
Siempre se repite. Desde tiempos inmemoriales, la misma historia: un personaje normal, en un lugar mediocre, con una vida corriente, recibe una llamada a la aventura. Si la acepta, tendrá que dejar su hogar e iniciar un largo viaje. Por el camino le esperan dificultades, enemigos y peligros sin cuento. Si los supera, se hará más fuerte y maduro, alcanzará el objetivo del viaje y todo habrá valido la pena. Es el viaje del héroe. Como cada año, la Iglesia nos invita a emprender un viaje. No hace falta que abandonemos nuestras casas, ni que llevemos equipaje. Este viaje es espiritual, y todos lo conocemos como Cuaresma.
«(…) Es un viaje a través de la Cuaresma y… ¿hacia dónde viajamos? Hacia lo profundo del corazón de cada uno de nosotros. La Iglesia es la familia de los hijos de Dios y acompaña a cada uno de sus hijos, a cada uno de a nosotros, para que nos descubramos hijos de Dios, para que descubramos en lo profundo de nuestro corazón la raíz de nuestra dignidad: somos hijos de Dios. Podríamos decir que Cuaresma es un viaje a “lo secreto”, si usamos el lenguaje que Jesús usa en el Evangelio. Un viaje a lo secreto donde se ve el corazón del Padre, donde nuestro corazón se encuentra con el corazón de Dios, es decir, donde nos descubrimos hijos suyos. Es un viaje a lo profundo de nuestra verdad. Año a año, la Iglesia nos invita a emprender de nuevo este viaje» (Mensaje de monseñor Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta para el Miércoles de Ceniza, 25 de febrero de 2009).
1. La Cuaresma: un desafío para salir de la comodidad
Al igual que el viajero de las historias, también nosotros tendremos que abandonar nuestra comodidad y nuestra mediocridad, buscar un plan de Cuaresma que realmente nos cueste trabajo y nos lleve a mejorar como cristianos. Con nuestro ayuno y nuestra limosna, daremos el primer paso.
Como al héroe, nos esperan el Enemigo y el combate. Es el combate espiritual, la lucha contra lo peor de nosotros mismos. Para eso, deberemos “viajar” primero a nuestro propio interior, hacer silencio y preguntarnos honestamente en qué hemos pecado y cómo podemos cambiar. Quizás nos hemos acostumbrado tanto a alguno de nuestros pecados que somos incapaces de reconocerlos como algo malo, o los justificamos como parte de nuestra forma de ser.
O quizás debamos luchar contra los pecados “de siempre”, y descubrir qué nos lleva a cometerlos para atajarlos de raíz. Al igual que el viajero de las historias, también nosotros tendremos que abandonar nuestra comodidad y nuestra mediocridad, buscar un plan de Cuaresma que realmente nos cueste trabajo y nos lleve a mejorar como cristianos. Con nuestro ayuno y nuestra limosna, daremos el primer paso.
Como al héroe, nos esperan el Enemigo y el combate. Es el combate espiritual, la lucha contra lo peor de nosotros mismos. Para eso, deberemos “viajar” primero a nuestro propio interior, hacer silencio y preguntarnos honestamente en qué hemos pecado y cómo podemos cambiar.
Quizás nos hemos acostumbrado tanto a alguno de nuestros pecados que somos incapaces de reconocerlos como algo malo, o los justificamos como parte de nuestra forma de ser. O quizás debamos luchar contra los pecados “de siempre”, y descubrir qué nos lleva a cometerlos para atajarlos de raíz.
2. No estamos solos
Tendremos que buscar un momento en nuestra vida para dedicárselo al Señor: nosotros solos no podemos terminar este viaje. Él es a un tiempo el mapa, la fuerza y la meta.
Todos podemos renunciar a alguna distracción para pasar un tiempo con Cristo, leer su Palabra, meditarla y orar… más de lo que ya lo hacemos, o con más atención y amor. Puede que sea el momento de leer un libro espiritual, de visitar el sagrario con más frecuencia o de participar en el viacrucis.
La Biblia también nos habla de viajes: Abrahám, que abandona su tierra; el pueblo hebreo en su éxodo por el desierto; el hijo pródigo, que emprende el camino de vuelta a casa. El pecado nos aleja de Dios, y todos somos pecadores. La Cuaresma es el momento de ponerse en pie y «volver a Dios de todo corazón», como nos recuerda el papa Francisco:
3. Volver a Dios de todo corazón
La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor.
Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (Papa Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2017).
¿Emprenderemos el viaje?
Artículo escrito por Giovanni Martini.

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