Fui hija única casi toda mi infancia, les llevo 10 años a mis hermanos menores. Durante ese tiempo escribí, en Navidad, una sola carta a Papá Noel, la que repetí por varios años: «por favor dile a Dios que me mande un hermano». Y mientras ese tiempo sin hermanos transcurría, un amigo imaginario apareció en mi vida. Jugábamos a todo, le daba de comer, le contaba cuentos, lo llevaba en la parte trasera de mi triciclo, lo acostaba por las noches, mirábamos televisión juntos. Eran tardes divertidísimas, mi mente (gracias a Dios) fue lo suficientemente ingeniosa para que esa soledad pasara casi desapercibida. Aún así, con mis tardes llenas de juegos, nada se comparaba a las tardes que pasaba con mamá y a los domingos de fútbol con papá (hasta ahora amo el fútbol y mi papá es el mejor jugador de toda la historia).


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Este video, comercial de IKEA ha ocasionado que viaje en el tiempo hacia esa época. Y recordar que para un hijo, por divertido que sea un juego, no hay nada mejor que estar con sus padres y jugar con ellos, sobre todo cuando son niños pequeños. Y aunque parece sencillo, ahora que soy madre no resulta tan fácil, hay tantas cosas que hacer que el tiempo para jugar a ratos nos parece inútil. Hemos adquirido la mala costumbre “de adultos” de tomarnos hasta el juego en serio y de pronto empezamos a planificar, a hacer horarios, a mandar o a dirigir. A la hora de sentarnos con nuestros niños no entendemos lo que pasa y de pronto un grito de frustración interrumpe la paz: “Así no es el juegooooo”, el llanto empieza, desesperados perdemos la paciencia y toda la buena intención se van por la borda. La parte teórica suele ser muy fácil de incorporar pero a la hora de pasar a la práctica, las dificultades afloran.

Los padres podemos crear, intencionalmente, los mejores recuerdos para nuestros hijos. Si solo aprendemos a escucharlos y a seguir el juego y no imponerlo, e inculcar el sentido del humor para superar cualquier dificultad. A veces estamos tan centrados en que nuestros hijos aprendan y hagan las cosas “bien”, que corregimos sin cesar y nos olvidamos de observar, de conocer, de escuchar, de reírse de uno mismo y de amar incondicionalmente.

En el juego podemos conocer tanto de lo que nuestros niños están aprendiendo. e incluso evaluar cómo lo estamos haciendo como padres. “Ahora tú eres la bebé y yo la mamá”, “Ven que te voy a tapar para que no te de frío”, “Cuidado que eso no se hace, mamá se enoja”. Sus diálogos representan lo que de nosotros (y de otros) han aprendido. Jugar con tus niños no es una pérdida de tiempo es un momento ideal para conocerse, para reír juntos y hacerlos sentir amados.


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«Concédeme la gracia de comprender las bromas, para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás» (Santo Tomás Moro).