Dios Padre lo ha intentado una y otra vez: llevarnos de regreso a su amor, bajo su amparo, reconciliarnos con Él pero que este acercamiento de un hijo a un padre, sea un acto de libertad y no una manipulación titiritesca de la cual no tengamos escapatoria.

A lo largo de la historia de la salvación buscó formas, métodos, estrategias, personas, pero la dureza de nuestros corazones impidieron ese acercamiento, que más que a Él, nos beneficiaba a nosotros. Primero una pareja, luego una familia, posteriormente una nación con grandes líderes, jueces, profetas y reyes, pero nada dio abasto, todos tropezaron, mancharon sus manos con sangre y nada logró transformar a los corazones de los hombres. No se trataba solo de predicar un mensaje convincente respaldado por señales prodigiosas y milagros, no se trataba de ungidos líderes. Hacía falta más.


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«A lo largo del camino de la historia, la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción. En esto consiste el anuncio de la noche de Navidad. Dios no conoce los arrebatos de ira y la impaciencia; está siempre ahí» (Papa Francisco, Santa Misa de Nochebuena 2014).

Me gusta imaginarme a Dios Padre sentado en su trono, con sus manos en la cabeza, aproblemado, sin muchas más ideas sobre cómo ganar nuestros corazones, cómo transformar nuestras vidas; y Jesús a su lado, preocupado por la intranquilidad de su Padre, incómodo por sus sufrimientos, dispuesto a todo por Él, por nosotros. Entonces en un arranque de valentía se ofrece para venir a la tierra y hacerse hombre de carne y hueso. Él, se desprende de su Divinidad no solo como un trueque, no solo como una ofrenda, no solo como un superhéroe, sino que se hace luz para abrir el camino y explicarnos por dónde queda. Lo ilumina todo y nos ayuda a ver, nos enseña a discernir, a comprender lo que en medio de las penunbras no podíamos distinguir. Dios ha estado ahí, para nosotros, accesible, desde siempre.

«Jesús les dirigió una vez más la palabra, diciendo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá luz». (Juan 8, 12).


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No se trata de que seamos tenebrosos, habitantes de las tinieblas o de la oscuridad, no caigamos en el error de pensar que somos malos, pecadores, defectuosos por esencia. Dios no hace cosas malas y si somos su creación, no podemos pensar eso de nosotros mismos. Somos extranjeros en el mundo de las tinieblas, no es nuestro hábitat natural. Por eso Jesús viene a iluminar, no para dejar en evidencia nuestra maldad y apuntarnos con el dedo en el momento de nuestro juicio, sino para ayudarnos a salir de la oscuridad en la que nos hemos metido y que no nos es propia. La oscuridad no es el estado natural de nuestras almas. Somos de Dios, le pertenecemos a Él y Jesús nos ayuda a regresar a su lado.

Navidad, el nacimiento del Mesías es un momento de luz, un momento en que somos iluminados, somos alcanzados por la claridad y podemos ver, recapacitar, en lenguaje de GPS “recalcular la ruta” para volver a Dios, para abrazar sus promesas y recibir su amor.

Como nos enseñó el Papa Francisco en su primera homilía de Nochebuena, «en esta noche santa contemplemos el misterio: allí «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1), y aunque la historia se repita en nuestras vidas, como nos comentaba el video una y otra y otra vez, seamos humildes para dejarnos alcanzar por la luz de Jesús, que también una y otra vez, nos alcanza, nos ilumina, nos reconcilia con Dios.


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