Hasta 2016, se calculó que los habitantes de la tierra sumamos 7,442 miles de millones. Si vamos más allá y hacemos cálculos de cuántos factores deben juntarse a la vez para que una persona nazca en el lugar y el tiempo precisos, entenderemos que nuestra existencia no es ninguna coincidencia; tenemos un porqué y un para qué.

En los tiempos que corren, parece ser que todo está estandarizado y que, si no formamos parte de la ‘cultura’, las modas y una forma de vida que al parecer todos llevan, no estamos en nada. Además, hay etapas de la vida y ambientes específicos en los que podemos sentir que desentonamos, tal como la nota blanca de este video producido en 2005 por la estudiante Jiyoon June Park del Ringling College of Art & Design. Y aunque nos esforcemos por ser igual de ‘normales’ que las notas negras, parece que no lo logramos. Pero qué tal si damos un paso atrás y nos preguntamos: ¿es necesario ser igual a todos para entonar bien?


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El Papa Francisco en una de sus catequesis en la Plaza de San Pedro, hace la analogía de la Iglesia con una gran orquesta en la que «no somos todos iguales y no debemos ser iguales. Cada uno ofrece lo que Dios le ha dado».           

Es así como la nota blanca, a pesar de haber sido rechazada e incluso haber estado en un tacho de basura, descubre que la peculiaridad de su tono es la que da valor a la orquesta, y se abre paso entre sus compañeras con valentía, para armonizar la partitura musical con su propio tono, haciéndola única e irrepetible.

Otro punto importante a considerar es que el valor de la nota blanca no se encuentra solo en que es diferente y por eso deber ser incluída en la melodía. La nota blanca es importante porque ha encontrado su lugar perfecto en la pieza que todas juntas interpretan. Prima el bien común y la armonía de la creación musical, porque cada nota es lo que tiene que ser.


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Es por eso que es necesario que cada uno de nosotros revaloricemos lo que somos y que, aunque quizás no seamos como los demás, estemos conscientes de lo maravilloso que es ser diferentes. Recordemos que hemos sido creados con tres intenciones principales: para amar, para el encuentro y para cumplir una misión. Cada uno con sus dones, sin importar el grupo de la Iglesia al que pertenezca o sus habilidades, así como la orquesta tiene armonía por la diversidad de sus instrumentos, también la vida de la Iglesia encuentra su riqueza en la diversidad.

«Recuerda siempre que eres absolutamente único, al igual que todos los demás» (Margaret Mead).