Este artículo no les va a acercar el análisis de un importante tema teológico, tampoco un recurso que nos permita fortalecer algún aspecto de nuestra vida cristiana; menos aún traerá al presente algún episodio de la vasta historia de nuestra Iglesia. Sin ser alguna de estas cosas, lo que aquí les vamos a proponer es un hábito de extrema importancia para la evangelización en los tiempos que corren: les proponemos desarrollar el sentido crítico y aprender a dudar.

La duda, si no se empantana en el escepticismo, siempre nos pone en el camino del conocimiento y, consecuentemente, nos guía a la verdad. La duda surge cuando no percibimos razón suficiente para afirmar o negar algo y optamos por suspender –momentáneamente- el juicio afirmativo o negativo frente a dos versiones contradictorias.


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Decíamos que la duda no es el escepticismo. No existe tal cosa como una duda universal y permanente, porque hay conocimientos indudables de los que no podemos prescindir. Incluso si pretendemos dudar de todo, partimos de la certeza de que todo ha de ser objeto de duda. ¿Acaso podemos dudar de que estamos dudando sin ejercitar la duda?

Esta breve introducción vale para decir que, por paradójico que parezca, la duda es una actitud “metodológica” que debemos entrenarnos a ejercitar –quizás especialmente los católicos–  sobre todo en estos tiempos de torbellinos informativos y proliferación de “fake news”, argumentos que multitudes repiten y estadísticas que se invocan irresponsablemente. Cuando decimos que la duda es un estado momentáneo de la mente humana nos referimos a que es el primer paso para acercarnos a la verdad. El segundo paso es buscar la certeza a través de un método, aquel camino que nos permite llegar a un conocimiento cierto respecto de una cosa. Esto, por más técnico que parezca,  es válido no solo para las ciencias sino especialmente en nuestra experiencia cotidiana.

Si te dijéramos que la ley más injusta y aberrante de la historia surgió de una gran farsa, ¿nos creerías? Escuchemos a su protagonista.


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Norma McCorvey, más conocida como Jane Roe, recurrió en el año 1970 a dos abogadas estadounidenses para obtener el permiso de abortar un embarazo, alegando que se había gestado producto de una violación. Con tal objetivo, las abogadas presentaron una demanda ante el Estado de Texas -cuya legislación prohibía el aborto- para que la representada pudiese realizarse esta práctica. El fiscal del distrito encargado del caso, cuya posición era contraria al aborto, se llamaba Henry Wade, de allí el nombre del caso Roe vs. Wade. Ante la negativa del tribunal del distrito de restringir la legislación pro-vida, el caso fue apelado hasta que en el año 1973 la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos falló a favor de la petición de Jane Row y sus abogadas, alegando que la Decimocuarta Enmienda de la Constitución estadounidense -en donde se preservaba especialmente el derecho a la privacidad- podía ser interpretada a favor de la libertad para realizarse un aborto. Como se considera que la Constitución está por encima de la legislación que puedan darse los estados, se determinó que ningún distrito podría legislar en contra de la resolución de la Corte. El aborto se había legalizado aunque en la espera de la resolución del caso, Jane Row había dado a luz y puesto en adopción a su hija.

Sin embargo, en 1995, Norma McCorvey se manifestó arrepentida de su actuación y confesó que durante el juicio había declarado falsedades. Según sus propias palabras, las dos abogadas que la representaron buscaban un caso que permitiera abolir la prohibición del aborto en el Estado de Texas. La violación había sido un invento para generar polémica.

De este engaño urdido para movilizar emocionalmente a la población estadounidense surgió la legalización del aborto y, a pesar de que hoy podemos conocer la verdad detrás de aquel episodio, el daño ya está hecho: 59.115.995 abortos han sido realizados en Estados Unidos desde 1973 (según estadísticas de 2017 de la organización estadounidense NationalRight to Life) y numerosos países han aplicado o pretenden aplicar una legislación similar. ¿Qué piensas de estas cifras? No te quedes con esta versión, busca y cuestiona estos datos. De este ejercicio no podrá aflorar otra cosa que la verdad.

Este caso nos interpela y nos lleva a preguntarnos, ¿cuestionamos suficientemente las estadísticas, noticias y datos que hoy se nos ofrecen en medios masivos de comunicación y redes sociales? ¿Cuán cierta es la avalancha de información que nos llega diariamente? ¿Acaso no podrían repetirse las mismas operaciones como las que nos descubre el video? ¿Cuántas cosas de las que afirmamos a diario tienen sustento? Aquí queremos compartirte algunas sencillas prácticas que pueden ayudarte a confeccionar tu propio método crítico para evaluar la información y facilitarte el reconocimiento de la verdad.

