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Hace unas semanas salí de misa de Pentecostés llena del Espíritu Santo, con ganas de celebrar a la Iglesia y feliz de formar parte de ella. Llegué a mi casa y en la televisión estaban hablando de la Copa América que se acerca.

¿Quiénes serían los jugadores convocados?, ¿dónde se jugaría?, ¿podrían asistir los hinchas a la cancha? Y muchas preguntas más. Seguro ustedes escucharon los mismos comentarios últimamente.

Es evidente que ambos temas quedaron dando vueltas en mi cabeza, porque al rato casi sin quererlo los uní y recordé una idea:


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La vida en Iglesia es como el fútbol

Fútbol y fe, «La vida en Iglesia es como el fútbol». Dios es el capitán y lo apuesta todo por ti

El papa Francisco lo había dicho en la JMJ de Río 2013 cuando nos habló de que Jesús quiere que juguemos en su  equipo. Y por favor… si el fútbol nos apasiona a otro nivel, ¡cuánto más la Iglesia!

¿Dónde está la relación? Veámoslo: Para empezar: el fútbol es, al menos en Argentina, el deporte más jugado.

Desde los profesionales que tienen los últimos botines, camisetas, canilleras y un campo cuidado, hasta los más chicos que en cualquier esquina de barrio juegan usando como pelota tapas de botella, bollos de papel, medias enrolladas y un arco improvisado con dos camperas apoyadas en el piso.

El fútbol es para todos, y sea donde sea: une

Fútbol y fe, «La vida en Iglesia es como el fútbol». Dios es el capitán y lo apuesta todo por ti

Así es el mensaje del Evangelio: para todos. Y sea donde sea: une, incluye, e invita a formar parte. Así es nuestra Iglesia Católica: universal.

La cancha, el equipo contrario y la copa, la realidad donde nos toca vivir. Y como en el fútbol hay oponentes, en el mundo también tenemos obstáculos: el pecado.

Estos son los encargados de dificultar nuestro juego y hacer que nos alejemos de ganar la copa, ganar el campeonato, eso
que anhelamos en lo más profundo de nuestro corazón: llegar al cielo, a la santidad.

Los jugadores: todos nosotros

Fútbol y fe: ¿qué tienen en común ambos?

Quienes fuimos convocados para jugar en este equipo. Naturalmente en la cancha no todos
cumplen la misma función: hay delanteros, arqueros, defensores, mediocampistas, goleadores.

Durante toda su vida, cada jugador descubre su lugar en la cancha y se especializa en su rol. Así, en nuestro equipo-Iglesia cada uno participa con su vocación y carisma específicos, que se complementan con los de los demás para ganar el partido.

¿Y quién es el capital del equipo?

Fútbol y fe: ¿qué tienen en común ambos?

El capitán (Messi, Falcao, Guardado, quien sea el tuyo): Jesús. Dios hecho hombre-jugador. Aquel que daría la vida para que todos ganemos la copa, para que todos lleguemos al cielo.

Y de hecho, la da. Es el que inspira a todos, es el ejemplo a seguir. Es el que está siempre presente en todos los partidos mostrando su compromiso, entrega y sacrificio.

El que mejor conoce a cada uno de los que juegan con Él por su nombre, su historia y sus cualidades. Es quien mejor representa al equipo.

Director Técnico: el Espíritu Santo

Fútbol y fe, «La vida en Iglesia es como el fútbol». Dios es el capitán y lo apuesta todo por ti

Es el que va dirigiendo nuestra vida, nos va marcando qué hacer. Está en el campo de juego pero desde otro lugar, como el Espíritu Santo, que está misteriosamente en el mundo.

Es quien potencia nuestras virtudes, ve lo bueno que cada uno tiene y nos muestra cómo usarlo. A su vez, nos indica nuestros errores y nos ayuda a corregirlos.

Es el que en medio del partido indica: «mirá al capitán, mirá a Jesús». Y si el jugador lo escucha, juega mejor. Si escuchamos al Espíritu Santo, ganamos.

Los preparadores físicos: sacerdotes

Fútbol y fe, «La vida en Iglesia es como el fútbol». Dios es el capitán y lo apuesta todo por ti

Son quienes entrenan a los jugadores. Quienes nos dan las herramientas para jugar mejor, nos mantienen «en forma» y nos ayudan a volver cuando nos lesionamos, sin importar cuántas veces sea necesario.

¿Cuáles son los entrenamientos fundamentales? La oración, las obras de misericordia, la práctica de las virtudes, entre otras.

Jefe de los preparadores físicos: el papa

Fútbol y fe: ¿qué tienen en común ambos?

Además, en general hay un jefe de los preparadores físicos, que tiene experiencia y trabaja codo a codo con el DT. En nuestra Iglesia: el papa.

Agua fresca, bebidas energizantes, vitaminas: los Sacramentos. Sin duda los Sacramentos son mucho más que un Gatorade.

Pero lo cierto es que de la misma manera que un jugador que no se hidrata, no puede terminar el partido, nosotros sin los Sacramentos, podemos perder el rumbo.

Recibir la Eucaristía, una Hora Santa, una buena reconciliación, la unción de los enfermos en momentos especiales de salud, renuevan las fuerzas para seguir jugando el partido de la vida.

Son esos entretiempos necesarios en nuestro caminar.

¿Y la hinchada dónde está, quiénes la componen? ¡Los santos!

Fútbol y fe: ¿qué tienen en común ambos?

¿Qué haría un equipo sin sus hinchas? Los que nos ayudan de afuera: los santos que ya están en el cielo, la Iglesia triunfante, los que más aman al capitán y lo siguen a donde vaya.

La hinchada, vaya como vaya el partido, siempre alienta a dar más. Cuando los jugadores sienten que ya no
pueden ganar, una mirada a la tribuna los vuelve a inspirar.

En nuestra vida, los santos nos dan la certeza de que se puede ganar la copa, de que podemos llegar al cielo.

Cuando dudes de eso… ¡imaginate a los santos animándote así!

Nuestra camiseta: la cruz

Fútbol y fe, «La vida en Iglesia es como el fútbol». Dios es el capitán y lo apuesta todo por ti

El jugador está llamado a dejar todo en la cancha por la camiseta, por la muestra de amor más grande que tenemos. Nuestro partido, nuestra vida, es devolverle a Dios tanto amor que recibimos de Él.

Solo así llegamos a levantar esa copa que no se acaba y que es mucho más grande que todo lo que podemos imaginar.

¿Qué te parecieron estas comparaciones? ¡A mis alumnas de Catequesis y a mí nos ayudaron mucho! Veamos juntos si a medida que avanza la Copa América podemos reconocer más… ¡hasta entonces!

Artículo elaborado por Catalina Gardey.

Fútbol y fe: ¿qué tienen en común ambos?