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La liturgia del Domingo de Ramos nos introduce ya en la Semana Santa, y asocia dos momentos radicalmente contrapuestos, separados tan solo por pocos días de diferencia:

La acogida gloriosa de Jesús en Jerusalén y su implacable ajusticiamiento en el Gólgota. El «hosanna» desbordante de fervor y el despiadado «¡crucifícalo!».

Nos preguntamos sorprendidos: ¿qué pasó en tan breve lapso de tiempo?, ¿por qué este cambio radical de actitud?


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¿Cómo es posible que los gritos jubilosos de «hosanna» (es decir: sálvanos) y «bendito el que viene» con que reconocían y acogían a Jesús, se trocasen tan pronto?

¿Por qué se convirtieron en insultos, burlas, golpes, interminables latigazos y en un definitivo desprecio y rechazo: «¡A ese no! ¡A Barrabás!… a ese ¡crucifícalo, crucifícalo!»?

¿Por qué ocurrió esto?

Una explicación sin duda es la manipulación a la que es sometida la muchedumbre, como sucede también en nuestros días.

Quien carece de sentido crítico tiende a plegarse a la «opinión pública», a «lo que dicen los demás», dejándose arrastrar fácilmente en sus opiniones y acciones por lo que «la mayoría» piensa, dice o hace.

¿No hacen lo mismo hoy muchos enemigos de la Iglesia que hallando eco en los poderosos medios de comunicación social presentan «la verdad sobre Jesús» para que muchos hijos de la Iglesia griten nuevamente: «crucifíquenlo» y «crucifiquen a su Iglesia»?

Como en aquel tiempo, también hoy la opinión pública es manipulada hábilmente por un pequeño grupo de poder que quiere quitar a Cristo de en medio (ver Lc 19, 47; Jn 5, 18; 7, 1; Hech 9, 23).

Es momento de reflexionar humildemente

La asombrosa facilidad para cambiar de actitud con respecto a Jesús no debe hacernos pensar tanto en «los demás», o señalar a ciertos grupos de poder para sentirnos exculpados, debe hacernos reflexionar humildemente en nuestra propia inconsistencia.

¿Cuántas veces arrepentidos, emocionados, tocados profundamente por un encuentro con el Señor, convencidos de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas de felicidad, de que Él es el Señor, hacemos todo lo contrario?

En un inicio le abrimos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón, lo acogimos con alegría y entusiasmo, con palmas y vítores. Pero pocos días después lo expulsamos y gritamos «¡crucifícale!» con nuestras acciones y opciones opuestas a sus enseñanzas?

¿Cuántas veces preferimos al Barrabás de nuestros propios vicios y pecados?

El Domingo de Ramos nos hace pensar en lo fácil que nos dejamos influenciar

¡También yo me dejo manipular por las voces seductoras de un mundo que odia a Cristo y busca arrancar toda raíz cristiana de nuestros pueblos y culturas forjados al calor de la fe!

¡Me dejo influenciar por las voces engañosas de mis propias concupiscencias e inclinaciones al mal!

¡También yo me dejo seducir por las voces sutiles y halagadoras del Maligno que con sus astutas ilusiones me promete la felicidad que anhelo a cambio de ofrendarle mi vida a los dioses del poder, del placer o del tener!

Y así, ¿cuántas veces, aunque cristiano de nombre, grito con mi pecado: «¡A ese no! ¡elijo a Barrabás! ¡A ese sácalo de mi vida! ¡A ese crucifícalo!?

Seamos fieles en los pequeños detalles

¡Qué importante es aprender a ser fieles hasta en los más pequeños detalles de nuestra vida, para no crucificar nuevamente a Cristo con nuestras obras!

¡Qué importante es desenmascarar, resistir y rechazar aquellas voces que quieren ponernos en contra de Jesús, para en cambio construir nuestra fidelidad al Señor día a día con las pequeñas opciones por Él!

Esforcémonos por fortalecer nuestra amistad con Él mediante la oración diaria y perseverante.

De lo contrario, en el momento de la prueba o de la tentación, en el momento en que escuchemos las «voces» interiores o exteriores que nos inviten a eliminar a Jesús de nuestras vidas, descubriremos cómo nuestro «hosanna» inicial, se convertirá en un traicionero «crucifícalo».

El Domingo de Ramos nos invita a pensar: ¿Qué elijo yo?, ¿deseo ser fiel al Señor hasta la muerte o cobarde como tantos?

¿Me conformo con señalar siempre como una veleta en la dirección en la que soplan los vientos de este mundo que aborrece a Cristo o me esfuerzo por ayudar a otros a descubrir su amor?.

Domingo de Ramos: ¿qué sucedió realmente ese día?