Si la exhortación que este video nos hace es apremiante en su acepción “literal”, más aún lo es en su acepción o sentido “alegórico-espiritual” ¿Qué quiere decir esto? Que en realidad el peligro más grande para nuestra generación indoor no es tanto, ni solo, la de vivir “encerrados” en nuestras casas “materiales”, cuanto, y por sobre todo, la de vivir “aislados” en nuestras moradas “espirituales”, o en otras palabras, la de quedarnos ensimismados o atrapados en nuestro mundo interior. Mucho más nefasta que la enfermedad física es la enfermedad espiritual. La primera tiene consecuencias que se zanjan en la tierra, la segunda en cambio, que se proyectan hacia la eternidad.

Cuando nos quedarnos entrampados en nosotros mismos, en nuestros miedos y proyecciones, en nuestras especulaciones y cálculos, en nuestros gustos y caprichos, acabamos por olvidarnos de los demás y también de Dios. De este modo, nos replegamos sobre nosotros mismos y nos quedamos sitiados en nuestras “casas de vidrio” (por usar la imagen del video), volviéndonos ignorantes de la verdad, porque dejamos de entablar una relación de comunión auténtica con los demás (y con  Dios). Dejamos de re-conocerlos (a Dios y a nuestros hermanos). Dejamos de amarlos. Y nadie ama lo que no conoce. Nadie conoce de verdad lo que no ama. Por eso, sin amor nos volvemos desmemoriados, ignorantes e indolentes hacia ellos, y también hacia nosotros mismos (o viceversa).

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La mayoría de las veces las barreras físicas que utilizamos para protegernos del mundo exterior no son más que el reflejo o la expresión material de una barrera interior. Hay que admitir, aunque no nos justifica, que tantas de estas últimas surgen como inofensivas, y a veces inconscientes, maniobras espirituales para circundar o proteger dentro de nosotros una zona o parcela que consideramos delicada y sensible, ora porque allí hemos sido heridos, ora porque creemos que podríamos serlo, ora por tantos otros motivos que solo el buen Dios conoce y solo Él nos puede revelar. El asunto es que tarde o temprano estas “cercas” acaban por convertirse en barricadas o trincheras, en el mejor de los casos; o en verdaderos castillos, en el peor (algunos tan enmarañados como aquel famoso castillo de kafkiana memoria).

Cuando esto sucede, los tesoros, dones o gracias, se quedan atrapados en los laberintos que hemos creado dentro de nuestro corazón y entonces no regresan a Dios (ni a los hermanos). De esta manera bloqueamos el movimiento natural del amor que debería fluir y desbordar como una vertiente de agua fresca; aquí de modo opuesto el agua se estanca, creando un clima cargado de pesantez y humedad que nos sumerge y sofoca, atrayendo además esas polillas y ese moho que todo destruyen, o invocando la llegada de esos ladrones que perforan las paredes para robar (Cfr. Mt6,19-23).

Estos “lugares” se convierten además en espacios donde solo nuestro “ego” reina y por ende donde tarde o temprano todo gira en torno a nosotros; lo cual es el presupuesto de la soberbia: entendida como la actitud de no querer dejar entrar y reinar a Dios. Cuando entramos ahí caemos en el hechizo de nuestra propia imagen, es decir, en un egocentrismo que no confía ni se asienta en la seguridad del amor. Entonces por gozo o rabia, auto-exaltación o auto-humillación que sea, se convierte en la crónica de una muerte anunciada: muerte por asfixia o ahogo como decíamos, así como le sucedió a Narciso cuando ya no podía escuchar ni siquiera el eco del amor.

