vida sexual

Un tema que me inquieta como esposa, que me consultan con frecuencia en espacios de mentoría y por el cual yo misma he buscado asesoría y he estudiado, es el tema de la sexualidad y la forma como la vivimos. Especialmente en un mundo tan materializado donde la se habla de la vida sexual desde un mal enfoque. Hoy la sexualidad se viraliza de forma equivocada todos nuestros espacios.

De ahí surge en mí la interrogante de cómo es mi respuesta y manejo ante los impulsos sexuales. Y cómo esto está ligado a la vida espiritual.

Vida sexual y amor conyugal

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Sabemos que la sexualidad dentro del matrimonio es un acto extraordinario de amor recíproco. Sin embargo, siempre han surgido dudas acerca del papel de Dios y lo unido (o no) que estamos a Él a través de esta intimidad que se da de forma natural en una pareja que se ama.

Juan Pablo II nos decía que la sexualidad es un don de Dios. Nos enseñó que, a través de ella, entramos en el funcionamiento creador de Dios, haciéndonos partícipes de su carácter sobrenatural.

 La respuesta sexual es la forma como nuestro cuerpo se manifiesta ante estímulos concretos que provocan el deseo. Estos estímulos pueden ser físicos o psíquicos y esta respuesta se produce en diferentes fases que son muy diferentes entre una mujer y un hombre.

Como esposa y como mujer, he asumido con todo mi entendimiento, corazón y voluntad, que mi dinámica es distinta a la de mi esposo. Esto no es solo por la diferencia de género, sino también por nuestras diferencias únicas como personas.

Esto es como una vela encendida que me guía para asumir mi intimidad con responsabilidad, pero sobre todo, con total entrega de mi ser. Sabiendo que es un acto asombroso, un regalo excepcional que Dios me da a través de mi pareja y que en sí mismo santifica la unión marital. Esto es algo que con mucha frecuencia expongo en las conversaciones que sostengo con otras parejas de casados o con personas solteras que se preguntan o cuestionan acerca de la castidad.  

Es importante que insistamos en entender completamente que nuestras diferencias no solo son por género, sino también como almas únicas.

Dentro de la pareja, buscamos conocer de forma particular y privilegiada al otro, algo así como estar sentado en primera fila de un concierto, donde el protagonista es tu esposo(a). Junto a la pareja establecemos un vínculo único y especial, donde nada ni nadie puede entrar, solo Dios está ahí para siempre unir.

¿En qué influye la vida sexual y el crecimiento de la vida en pareja?

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El amor humano entre un hombre y una mujer encuentra su máxima expresión en el lenguaje de la intimidad sexual. Es ahí donde nos donamos y nos decimos mutuamente que estamos ahí para el otro y para siempre. Es una renovación constante de nuestra alianza y esto se ve reflejado en nuestros logros, metas y también en las pruebas.

En nuestro día a día, lo debemos vivir como una renovación constante del sacramento, donde Jesús se hace presente en medio de nuestra unión. Es un acto íntimo de amor que nos trae felicidad y unidad, fortaleciendo nuestro vínculo matrimonial y por supuesto, la familia.

«La unión sexual, vivida de modo humano y santificada por el sacramento, es a su vez camino de crecimiento en la vida de la gracia para los esposos. Es el «misterio nupcial» El valor de la unión de los cuerpos está expresado en las palabras del consentimiento, donde se aceptaron y se entregaron el uno al otro para compartir toda la vida. Esas palabras otorgan un significado a la sexualidad y la liberan de cualquier ambigüedad» (Papa Francisco. El Sacramento del Matrimonio – Amoris Laetitia)

Hombres y mujeres: riqueza en la diferencia

¿Por qué creemos que si yo hago algo en determinada forma, quiero que el otro lo haga con la exactitud con la que yo lo hice? El otro es diferente a mí y es ahí donde radica nuestra fortuna y complemento.

En la intimidad pasa igual, nuestra respuesta sexual evidencia varias fases expresadas de formas distintas entre la mujer y el hombre, debido a que cada uno de nosotros tiene una fisiología distinta. Cuando tenemos claridad en el funcionamiento de nuestro cuerpo y comprendo las funciones y las respuestas del cuerpo de mi pareja, nuestro acto íntimo conyugal logra una verdadera intimidad unitiva, donde ambos nos volvemos realmente una sola carne, como nos dice las escrituras.

«Pero desde el comienzo de la creación, Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne» (San Marcos 10, 6-8)

Para mayor intimidad

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Pensemos, por ejemplo, que una de las diferencias más fáciles de ver es que los hombres por lo general son mucho más prácticos y directos. Responden con mayor facilidad a estímulos externos, mientras que las mujeres somos más detallistas, necesitamos más tiempo y respondemos con mayor efectividad a estímulos psicológicos, afectivos e incluso ambientales.

Preferimos que el esposo sea cariñoso, romántico y amable, que nos cobije con ternura, mientras que para los hombres es más relevante sentirse admirados y apoyados por sus esposas.

Estoy convencida de que una relación íntima de pareja bien llevada permite que los esposos se conozcan cada vez más y mejor. ¡Qué importante es recordar cada mañana, que la intimidad es ese lazo invisible y a la vez fuerte e inquebrantable!

Que inicia cada mañana en el trato amoroso y cálido, en el abrazo que se da con amor al despedirnos, que también inicia en el momento que soy el hombro que reconforta o cuando me puedo recostar en el otro en una situación de prueba.

Un vínculo que se establece con un gesto de admiración o escucha días antes, que se fortalece en las caricias sutiles llenas de afecto. Ejemplos sencillos de intimidad que propician la intimidad marital.

Por el contrario, cuando nuestra relación de pareja tiene muchos roces que se van acumulando en el camino diario, sean graves o no, estos también se traspasan inevitablemente al resto de las áreas de nuestra vida, incluida la sexualidad.

Los estudios nos indican que los hombres y las mujeres sentimos una tendencia e instinto natural que nos llevan a atraernos mutuamente. Es un impulso que, además de fisiológico, contiene factores psicológicos, físicos e incluso ambientales. Los hombres y las mujeres buscamos ser uno y complementarnos.

Dentro del matrimonio lo podemos vivir a plenitud, estando abiertos a las dos funciones que tiene esta bellísima unión marital: la biológica o procreativa y a la espiritual unitiva, que significa la entrega total de sí mismo al otro y la búsqueda del bien mutuo.

No divorciemos el sexo del amor

Como esposos, todo el tiempo deseamos lograr asumir nuestra vida matrimonial y de intimidad sexual con orden, disciplina y de forma saludable y amorosa. Este compromiso se ve reflejado en nuestra relación. También nos ayuda en ese camino hacia la santidad que como pareja escogimos en el momento en que elegimos el matrimonio como vocación.

Piensa hace cuanto meses o años decidiste decir ¡Sí! Al «paquete completo»: amor, intimidad sexual, alegría, enfermedad y santidad. Sí, es un camino que no va en línea recta. Pero, recuerda, no estamos solos, somos realmente uno por el sacramento y es Jesús quien está en medio de esa alianza con su grandeza.

«El sacramento del matrimonio no es una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso… es un don para la santificación y la salvación de los esposos… Los esposos son, por tanto, el recuerdo permanente de lo que sucedió en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos. El matrimonio es una vocación, en cuanto que es una respuesta al llamado específico a vivir el amor conyugal como signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia» (Papa Francisco Sacramento del Matrimonio – Amoris Laetitia)

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