”banner_academia”

Tengo la sensación de que, en general, somos muy tozudos. Tozudos, que no tenaces, tozudos en lo que se refiere a nuestra flexibilidad para obrar distinto o para considerar otras formas de actuar.

Hemos aprendido a hacer las cosas a nuestra manera, y lo que perturbe nuestra forma de obrar es, muchas veces, un atentado contra nuestra esencia.

Recuerdo una experiencia de misión en la que estuve colaborando con los jóvenes de una parroquia en Centroamérica. La lluvia en aquella época embarraba las calles con frecuencia y dificultaba el ritmo habitual de la población.


”banner_academia”

Una tarde, teníamos programada una reunión juvenil de sector, y llovía. Pero yo estaba dispuesta a asistir, la lluvia nunca había sido una dificultad en mi vida diaria.

La gente del lugar me recomendó suspenderla, indicando que muchos jóvenes no asistirían por las dificultades derivadas. No me importó, mantuve la reunión, me prestaron un paraguas y salí de la casa donde me alojaba dispuesta a superar cualquier adversidad.

El camino no fue fácil

Como imaginareis, el camino no fue fácil: el barro me alcanzaba las rodillas, tardé más de lo previsto, y cuando llegué… allí no había nadie.

Me senté en un banco de la casa donde habíamos quedado, y lloré un poquito. Me dio mucha rabia que aquellos jovencitos no me tuvieran en consideración.

Pasó el padre Gildo frente a la casa, y se sentó a mi lado. Me desahogué con él: le expliqué que en mi país la lluvia no es un problema, que solo hay que ser previsor y que no se podía parar el mundo cada vez que cayeran cuatro gotas.

Él, cogió mi paraguas y mirándome con una sonrisa me dijo:

«El corazón, como los paraguas, solo es útil si se abre»

Eso todavía me sentó peor, ¿así que la culpa era mía? Tardé algunas semanas en entender mi tozudez. Dejarse llevar, dejarse mecer… ¡Nos cuesta tanto!

También nos pasa con las personas. Sobre todo cuando ejercemos alguna responsabilidad y coordinamos un grupo. Muchas veces tenemos clarísimo cómo proceder, y entonces viene alguien y nos propone algo distinto.

Y nos cuesta mucho ceder o dar una oportunidad a las ideas nuevas. Quizás tú te hayas sentido en el lugar opuesto: llegas nuevo a un grupo, pero nadie confía en ti.

O por el contrario, llevas mucho tiempo trabajando voluntariamente en algo, cambian al responsable y ya no cuentas para él o ella porque ha decidido crear un equipo nuevo, a su medida.

Recordemos que solo hay un plan

La grandeza del mensaje evangélico reside justamente en que solo hay un plan: el de Dios, y su plan es para todos.

No es un plan para los que toman mejores decisiones, para los que coordinan mejor, para los que aciertan siempre… es un plan para los que deciden sumar.

¿Y qué es sumar? Sumar es entender que no es tan importante hacerlo siempre bien cómo hacerlo entre todos.

La pregunta no es qué vamos a hacer o qué plan tenemos, sino ¿cómo haremos para que todos sumen? Y créanme que, cuando entendí esto, mi experiencia misionera empezó de nuevo, empezó de verdad.

No puedo más que agradecer tantas lecciones que recibí integrando, sumando, escuchando… abriendo el corazón. El paraguas prestado me hizo mejor.

En esta línea va el video que les comparto. Se trata de la campaña CoorDown para la contratación de personas con Síndrome de Down.

Verlo te hará entender mejor de lo que hablo, ¡te lo aseguro!

Abre tu paraguas

Ver el vídeo me hizo recordar la de cosas que nos perdemos cuando descartamos a alguien. A veces, no somos conscientes de haber descartado.

Pero pregúntate con quién ya no cuentas: ¿tus padres?, ¿aquel amigo que hizo algo que te disgustó?, ¿aquel compañero de trabajo que no estuvo a la altura?

¿Aquella compañera que últimamente no viene mucho a las reuniones?, ¿aquel joven que no dice más que disparates?

Haz que cada uno de ellos cuente, que cada uno de ellos sume de nuevo, y házselo saber: déjate llevar, flexibiliza tus planes y descubrirás cómo estos se enriquecen cuando todos suman.

Cada vez que llueve, pienso en el padre Gildo y en aquel paraguas prestado. Mientras escribo estas líneas está lloviendo y el día ha despertado gris.

Tenía planes, como salir a correr, pero los pospondré. Llevo un rato pensando en cómo adaptarme a la nueva situación y me vienen a la cabeza ideas maravillosas.

Quizás, finalmente, no es tan mala idea que hoy me quede en casa. Quizás si hoy me dejo llevar un poco el día gris se llene de color.

Artículo elaborado por Blanca Serres.

¿Cómo acoger al que es diferente? ¡Un video genial!