Si estuviéramos en los zapatos de estos niños definitivamente nos sentiríamos en aprietos. Y es que tratar de explicar como son los colores a una persona que en su vida ha tenido la experiencia de ver es realmente un desafío y exige mucha creatividad y audacia. Sin embargo, los niños siendo así de espontáneos, libres y recursivos, nos enseñan mucho de cómo tener una actitud así frente a la vida.

Quiero aprovechar este video para hacer una analogía con la manera en la que estamos llamados hacer apostolado. Comprendo que les pueda resultar extraña esta comparación, pero cuando les exponga algunos de los aspectos que me hicieron reflexionar estos niños, quizá me van a entender.


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1. Antes que nada, creatividad

¿Cómo enseñar a alguien que nunca ha visto cómo es la realidad que nosotros sí vemos? Evidentemente esta situación rompe los esquemas y los paradigmas establecidos.

Todos los que cotidianamente hacemos apostolado nos sentimos a veces exigidos ante realidades que no aparecen en ningún manual de pastoral, ni en ninguna otra referencia conocida. Y es que la vida y la realidad humana es dinámica, cambiante, sorprendente. También cada época, lugar, cultura trae consigo novedades, diferencias que exigen que nuestra manera de hacer apostolado sea creativa y se adapte a estas realidades. No podemos apegarnos a una manera rígida, como diciendo “así siempre se ha hecho” Recordemos que al ser apóstoles estamos buscando transmitir el mensaje del Evangelio, la Palabra de Jesucristo, que no es letra muerta, sino que es palabra viva que busca llegar a los corazones de cada persona, en su unicidad y en su carácter particular.


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Cada persona a la cual buscamos llegar con este mensaje es un mundo distinto, con unas características propias, con unas necesidades particulares que nos lleva a reflexionar: ¿Cómo puedo llevar este anuncio a esta persona?

Nos servirá mucho el testimonio de san Pablo, apóstol del Señor por excelencia, con muchos talentos y ardor para anunciar el Evangelio. Él decía unas sabias palabras: “Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. Con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos; con los que están bajo la Ley, como quien está bajo la Ley – aun sin estarlo – para ganar a los que están bajo ella. Con los que están sin ley, como quien está sin ley para ganar a los que están sin ley, no estando yo sin ley de Dios sino bajo la ley de Cristo. Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo” (Cor 9,19-23).

2. No somos los únicos protagonistas

Ante un reto de gran magnitud puede venir la experiencia de limitación, de sentirse incapaz de asumir la tarea. Me imagino que para estos niños debe haber sido más fácil si pudieran pedir ayuda a alguien más que les ayude a comunicarse con la persona ciega. Cuando nos situamos ante una experiencia de apostolado que nos exige, nos conviene recordar que nosotros no somos los protagonistas ni los que debemos saber todo, ni ser el centro de esta misión. No olvidemos que ser apóstoles es ser enviados, ser seguidores, de Aquel que nos invita a anunciarlo. Tampoco debemos olvidar que somos conducidos en esta labor por el Espíritu Santo, que nos alienta en medio de las dificultades, que nos proporciona sus dones, entre ellos la sabiduría, la ciencia para ser capaces de romper con las rigideces o con los afanes de querer brillar más nosotros que pueden terminar por apagar el fuego de la Palabra divina.

«¡Anunciad la Palabra con toda claridad, indiferentes al aplauso o al rechazo! En definitiva, no somos nosotros quienes promovemos el éxito o el fracaso del Evangelio, sino el Espíritu de Dios. Los creyentes y los no creyentes tienen derecho a escuchar inequívocamente el auténtico anuncio de la Iglesia. Anunciad la Palabra con todo el amor del Buen Pastor, que se da, que busca, que comprende» (Juan Pablo II).

3. Jesús nos enseña con reverencia

Hay una historia sobre Jesús con la cual yo me he sentido muy identificado, la de Jesús cuando se encuentra con un ciego. Lo que me parece más significativo es que Jesús le pregunta sobre lo que necesita, es decir lo tiene en cuenta a él. Se abaja y se acerca a su realidad. Jesús hubiera podido identificarlo como ciego y curarlo sin más de su ceguera, pero Él se aproxima con una característica que es muy importante para ser buenos apóstoles: la reverencia. Es una actitud que reconoce quién es el otro, cuales son sus circunstancias y su realidad. Me daba un poco de risa cuando los niños trataban de explicar los colores al ciego con sus propias ideas de las cosas: “este color es como esta fruta o como este objeto” no recordando que él no había visto nunca. A veces en nuestro apostolado no somos tan reverentes y aunque sin mala intención pretendemos ofrecer al otro lo que creemos que necesita o de la manera que pensamos es mejor para él, pero no consideramos primero quién es aquel que tengo en frente mío, que espera, qué necesita.

4. Para conducir a un ciego, primero debemos curar nuestra ceguera

Si queremos mostrar a otros cómo es la realidad y el camino, es preciso que nosotros veamos primero con claridad. Nosotros también a veces estamos un poco ciegos, es decir andamos como desenfocados. Por ejemplo, podemos estar ciegos ante nosotros mismos, dejamos de ver quiénes somos auténticamente y no vivimos de acuerdo con ello. La ceguera nos lleva tantas veces por la vida a caminar a tientas, con temores, con inseguridad, sin saber por dónde ni hacia dónde ir. También se oscurece nuestra mirada para ver que el mundo nos necesita, que necesita que tengamos luz en nuestra vida, la luz del Señor que es la que puede iluminar otros corazones. Es entonces que debemos buscar la ayuda y la medicina para que podamos ver y así poder guiar a otros. Si no estamos nosotros bien primero esto se verá reflejado en cómo guiamos a los otros. No se puede dar aquello que no tenemos. Con humildad reconozcamos que también necesitamos ver, necesitamos ser curados e iluminados con la Luz del Señor y así seguir siendo testigos de esta Luz e iluminar el mundo que tanto lo necesita.

«No somos nosotros los que salvamos las almas, empujándolas a obrar el bien: somos tan sólo un instrumento, más o menos digno, para los designios salvadores de Dios. Si alguna vez pensásemos que el bien que hacemos es obra nuestra, volvería la soberbia, aún más retorcida; la sal perdería el sabor, la levadura se pudriría, la luz se convertiría en tinieblas» (San Josemaría Escrivá).