Con pesar, nos vamos enterando desde hace varios meses de más y más casos de corrupción que han infectado muchos de nuestros países. Es por esto que el video que les presentamos hoy nos cae como anillo al dedo. En la historia que nos traen los chicos de Catholic Stuff, se contrasta la forma de vida de dos pueblos, uno feliz y el otro no tan feliz. A lo largo del video, iremos viendo en qué radica esta diferencia y nos daremos cuenta de que la realidad que vive el pueblo “no tan feliz” es muy cercana y familiar a la realidad de nuestra Latinoamérica.

A continuación, les proponemos algunos puntos de discusión/reflexión que esta simpática historia nos proporciona:


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1. El video empieza diciendo: «En el pueblo feliz, los hombres estaban contentos. Estaban alegres cuando jugaban, cuando trabajaban, y su monarca regía a los pueblerinos con justicia y siempre sonreía. En el pueblo no tan feliz, la gente vivía en constante pelea, descontenta, egoísta. Este pueblo estaba gobernado por un rey tirano y un príncipe malvado».  

Desde el comienzo del video las diferencias entre ambos pueblos saltan a la vista, entre ellas, la discordia. Resulta interesante notar que sus principales ingredientes sean el egoísmo y el orgullo –que nos hace hipersensibles y proclives a la ofensa–. Asimismo, más adelante en la historia se verá que también la corrupción juega un papel importante en la infelicidad reinante… y es en este punto que quisiera hacer hincapié.


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A propósito de la corrupción, el Papa Francisco nos dice lo siguiente: «El corrupto no puede aceptar la crítica, descalifica a quien la hace, busca disminuir cualquier autoridad moral que pueda cuestionarlo, incluso ataca con insultos a todo el que piense diferente y si puede lo persigue […]. El corrupto se cree un vencedor […] En un ambiente de triunfalismo, esta persona se pavonea para menospreciar a los otros. El corrupto no conoce la hermandad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad».

2. Lo dicho por nuestro Papa nos lleva a preguntarnos: ¿y cómo es que se llega hasta este punto de corrupción? Él también nos da la respuesta: «sin humildad, el pecado lleva a la corrupción y hace perder la fe».

Estas palabras nos llevan a recordar lo que nos dice el Señor en las Escrituras: «Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy paciente de corazón y humilde, y sus almas encontrarán alivio. Pues mi yugo es bueno y mi carga, liviana» (Mt 11, 29-30). Fijémonos pues que este llamado de nuestro Señor a aprender de Él no se refiere tanto a hacer milagros, curar enfermos o multiplicar panes; sino que resalta implícitamente que es más importante ser humildes que hacer milagros.  

3. La historia nos cuenta que el rey tirano había atesorado una colección de magníficos vinos, pero «sentía que algo le faltaba… estaba insatisfecho por algo».

En general, los corruptos están motivados por su propia avaricia, egoísmo y orgullo, y se suelen llenar de cosas materiales. Sin embargo, siempre habrá en ellos una sed profunda de infinito, aunque muchas veces no sepan reconocerla como tal. Buscarán acumular más cosas con el fin de saciarse, pero esa sed no será aplacada recibiendo, sino solamente dando: «El alma generosa será colmada, y el que sacia a otro la sed, también será saciado» (Pro 11, 25).

4. La generosidad y dar lo mejor de sí genera confianza, satisfacción y felicidad

En cierto momento de la historia, un habitante del pueblo no tan feliz –descrito como «un hombre bueno que pese a todo el sufrimiento se había mantenido íntegro»– fue el encargado de averiguar el secreto del otro pueblo… Nos atreveríamos a decir que tal vez es su propia integridad la que le da las facultades necesarias para darse cuenta de que la entrega sincera de sí mismo era el verdadero secreto del pueblo feliz. El hombre íntegro descubrió que cada pueblerino al entregar a la copa común su mejor vino, es decir, al dar lo mejor que tenían generaban confianza e inspiraban a los demás a ser consecuentes con esa actitud.

