Cada 2 de febrero celebramos la fiesta de la presentación del Señor”, que aunque es parte de los relatos bíblicos que podríamos considerar dentro del tiempo de Navidad, está fuera de este tiempo litúrgico, pero responde a la tradición de la “Purificación”, que era el rito de las mujeres judías, las que debían esperar 40 días luego de haber dado a luz para volver al templo, ofrecer un animal en sacrificio y así purificarse además de presentar por primera vez y de forma solemne a su hijo ante Dios. Una fiesta antiquísima que proveniente de las tradiciones orientales de nuestra fe y que se ha ido propagando con el tiempo.

En muchas partes esta fiesta es llamada de la “Virgen de la Candelaria”, haciendo alusión a los signos dentro del relato (cf Lucas 2, 22-24), las palabras de Simeón para Jesús en donde le dice: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación  que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel» y dicho esto, la Santísima Virgen María, quien es considerada la Candelaria que porta esta Luz, que ilumina al mundo, ella nos lo presenta y sus manos son las que nos entregan al niño que nos traerá la salvación.


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Protagonistas de esta historia también son Simeón y Ana, dos ancianos que se presentan en el templo y a viva voz elevan cantos de alabanza profética hacia Jesús. Sus corazones se alegran y no pueden contenerse al momento de anunciar a Jesús, una imagen que hoy la Iglesia toma para celebrar la Jornada Mundial de la vida consagrada, que en 2018 tiene como lema: «La vida Consagrada, encuentro con el Amor de Dios».

Entonces, para profundizar en lo que la Iglesia pide e invita a vivir a cada uno de los consagrados, hemos querido abrir el corazón a las palabras que recientemente el Papa Francisco dijo a consagrados de Chile, en el encuentro que tuvo con ellos durante su visita a ese país; palabras de ánimo, de esperanza, de corrección y orientación, la voz de un pastor, de un padre, que cuida de su rebaño a la luz del relato de la muerte y resurrección de Jesús y mirando lo que San Pedro y la comunidad vivían en ese momento.


1. No existe el “selfie” vocacional

El Papa presenta una relación que no se puede romper, en la que los apóstoles están unidos a una comunidad y aunque el llamado es personal, siempre es junto a otro grupo de hermanos a quienes servimos y con quienes vivimos. «Somos, sí, llamados individualmente pero siempre a ser parte de un grupo más grande. No existe el selfie vocacional, no existe. La vocación exige que la foto te la saque otro, y ¡qué le vamos a hacer! Así son las cosas».


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2. Frente al abatimiento espiritual

Tomando como imagen el relato de la muerte y resurrección del Señor, el Papa Francisco nos hace posicionarnos en el rol de los apóstoles y las mujeres que lo seguían, quienes confundidos, abatidos y derrotados, lamentaban la muerte de su Señor y aunque algunas mujeres decían haberlo visto, en el corazón eso la resurrección aún no era una realidad.

Frente a este escenario tan propio de la vida consagrada y de la vida cristiana en general, en donde nos vemos abatidos, el consejo del Papa es sumamente práctico: «En los momentos en los que la polvareda de las persecuciones, tribulaciones, dudas, etc., es levantada por acontecimientos culturales e históricos, no es fácil atinar con el camino a seguir. Existen varias tentaciones propias de ese tiempo: discutir ideas, no darle la debida atención al asunto, fijarse demasiado en los perseguidores… y creo que la peor de todas las tentaciones es quedarse rumiando la desolación. Sí, quedarse rumiando la desolación. Y esto es lo que le pasó a los discípulos».

3. Lo difícil del ser religioso en medio del desprestigio por los escándalos de la Iglesia

En medio de dolorosas noticias, lamentablemente muchas de ellas ciertas, en las que consagrados han abusado de quienes han depositado su confianza en ellos, el Papa reconoce el dolor y lo difícil de la situación, que muchas veces hace cuestionarse la propia vocación. Al mismo tiempo, en una señal de empatía paternal, ofrece palabras de ánimo y esperanza para todos los consagrados, que fieles a su fe y sus votos, deben sufrir el cuestionamiento público y los inmerecidos ataques de la sociedad herida por nuestro pecado como Iglesia.