1. Un ejercicio de imparcialidad, el extrañamiento

Para ejercitar un buen sentido crítico lo primero que se necesita es hacer un “extrañamiento”. ¿Qué es esto? No es más que hacerse extraño a las propias convicciones y creencias al momento de analizar una información, intentando que nuestra propia subjetividad no nos haga rechazar o hacer propio algún dato porque ataca o representa lo que creemos. Atención, de ninguna manera implica esto relativizar nuestros principios sino solo suspenderlos momentáneamente para evaluar los datos con toda la objetividad que podamos conseguir.

2. A usar la lupa: evaluar la información

Este paso es todo un desafío por la cantidad y diversidad de información que recibimos cada día. Intentaremos dar algunas recomendaciones generales. Pensemos primero en las noticias. Ante una determinada información sería importante habituarnos a distinguir las fuentes que se utilizan. Una fuente es la persona particular o institución que proporciona una información, y a la que recurren los periodistas para obtener datos. Convencionalmente se estipula que una noticia debe dar al menos tres fuentes que ratifiquen la misma versión sobre un hecho para considerar creíble un dato. Por ello, al leer una noticia sería conveniente hacernos las siguientes preguntas: ¿A cuántas fuentes recurrió el periodista para validar una determinada información? ¿Cuáles y quiénes son esas fuentes? ¿Son creíbles u objetivas?

Otro tipo de información que recibimos son las estadísticas o estudios científicos. Estos, por lo general, responden a alguna investigación realizada por alguna institución. Si esta última no se cita, suficiente motivo para descartarla. Caso contrario, ¿Qué institución realiza el estudio? ¿Es confiable? ¿Cómo se ha realizado? ¿Explicita la forma en que se ha hecho la investigación para que podamos juzgar sus resultados? Quizás parezca demasiado pretensioso tener aptitudes para evaluar las diferentes estadísticas o investigaciones que leemos, pero con algunos de estos recaudos ya es suficiente para desmontar muchos de los falsos datos que circulan por Internet.

Por último, quizás leamos argumentos de un debate o polémica en torno un problema. Importante: ¿qué se dice a favor y en contra en las posturas que se enfrentan? ¿Cómo validan sus afirmaciones? ¿Qué consecuencias se desprenden de aquellas interpretaciones?

3. Seguir el hilo para llegar al emisor

Ya hablemos de una noticia, estadística o argumento, siempre hay un emisor a través del cual se nos hace llegar la información, e incluso puede haber varios intermediarios. En todo caso, es conveniente estar siempre prevenidos y hacer una crítica de quién dice determinada cosa. ¿Quién es el medio o la institución que publica la información? ¿Qué otras noticias o investigaciones han publicado o realizado? ¿Se desprenden de estas algún interés particular por destacar ciertas temáticas en particular? Un ejercicio como este nos permitirá orientarnos respecto a la ideología del emisor.

4. Cotejar otras fuentes confiables, una red de credibilidad

Cuando llegamos al conocimiento de alguna información que nos parece poco creíble, nos sorprende o nos conmueve para bien o para mal, un sano hábito es recurrir a otros medios de información para chequear los datos. Esto vale principalmente para las redes sociales donde circulan  las más grotescos  inventos como cosas indudables como para sitios de apariencia seria. Aunque no hay certeza absoluta, porque hasta los medios de comunicación más respetables se replican unos a otros, con una simple búsqueda en Internet podemos relevar si otros medios se han hecho eco de una información y evaluar cómo la tratan los más confiables.

5. Una vista panorámica: analizar el contexto

Un recurso para obtener datos extra sobre una información es ponerla en el contexto y evaluar en qué clima o atmósfera de ideas se da una noticia, estudio científico o estadística. Este tipo de lectura puede brindarnos otro panorama sobre la intencionalidad que puede tener un dato en relación con otras versiones pronunciadas en otros ámbitos (medios de comunicación, organizaciones no gubernamentales o internacionales, etc.), pero que pueden tener el objetivo de crear artificialmente un determinado ánimo social. Así, podremos percibir si existe una intencionalidad en destacar –a veces inventar- determinado aspecto de un hecho para que le demos una representatividad que en verdad no tiene.

Y finalmente, una última recomendación…

6. ¡Cuidado con los eufemismos!

Un eufemismo es emplear una  forma decorosa o suave para pronunciar una expresión que dicha de un modo directo sonaría más chocante. ¿Por qué hay que prestar atención a estas expresiones? Porque en muchos casos ocultan intencionalmente la inmoralidad de determinadas prácticas dotándolas de una apariencia inocente. Un claro ejemplo es el empleo del concepto “interrupción voluntaria del embarazo” para referirse al aborto, pretendiendo darle un barniz de normalidad a la aniquilación de una vida humana.


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