Este video (aunque de forma chistosa y un poco sarcástica) nos pone frente a una pregunta fundamental: averiguar si yo soy el centro de mí mismo o si, en cambio, estoy volcado hacia fuera de mí, hacia arriba o hacia mi alrededor; aclararme si yo soy mi propio ídolo o si mi corazón es más grande que mis intereses; descubrir si mi felicidad la he puesto al servicio de una tarea más alta que mi propia vida y de la de otros, incluida la del Otro con mayúscula, que valoro como más importantes que yo; en una palabra: saber si mi vida y mi alma se alimentan de amor o de egoísmo.

«Esta es la gran apuesta en la que nos jugamos el «tamaño» de nuestras propias vidas. La primera opción —el egoísmo— conduce a la soledad; la soledad, a la amargura; la amargura, a la desesperación. La segunda —el amor— conduce a la convivencia; la convivencia, a la fecundidad; la fecundidad, a la alegría».


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Por eso, el primer gran descubrimiento es el de que el prójimo no es nuestro límite y menos nuestro infierno (como decía Sartre), sino nuestro multiplicador. Tampoco es, como nos dice el diablito del video, ese al que podemos sacarle provecho, ese al que podemos convencer para que termine haciendo lo que nosotros queremos. El prójimo es ese otro que me hace mejor, ese amigo por el que estoy dispuesto a renunciar.

«Vivir es convivir. Convivir no es semivivir, sino multivivir; no recorta, aumenta; no condiciona, lanza. Amar puede implicar alguna renuncia (o comenzar siendo una renuncia), pero siempre termina acrecentando. En rigor —como decía Gabriel Marcel—, “nada está jamás perdido para un hombre que sirve a un gran amor o vive una verdadera amistad, pero todo está perdido para el que está solo”».

Pidámosle a Dios la gracia de descubrir lo que en nuestra alma es realmente nuestro y lo que debemos a los demás. ¿Qué sería yo ahora sin todo lo que recibí de prestado de mis padres, profesores, hermanos, amigos? ¿Cuántos trozos de mi alma debo a lo que he leído, a los santos que me han inspirado, a las pinturas que me han abierto el horizonte y a las canciones que me han elevado el espíritu? ¿A tantos como me han querido y ayudado? No somos más que la suma del amor que podemos recibir de Dios y de los demás.


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Basado en un texto de José Luis Martín Descalzo.