¿Por qué Dios permite el mal? Antes de dar una respuesta, quisiera zanjar una cuestión, a saber, que aun cuando los argumentos del video son claros y verdaderos, tienen de contundentes lo que no tienen de atractivos. No se me malentienda, creo que la apologética (apo-logos) es siempre sana y necesaria, no por nada el mismísimo San Pedro pedía: «Estad siempre prontos para dar razón (logos) de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere» (1 P 3,15); sin embargo, cuando se trata del mal y del sufrimiento, la cosa cambia un poco, porque cuando nos enfrentamos a nuestros dolores y heridas más profundos no hay muchos argumentos que resistan. Lo sabemos: no es fácil acoger este tipo de diá-logos cuando estamos heridos. Nos pasa un poco lo que le pasó, con justa razón, al justo e inocente Job que, ante un misterio tan oscuro, era incapaz de tolerar las razones demasiado claras y distintas de sus “amigos”. Por eso, creo que aquí la premisa es otra: para responder a esta pregunta es necesario ayudar a las personas a entrar en el misterio del amor. Ante el misterio del mal y del dolor más vale un abrazo que una palabra. En ese sentido, es muy recomendable rezar por quien sufre y ayudarlo a entablar un diálogo profundo con Dios (como hizo también Job), porque solo el misterio del amor esclarece el misterio del dolor. El mal nos perturba cuando nos hiere. Y las heridas en su raíz más profunda no son otra cosa que ausencia de amor; heridas que se curan no tanto por concepto cuanto por contacto. Repitámoslo, solo el amor puede revelarle al hombre el sentido profundo del mal, porque el mal tiene su fuente última en la distorsión, separación o ruptura del amor; y solo en el amor, el mal o ruptura (o pecado), es susceptible de transformarse en un bien.

Aclarado esto, quisiera añadir una razón más al por qué creo yo que Dios permite el mal; digo una razón más de todo lo ya dicho en el video: por el don de la libertad necesario para el amor, por los límites inevitables de nuestra condición de creaturas, etc. Me atrevo a decir de partida que el mal es terrible no tanto porque hiere cuanto porque dura en el tiempo, o en otras palabras porque se demora en sanar, cicatrizar y ser transfigurado en el amor. Si pudiésemos ver ya el resultado positivo nuestra percepción del mal sería otra, así como nuestra capacidad de soportarlo. Es en realidad en su duración que el mal esconde su máximo potencial. Todos hemos experimentado alguna vez que los males que nos hieren (o con los cuales hemos herido), una vez que son sanados por una experiencia de auténtica misericordia, se nos presentan, mirando hacia atrás, como grandes bendiciones, pues se convierten paradójicamente en la ocasión oportuna para abrirnos a la gracia y al perdón, para reconocernos frágiles y necesitados, para aprender a abandonarnos y a confiar, para apreciar y agradecer lo que tenemos con mayor profundidad («por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte», 2Cor12,10). Sí, gracias al horizonte de mayor significación del amor divino el mal puede ser asumido y transfigurado, volviéndose un verdadero punto de fuerza. La esencia del cristianismo radica en este misterio; esta es la paradoja que cantamos en Pascua: ¡Felix culpa! «Porque donde abunda el pecado sobreabunda la gracia» (Rom 5, 20) porque Dios hace que todo concurra (coopere) al bien de los que le aman (Rom 8,28). Es tan solo cuestión de tiempo. Es tan solo cuestión de perseverancia (que todo lo alcanza)… es decir, es cuestión de perseverar en el amor de Dios que esta re-conciliandolo todo en cada instante (o en su defecto, al menos de perseverar buscando, deseando, pidiendo esta reconciliación), con la confianza que Cristo ha ya vencido al mal y a la muerte, dando inicio a la transfiguración total de su Cuerpo (y de la creación entera). Podemos acceder como Pedro y Andrés a la contemplación anticipada de este triunfo final de la luz sobre las tinieblas. La mordacidad terrible de los sufrimientos y del mal pierden su consistencia ante este horizonte de eternidad («pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada», Rom8,18). Digámoslo una vez más, la muerte, el dolor, el mal, se eclipsan ante la luz de la resurrección. Cuando los males se soportan con paciencia y esperanza en el amor son progresivamente colmados por la presencia de Dios, y así vienen sanados y transfigurados, integrándose en una historia de salvación más ancha, en la que Cristo busca someter todo al Padre. Una historia que no se agota en nosotros, pues va más allá de nuestra existencia presente, dilatándose hacia el pasado y hacia el futuro, hacia las esferas más altas y aquellas más bajas, plenificando en la gloria el Cuerpo de Cristo Total; esa gloria de Dios que espera pacientemente llegar a ser todo en todos (1Cor 15,28).


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«Pues sabemos que la creación entera a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora. Y no sólo ella , sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8 22,23).