«Scarlett contra el cáncer» es un hermoso corto animado lleno de esperanza, basado en miles historias de la vida real que viven muchos niños enfermos. No se si les pasa a ustedes (pero por lo menos y0) veo cada vez más a personas muy cercanas padecer esta dura enfermedad. Gente de todas las edades, con todo tipo de estilos de vida –incluso muy saludables– son lentamente consumidas por este mal incurable. El panorama luce desalentador. También me es común escuchar a personas que terminan dudando de la eficacia de la oración, de que Dios realmente escuche sus súplicas de que sus seres queridos sean curados y verlos más tarde partir, al parecer “vencidos” en esta batalla. ¿Dónde está Dios en esos momentos? ¿Realmente permanece Dios inmóvil ante el sufrimiento de estas personas?. Creo que el video nos ayuda a vislumbrar algunas respuestas.

Sabemos que las causas del cáncer, así como de otros sufrimientos que padecemos no se deben a la indolencia de un Dios ausente o castigador que nos envía el dolor como condena, sino que obedecen a nuestra condición humana frágil y limitada. Dios no puede evitar que suframos o que nos enfermemos, pero sí puede ayudarnos a enfrentar esa enfermedad o ese sufrimiento con una actitud diferente, con la actitud que lo cambia todo: la esperanza.


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En el video vemos una luz que brilla tenuemente y que parece apagarse cada vez que esta niña tropieza en su lucha contra la enfermedad, pero que se hace poderosa y crece cuando es capaz de sobreponerse asumiendo su situación con otros ojos. En esos momentos de gran sufrimiento, en los que parece que Dios no nos escucha o que permanece indiferente, debemos confiar en que es donde más está fortaleciéndonos, dándonos soporte y fuerza para no derrumbarnos, para seguir luchando, para no rendirnos. Son justamente esos momentos en los que no podemos solos –en los que sentimos que las fuerzas se acaban– donde necesitamos de su gracia, de su apoyo y compañía. El creer que estamos solos no es más que otra asechanza del enemigo que quiere que nos rindamos en la lucha.

Dios no es sordo, no quiere nuestro sufrimiento, es bueno y nos ama, quiere nuestra felicidad; esto es algo de lo que debemos estar seguros. Él mismo ha vencido la muerte para demostrarnos que ni la muerte ni la enfermedad tienen la última palabra. Esas batallas que parecen perdidas, pueden convertirse en grandes victorias en la medida en que sepamos leer la acción de Dios, su presencia y compañía junto a nosotros. Pero entonces debemos pedirle a Dios que nos preste sus ojos para poder mirar nuestra situación con su mirada, para tratar de entender lo que Él obra y no dudar de que es Él quien alimenta nuestra esperanza.

La batalla más grande no es entonces contra la enfermedad, sino contra la desesperanza. Como bien nos diría el Papa Francisco a los jóvenes: «¡No se dejen robar la esperanza y la alegría de vivir!». No dejemos que esa luz que brilla en medio de la oscuridad se extinga, sino que permitamos que brille, que irradie y que pueda iluminar a tantas personas que encontramos en el camino y que necesitan que los contagiemos de esa luz para seguir luchando.


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