Hace unos días cumplía años una persona muy querida para mí que falleció hace algunos años: mi abuelo. Él fue alguien muy importante para ayudarme a encontrar el sentido de mi vida, y para desarrollar quien soy hoy por hoy, y siempre le estaré muy agradecido por todo lo que ha hecho por la familia. Él partió a encontrarse con Dios tras muchos años de mucho dolor y sufrimiento, y me siguió enseñando que aun en el dolor de la enfermedad y de la muerte, estamos hechos para ser cargados los unos por los otros, y que de eso se trata el auténtico amor.

Esto es un poco lo que nos quiere contar el video que te presento en este post: «El fabricante de ataúdes». Sí, suena un poco a título de película de terror, pero no te preocupes. Es simplemente la historia sencilla de un hombre humilde que nos cuenta su trabajo, y toda la simbología que tiene ese momento en el que nos encontraremos cara a cara con Dios.


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Como dice el fabricante, es común pensar que “aún no hemos terminado el trabajo”, y esa será una constante cuando nos cuestionemos frente a nuestra muerte. Y sí, la realidad es que siempre podremos haber hecho algo más, o haberlo hecho mejor. Lo importante es tener la conciencia día a día de darlo todo por las personas que amamos, y como dice el protagonista del video: «Muchos creen que la muerte es el destino final, que ahí se acaba todo, pero no, es solo una puerta». La muerte es un paso, un umbral hacia ese encuentro con Dios, donde se nos “examinará en el amor”.

Otro aspecto muy importante que se menciona en el video es que el ataúd es fabricado para ser “sostenido”, y lo compara con el hecho de que los seres humanos también «estamos hechos para sostenernos los unos a los otros». Qué importante que se hace aprender a dejarse sostener, en este mundo donde se nos acostumbra a ser autosuficientes; y qué importante es también ayudar a sostener a otros en los momentos difíciles, en esta cultura a veces tan individualista, donde solo importa el “yo”.


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Frente a estas realidades de la vida el Papa Francisco nos recuerda una verdad fundamental: «En esta fe, podemos consolarnos unos a otros, sabiendo que el Señor ha vencido la muerte de una vez por todas. Nuestros seres queridos no desaparecieron en la oscuridad de la nada: la esperanza nos asegura que ellos están en las manos buenas y fuertes de Dios. El amor es más fuerte que la muerte. Por esto el camino es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido, y el amor nos custodiará hasta el día en el cual cada lágrima será secada, cuando “no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor (Ap 21,4)» (Audiencia General en junio de 2015).

Es muy distinto enfrentar la realidad de la muerte propia o de alguien cercano, desde el lenguaje de la fe. Todo se tiñe de esperanza y de un anhelo grande por volver a ver a los que amamos. Sí, el dolor no desaparece, es parte del camino, pero el horizonte se amplía y se hace llevadero desde la confianza en que Dios ha vencido a la muerte, y nos espera al otro lado de “la puerta”.


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