo pero no sabía qué, solo podía pensar en dos cosas: que alguien le tendiera una mano para ayudarlo, o acabar con su vida y de paso con todo el sufrimiento. Ese mismo día, su abuela llamó a su casa para invitar a su hermana a un grupo de jóvenes. Él sabía que no se molestarían en invitarlo porque pensaban que rechazaría la invitación. Sabiendo que necesitaba hacer algo, le pidió permiso a su madre (quien casi se desmaya de la alegría al oírlo) para ir a ese grupo de jóvenes con su hermana. Cuenta que lo que más le sorprendió fue ver como todas esas personas parecían ser muy felices, y eso le incomodaba pues él se sentía muy deprimido y no quería estar rodeado de gente feliz, así que  siempre se quedaba de pie en la parte de atrás. A pesar de esto, cuando llegaba a su casa pensaba: «yo quiero tener la alegría y el gozo que esas personas tienen». Decidió regresar cada semana. Cinco semanas después, en una de las reuniones, escuchó a un médico a quien habían invitado a hablar ese día, le sorprendió la manera en la que hablaba de Jesús, como si fueran amigos y hubiese conversado con El esa misma mañana.

Ese día, cuando el padre Rob llegó a su casa, seguía pensando en su deseo de sentir la alegría y la paz que vio en ese doctor. Decidió intentar orar y tratar de hablar con Jesús. Llegó a su habitación, puso dos sillas, una frente a la otra, se sentó en una y dejó la otra libre, diciendo: «Jesús, siéntate ya mismo que necesito hablar contigo». Empezó a hablar con Él todos los días para contarle todo lo que pasaba por su mente, desahogaba su rabia, le gritaba preguntándole porque había permitido que le pasara esto precisamente a él. Siguió haciéndolo día tras días, teniendo cuidado que otras personas no se dieran cuenta o pensarían que estaba loco.

6. La conversión permite que experimentemos el amor infinito de Dios 

Hasta que un díA experimentó algo sobrenatural: de repente, sintió que la silla no estaba vacía, que la persona que estaba en la silla escuchando su oración y sus reclamos conocía su dolor, sus mentiras, sus adicciones, lo sabía todo sobre él y aun así lo amaba. Esa experiencia lo quebrantó de tal modo que se arrodilló y lloró sin parar durante tres horas. Inicialmente era un llanto de dolor, pero luego ese llanto era por el gozo de saberse realmente amado. Ese fue el momento que cambió su vida, donde pensaba: «Dios, quiero pasar el resto de mis días viviendo por esto y dando esto que he recibido a otras personas».

7. El poder transformador de la gracia de Dios

La vida del padre Rob cambió completamente a partir de ese día. Su historia completa y también la de cómo llegó a ser sacerdote la describe en su libro: «Breakthrough: A Journey from Desperation to Hope» (Un viaje de la desesperación a la esperanza). Los derechos de este libro fueron comprados por una productora de Hollywood y se espera que la película sobre esta historia se estrene en el 2019.

Dios nos llama de maneras diferentes y tiene un propósito especial con la vida de cada uno. Siento que el testimonio del padre Rob es especial porque nos recuerda que no debemos ocultar las debilidades que cada uno tiene y los momentos oscuros que todos hemos atravesado en algún período de nuestra vida antes de experimentar el amor de Dios. Estamos llamados tener un corazón dispuesto a recibir su amor y su gracia, de modo que podamos cumplir la misión que nos ha sido encomendada. Como bien lo dice san Pablo en su carta a los Corintios:

«Pero Él me dijo: “mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo» (2 Cor 12, 9).