Otro de los problemas graves que estos lugares “protegidos” acarrea, es que pueden volverse inaccesibles e impenetrables incluso para nosotros mismos. A veces porque aun cuando podemos, ya no queremos abrirlos, debido a que bajar las barreras implicaría ser otra vez vulnerables, y por ende susceptibles a ser heridos y sufrir; en el fondo el miedo ante el sufrimiento nos paraliza (aquí la imaginación juega un rol importante porque se encarga de proyectar lo peor); o incluso puede deberse a una simple pereza que nos impide asumir todo el esfuerzo y el sacrificio que implicaría desmontar los blindajes de la puerta que se han vuelto demasiado pesados a lo largo de los años. Otras veces, en cambio, aun cuando queremos ya no podemos, sea porque hemos olvidado donde dejamos la llave de ingreso (removemos ciertos recuerdos de nuestra memoria), sea porque el laberinto se ha vuelto tan intrincado que nos perdemos cada vez que intentamos volver a buscar el centro del problema o la salida (nos falta ese hilo de Ariadna, o sea, la gracia del amor de Dios que nos conduce). Así los espacios que creíamos dominar y poseer, paradójicamente nos esclavizan, bloqueándonos, llenándonos de mecanismos defensivos, reduciendo nuestra libertad cada vez que tratamos de entablar una relación de plena comunión con los demás y con Dios. No se puede donar lo que no se posee, o conoce, de uno mismo.

Nuestra sociedad, altamente tecnologizada, no favorece este tipo de autoconocimiento y autotrascendencia en el amor. Más bien, como han notado bien algunos pensadores, nuestra sociedad tiende a favorecer el solipsismo (termino acuñado del latín “[ego] solus ipse” o “solus ipse sum”, que se puede traducir con “solamente yo existo” “solo yo soy”). Esta generación denominada por algunos sociólogos la generación “me, me, me” (yo, yo, yo), se caracteriza por la fuerte tendencia al narcisismo, al individualismo y a la soledad; actitudes que vienen potenciadas por las nuevas tecnologías y que llevan a la falta de sentido, al tedio y a la depresión.

Quien desafiando esta tendencia se arriesga y sale de sus “zonas seguras”, para volver a la comunión con Dios y con los demás, recibe el premio del conocimiento de su identidad y de su misión, que solo se manifiestan en la comunión. Encerrarse es impedir esta revelación. Repitámoslo: la verdad más profunda de nosotros mismos no se genera tanto por el concepto del juicio, cuanto por el contacto de la comunión. La verdad, en ese sentido, no es tanto elucubración de la mente (finos razonamientos y silogismos), cuanto unión místico-afectiva con Dios y con los demás. Encerrarse es impedir la posibilidad de ese encuentro. Abrirse a la contemplación del rostro amado colma la mente con el resplandor de su belleza y el corazón con la dulzura de su bondad.

La manera más eficaz para conseguir esto, es pedirle al buen Dios la gracia para que abra otra vez una hendidura en nuestros espacios petrificados para que vuelva a entrar su luz divina y los convierta en espacios de carne (Ez36,26). Dios no tardará en responder. Poco a poco hará caer nuestras barreras, desnudándonos para darnos un conocimiento puro de su amor. Este proceso al inicio nos hará sufrir. Nadie soporta la luz del sol cuando ha pasado demasiado tiempo encerrado en la oscuridad. Aceptar este dolor, es la condición de posibilidad de la muerte personal… esa que porta mucho fruto («si el grano de trigo no cae en tierra y muere» Jn 12,24). Es inevitable, pues sin vulnerabilidad, sin sufrimientos y sin heridas no hay belleza ni humildad posibles; y sin belleza ni humildad, no surge la aceptación del amor como salvación.

El encierro tiene sus días contados, si nos dejamos tocar por la luz de Dios. Necesitamos de ese amor que devuelve el respiro amplio del espíritu. Necesitamos de esa agua fresca que vuelva a irrigar los desiertos de nuestro interior. Nuestra generación muere sofocada por falta de aire, muerte sedienta por falta de agua, es decir, muerte por falta de amor. El mundo virtual no soporta las heridas, ni la vulnerabilidad, por el contrario nos invita a atrincherarnos y a esconder estos espacios detrás de imágenes irreales de perfección, allí donde la misericordia (que solo puede tocar lo que es real) no puede hacer nada. Ante nuestros miedos e inseguridades, ante la posibilidad de ser heridos y juzgados, Dios nos conforta y nos invita a no temer, nos invita a salir otra vez a buscar como la cierva las corrientes de agua (Sal 42), pues nos asegura:

«No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros» (Mt 10, 28-30).