«(…) Dolor también por ustedes, hermanos, que además del desgaste por la entrega han vivido el daño que provoca la sospecha y el cuestionamiento, que en algunos o muchos pudo haber introducido la duda, el miedo y la desconfianza. Sé que a veces han sufrido insultos en el metro o caminando por la calle; que ir «vestido de cura» en muchos lados se está «pagando caro». Por eso los invito a que pidamos a Dios nos dé la lucidez de llamar a la realidad por su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo y no rumiar la desolación».

4. Consagrados que han vivido la misericordia, que la han recibido

Un Pedro que luego de la muerte de Jesús es enfrentado a su pecado y sin posibilidad de volver atrás, una traición que lo persigue y que lo hace seguir “rumiando” su culpa. Muchos vivimos en esa sintonía, en lugar de tener siempre presentes en el recuerdo las glorias que hemos vivido de la mano del Señor, tal como fue en el caso de Pedro, se nos queda en el paladar el amargo sabor del pecado, que inunda todo y que se hace protagonista de nuestra vida.

Sabemos que Jesús restituye la dignidad de Pedro en esa íntima conversación en donde le pregunta «¿Me amas?», y luego de ese doloroso diálogo Pedro es devuelto en su dignidad como líder y pastor de la comunidad de los cristianos. Mirando esa parte del relato el Papa Francisco nos dice:

«¿Qué nos mantiene a nosotros apóstoles? Una sola cosa: «Fuimos tratados con misericordia» (1 Tm 1,12-16). En medio de nuestros pecados, límites, miserias; en medio de nuestras múltiples caídas, Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. Cada uno de nosotros podría hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó y lo trató con misericordia… No estamos aquí porque seamos mejores que otros. No somos superhéroes que, desde la altura, bajan a encontrarse con los «mortales». Más bien somos enviados con la conciencia de ser hombres y mujeres perdonados. Y esa es la fuente de nuestra alegría. Somos consagrados, pastores al estilo de Jesús herido, muerto y resucitado. El consagrado es quien encuentra en sus heridas los signos de la Resurrección».

5. Una vida deshilachada en el servicio

La conciencia de fragilidad y de ser portadores de llagas y de una historia de pecado nuestro y misericordia de parte de Dios nos ayuda a mantener los pies en la tierra y al mismo tiempo ordenar las prioridades pastorales y apostólicas según los criterios de Jesús. El reconocernos llagados «nos libera de esa tendencia «prometeica de quienes en el fondo solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado».

Ese saberse llagados, pero con llagas resucitadas por Jesús nos libera de una actitud elitista, que en lugar de acercarnos a los demás, nos aleja y desordena las prioridades.

«Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo es sudor de nuestra frente. Veo con cierta preocupación que existen comunidades que viven arrastradas más por la desesperación de estar en cartelera, por ocupar espacios, por aparecer y mostrarse, que por remangarse y salir a tocar la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel».

6. Siendo transfigurados, nos envía al servicio

No es la experiencia del pecado la que cambia nuestros corazones, sino que la experiencia de la misericordia; la que nos hace pasada de vivir abatidos y desolados, a vivir esperanzados, ofreciendo consuelo a aquellos que están viviendo la desolación y el abatimiento; una Iglesia que sirve, un pueblo que espera de sus consagrados no una élite de santidad, sino que servidores cercanos y abiertos de corazón.

«El problema no está en darle de comer al pobre, o vestir al desnudo, o acompañar al enfermo, sino en considerar que el pobre, el desnudo, el enfermo, el preso, el desalojado tienen la dignidad para sentarse en nuestras mesas, de sentirse «en casa» entre nosotros, de sentirse familia… Renovar la profecía es renovar nuestro compromiso de no esperar un mundo ideal, una comunidad ideal, un discípulo ideal para vivir o para evangelizar, sino crear las condiciones para que cada persona abatida pueda encontrarse con Jesús. No se aman las situaciones ni las comunidades ideales, se aman las personas».

7. Dejarnos renovar el corazón

Habiendo reconocido nuestros límites, en lugar de alejarnos de Jesús y mantenernos escondidos de su rostros, nos animamos a regresar a él, confiando en su misericordia, viviendo lo que predicamos «sabiendo que Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece. (…) Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. Qué bien nos hace a todos dejar que Jesús nos renueve el corazón».