Al terminar el año es inevitable mirar atrás y por lo menos hacer un balance, aunque sea breve, de aquellos eventos que marcaron el año para bien o para mal. Este año para mí fue un año especial.  Más que por las cosas que hice (o dejé de hacer) fue la gente que conocí y con la que compartí la que hizo que este sea uno de esos años que uno guarda en el recuerdo y en el corazón para siempre. 

Úrsula Gildemeister es una de estas personas. Después de haber sufrido pérdidas tan dolorosas y situaciones tan extremas, su sola sonrisa y calma cuestionan profundamente. ¿Cómo uno puede sobrevivir luego de tanto? Lo que es imposible para nosotros es posible para Dios. Úrsula y su familia nos enseñan, no solo a tener una fe inquebrantable (porque vaya que han sido llevados al extremo) sino que nos demuestran lo que es tener a Dios de la mano. Así, palpable, cercano. Un Dios que no está allá en el cielo y que se mantiene ajeno a tu dolor. Sino un Dios presente al que le hablas, le reclamas, le gritas y hasta haces tratos con Él. Un Dios que responde, que luego del tanto dolor te consuela y te revela que todo pasa pero Él perdura. Un Dios que te da la sabiduría necesaria para realmente afirmar que esta vida en la tierra es apenas un instante, un breve preludio a la eternidad, una eternidad que espera por todos y en la que el encuentro con los que más amamos será para siempre.


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Que al terminar el año, un año marcado por el dolor de la guerra y la tragedia de miles de familias, la historia de los Gildemeister nos ayude a comprender que Dios está aquí, que vino y se quedó con nosotros para siempre. Que su testimonio nos ayude a renovar nuestra fe, nuestra esperanza y esa espera confiada en Aquel que todo lo puede.


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