«Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible» (Píndaro. III Pítica).

Con esta frase inicia su famoso libro, «El mito de Sísifo», Albert Camus; libro en el que el autor afronta con dramaticidad el problema del sentido de la vida, porque, en sus palabras: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.  En el fondo, la frase inicial ya nos revela el desenlace de la propuesta existencial del autor: la vida no trasciende, por lo cual es un absurdo que solo se resuelve en  la aceptación misma del sin sentido mismo. En esa línea, el verdadero héroe en realidad no es aquel que busca un horizonte de trascendencia dentro del cual enmarcar y proyectar sus actos, sino quien, ante la fatalidad de nuestro destino (que es el morir) acepta que la vida se limita a esta tierra con estoica entereza, es decir: acepta con heroicidad el llamado a tomar conciencia de que no hay que vivir con la esperanza de un “más allá”, de otra vida a la que nuestros actos se ordenan y en la que encontrarán su su plenitud (para el bien y para el mal), abocándose a vivir agotando plenamente el presente, este “más acá”, sin escatimar nada, gozando todo cuanto se puede (“agota el campo de lo posible”).


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En ese sentido, el personaje de la mitología griega, Sísifo, según Camus cristaliza este ideal, ya que, si bien los dioses lo habían condenado a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso, pensando así, tal vez, “con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza”, no tomaron en cuenta en cambio que según Camus, «Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso». Sin embargo, nos preguntamos: ¿es posible una reivindicación semejante? ¿Es posible revertir así este castigo, esta tragedia? ¿Basta el esfuerzo en sí mismo para llenar el corazón del hombre?

La sociedad moderna, promotora por excelencia de un esfuerzo sin trascendencia que apunta a la gloria de la “autorrealización”, parecería desmentir esta teoría. El corazón de las nuevas generaciones se muestra más bien vacío de esa dicha profunda que proclama Camus,  y lleno por el contrario de tantas pasiones tristes. La depresión, el estrés, el hastío, la acedia, se han vuelto el pan cotidiano de este circo del absurdo, y no son pocos los que optan, ante la terrible tensión de la espera, por acabar con sus vidas. Por otro lado, los que no se resignan siguen, aun sin confesarlo, buscando esa fuente de inmortalidad, esa vida eterna, ese paraíso perdido (el impulso imparable de los avances tecnológicos y de las ideologías políticas, deben su éxito a estos anhelos). No existe como pensaba Camus: subir o no subir la montaña de la vida, vivir o no vivir, y nada más. El dilema es más complejo. Existe también una vida que no es vida. Una vida que consiste en sobrevivir, mascarando la tristeza del vacío con espasmos de diversión y fuga. ¿Qué decir al respecto, ante esta autorrealización que asfixia, ante tantos sacrificios sin sentido?  


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El video de hoy por su parte nos muestra una vía distinta. Con un fino toque de humor negro, plantea exactamente la misma cuestión que aquejaba a Camus. Sin embargo, el misterio que subyace y que se insinúa en el esfuerzo titánico, y “casi” absurdo de nuestros héroes, es muy diferente. Sí, pues mientras lo que lleva a Sísifo a repetir su actividad no es una adhesión libre a la actividad misma, de la que es tan solo víctima, ya que en sí misma carece de sentido (recordemos que  se trata de un verdadero castigo); por lo cual su dicha (si aceptamos la tesis de Camus) radicaría simplemente en su rebeldía ante el absurdo de la vida, a través de la toma de conciencia y en la aceptación (¿resignada?) de ella. En nuestro caso, es decir, en el caso de nuestros dos personajes, la aceptación es muy diferente, porque no esta centrada en ellos mismos, en su autorrealización. No. En ellos se manifiesta la fuerza de la autotrascendencia en el amor. Se acompañan, se ayudan, y sufren, pero con la auténtica dicha y paz que son frutos del Espíritu; hasta el punto, de mostrar una “impasible” confianza, incluso ante las terribles caídas o dolores del otro que se convierten, por el amor, en puntos de fuerza para salir adelante (utiliza la pierna del otro para escalar). Todo esto es posible, solo cuando la vida no se agota en mi existencia, mas posa y reposa en la existencia de “otro”.  

La actividad entonces nos trasciende, porque no se funda en nosotros mismos, ni tampoco nos tiene a nosotros como fin, mas se funda y se abre a Otro, pues la vida es un don cargado de sentido sobrenatural, un impulso gratuito, abierto desde dentro a la gracia, al amor de ese “Otro”, que es la Vida, que nos llama a subir para contemplar su rostro (en este caso a través de esa “otra” que es su Madre, carne de su carne, rostro de su rostro); porque ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia (Jn 10,10). Las luchas, las fatigas, las tensiones de la espera, todo se ensancha gracias  al amplio y dilatado respiro que se da en la alta cima donde se puede hablar con Dios; cima que toca los vértices del cielo, uniendo lo finito con lo infinito, el tiempo con la eternidad; cima que se encuentra en las profundidades de nuestro corazón (…en esos días, Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios Lc6,12). El sacrificio así se convierte en algo sagrado (sacrificio = sacrum-facere). Ahora nosotros también juzgamos que todo está bien. Este universo, porque tiene un amo y Señor, no nos parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada fragmento mineral de esta montaña llena de tinieblas, se abren a la luz que ha venido a brillar en el mundo…esto sí que basta para llenar un corazón de hombre.


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