Como era de esperarse, cuando se quiso aplicar este ejercicio en el pueblo no tan feliz, se vio que el egoísmo y la corrupción –que invadía al rey y a sus súbditos– les impedía dar con generosidad; y, su propio egoísmo generó más discordia e infelicidad. ¿Nos suena familiar? ¿Acaso no sucede esto en nuestros propios países, centro de estudios/trabajo, incluso, hogar? ¿Cuántos de nosotros, llevados tal vez por la desidia, ociosidad y/o egoísmo, hemos aplicado la ley del mínimo esfuerzo en nuestro quehacer? ¿Quién, con corazón sincero, puede negar que el fruto de esta actitud no es más que una vida chata, mediocre y sosa?

5. «Rey que no vive para servir, no sirve para ser rey»

Vivir en una sociedad corrupta puede llegar a hacernos creer que la mejor forma de ser exitosos es continuar con actitudes poco íntegras y hacernos “los vivos”. Va desde las cosas pequeñas, como pasarme la fila; hasta lo grande, como “sacarle la vuelta” al sistema y que no se den cuenta. Sin embargo, sabemos a través de nuestra fe católica que es posible dar el primer paso hacia lo correcto y predicar con la propia vida. Al respecto, el Papa emérito Benedicto XVI nos dice:

«Santiago nos ha recordado cómo este seguir a Jesús, para ser auténtico, exige actos concretos: «Yo con mis obras, te mostraré la fe» (2,18). Servir es una exigencia imperativa para la Iglesia y, para los cristianos, el ser verdaderos servidores, a imagen de Jesús. El servicio es un elemento fundacional de la identidad de los discípulos de Cristo (cf. Jn 13,15-17). La vocación de la Iglesia y del cristiano es servir, como el Señor mismo lo ha hecho, gratuitamente y a todos, sin distinción».

Es cierto que en el video todo cambia cuando el rey tirano hace un acto de generosidad y da el ejemplo a los demás. Es cierto también que nuestras autoridades deberían estar a la altura de su cargo y ser ejemplo de entrega, honestidad e integridad, pues de esa forma inspirarían al resto de la sociedad. Pero, ¿de dónde salen estas autoridades sino de la misma sociedad? ¿de una casa/familia como la nuestra? De nada vale excusarse y renegar o lamentarse por la crisis de valores que se ve a nivel político pues no hace más que reflejar lo que sucede en nuestras propias casas, en nuestras propias vidas.

Hacia el final del video, el príncipe malvado da un mensaje concreto, una invitación a entregarse cada día, a que sigamos el ejemplo de los santos y de Jesús: «Jesucristo que dio lo mejor en la cruz, derramando [hasta] su sangre y no se guardó nada». Si bien es cierto que en la mayoría de los casos nuestras autoridades no son ejemplo de entrega o integridad, tenemos un Dios que se vació completamente y que lo entregó todo por amor eterno e infinito a cada uno de nosotros.

Para terminar, comparto las palabras de Benedicto XVI con respecto a la entrega, generosidad y actitud de servicio que nos llevará a ser verdaderos discípulos y a esa satisfacción profunda que solo hacer la voluntad de Dios nos puede regalar:

«Al anunciar a sus discípulos que él deberá sufrir y ser ajusticiado antes de resucitar, Jesús quiere hacerles comprender quién es de verdad. Un Mesías sufriente, un Mesías servidor, no un libertador político todopoderoso. Él es siervo obediente a la voluntad de su Padre hasta entregar su vida. Es lo que anunciaba ya el profeta Isaías en la primera lectura. Así, Jesús va contra lo que muchos esperaban de él. Su afirmación sorprende e inquieta. Y eso explica la réplica y los reproches de Pedro, rechazando el sufrimiento y la muerte de su maestro. Jesús se muestra severo con él, y le hace comprender que quien quiera ser discípulo suyo, debe aceptar ser un servidor, como él mismo se ha hecho siervo.

Decidirse a seguir a Jesús, es tomar su Cruz para acompañarle en su camino, un camino arduo, que no es el del poder o el de la gloria terrena, sino el que lleva necesariamente a la renuncia de sí mismo, a perder su vida por Cristo y el Evangelio, para ganarla. Pues se nos asegura que este camino conduce a la resurrección, a la vida verdadera y definitiva con Dios. Optar por acompañar a Jesucristo, que se ha hecho siervo de todos, requiere una intimidad cada vez mayor con Él, poniéndose a la escucha atenta de su Palabra, para descubrir en ella la inspiración de nuestras acciones».