Cuentan por ahí que después de que el Principito, mordido por una serpiente amarilla, dejó nuestra tierra, su amigo el zorro plantó en su jardín una docena de margaritas africanas del mismo color de la serpiente. ¿Por qué lo hizo? se preguntaron algunos. Hubo quienes decían que se trataba de un símbolo para no olvidarse de que la muerte llama improvisadamente a nuestra puerta. Otros afirmaron –y fueron confirmados más tarde por el mismo zorro– que lo hizo porque así no no tendría que esperar que germinasen los campos de trigo para recordar los cabellos dorados de su amigo, que ahora le susurraban desde otro mundo, acaso desde la eternidad.

Sabía además el zorro que esas flores eran muy resistentes y podían sobrevivir en suelos muy, pero muy pobres; incluso tiempos de sequía (calamidad que ese año parecía avecinarse). «Es necesario fortalecer la memoria en tiempos de prueba» –le repetía a menudo su padre–, y en esto el precavido zorro (que no quería por nada del mundo olvidar a su amigo) no escatimaba. De hecho había realizado muchas peripecias –sacrificios y significativos trueques– para asegurarse de obtener aquellas raras margaritas. Sabía eso sí, que todo tiene un límite, incluso para flores con un espíritu tan aguerrido como aquellas, sobrevivir un año entero sin agua era una batalla perdida.

«El agua es como el amor: ambos dan vida y nadie puede sobrevivir sin el mínimo indispensable», –le advertía siempre su madre– sobre todo cuando lo veía taciturno, seco y absorto en sus pensamientos. El pequeño (que tonto no era) rumiaba los sabios consejos de sus padres, y apenas tuvo un poco de independencia, buscó alguien que lo domesticara, porque no quería pasar la vida sobreviviendo, sino viviendo… y plenamente. Fruto de su ardua búsqueda, fue el don de la amistad que entabló con el Principito. De ella aprendió lo que significa volverse vulnerable, condición indispensable para amar y ser amado. Y gracias a esto, con el tiempo, gustó la dulzura de lo que significa tener un corazón ancho y dilatado.

Sin embargo, la preciada gracia de la amistad recibida exigía ser custodiada y cultivada, y ahora se ponía en riesgo a causa de la lluvia, o mejor dicho de la falta de ella, pues si no caían al menos unos cuántos milímetros de agua, sus flores morirían; y con ellas, poco a poco, sus vívidos recuerdos; y sin sus recuerdos se enfermarían de pena su mente y su corazón. Sabía nuestro sabio zorro (porque conocía las fragilidades de la naturaleza) que se requería muy poco para que la delicada nostalgia decantase en una robusta melancolía, esa que en un dos por tres te desangra la memoria. «Por eso es tan importante poner atención a los pensamientos», –explicaba el zorro a sus amigos–. Por eso los recordatorios para custodiar la memoria, no eran para él un simple pasatiempo, mas una cuestión de vida o muerte. En el reino del amor otras son las leyes: en él podrían bastar doce margaritas muertas para hacer polvo el gran castillo del alma. Bastan doce margaritas muertas para convertir las dulces lágrimas de la esperanzada espera, en un amargo llanto lleno de angustia y dolor.

«El amor, como la primavera, es creativo y desborda» –le animaba de vez en cuando su amigo el canario–, cuando lo veía demasiado cómodo y asentado en su palacio interior. Y nuestro héroe, que de todo lo aconsejado hacía eco, al ver que los meses pasaban sin respuesta a sus ruegos, agarró una pequeña bolsa de plástico y partió a una lejana ciudad para robarse un poco de lluvia. ¡Cuán alegre puede resultar un apagado día de lluvia, para aquel que aguarda la vida que se esconde, cual semilla, dentro de cada gota! Su gozo, al ver de nuevo al cielo llorar así después de tantos meses, fue tal, que sus primeras horas de recolección pasaron sin grandes resultados, pues no se percataba el satisfecho zorrito, por lo arrobado que estaba, de un pequeño hueco, que a su vez le robaba el agua. «Las heridas que nos roban la vida, solo el amor las puede sanar» –me recordó una vez un viejo y agujereado roble, que acogía en las hendiduras de su tronco a los más variados animales del bosque, los cuales encontraban en los recovecos de su viejo y forjado corazón un caluroso hogar–.

Gracias a Dios, nuestro pequeño amigo, no pasó desapercibido a la mirada afectuosa de uno que sabía ver lo que es invisible a los ojos en un triste día de lluvia, como por ejemplo, un zorro mendigando esperanza. «El amor llama al amor», dirían con sencillez ante este fenómeno los serafines. No es de extrañarse que este otro “principito”, de esos que nunca faltan y que Dios se las arregla para poner en nuestro camino, apareciese justo a tiempo para ayudar al extraño visitante. Así, aun cuando le tomó tiempo entender la auténtica necesidad del nuevo amigo –¿cómo podía saber él que el desprovisto animalito no quería de la lluvia resguardarse, sino todo lo contrario?– se mostró dispuesto desde un inicio a ofrecerle todo lo que tenía, así fuese su tiempo, el único centavo que le quedaba o incluso su paraguas… «Sublime es el amor que dona sin calcular» –diríamos nosotros ante esta maravillosa escena–. Cuando se vive así, la realidad se invierte y adquiere su auténtica medida. Es el momento cuando nuestros paraguas, como nuestros corazones, pasan de ser instrumentos de protección a un instrumento de recolección… «la amistad es como el agua y el amor: es bálsamo que da vida… de esa que sana las heridas y hace florecer los campos del corazón».

Cumplida su misión el intrépido zorro pudo volver a su casa a través del túnel de su interior. No nos entristezcamos, pues no sería la última vez que habría de visitar la ciudad. Cuentan por ahí, que cada cierto tiempo pasaría a dejar un recordatorio de los frutos de la amistad. «Cuando se busca con atención y con deseo sincero, el corazón es una brújula que no falla» –le decía su hermana a nuestro Principito– cuando lo veía desanimado porque le flaqueaban los recuerdos y entonces se desvanecía la presencia de su amigo. Al escuchar estas palabras, el hombrecillo se ponía en marcha y salía de su casa con nuevos bríos, para buscar y no olvidar. Tarde o temprano, por muy sutil que fuese, recibía siempre una respuesta. En el reino del amor otras son las leyes: podría bastar tan solo una margarita africana, o un paraguas rojo, para colmar de esperanza y de gozo el corazón de un niño en un tedioso día de verano. La amistad auténtica es cuestión de vida o muerte.